06
Maj
10

Nuevos conquistadores

Cuando era yo un impuber en busca de las primeras letras, oí decir a los maestros en la escuela, que pasado el trago amargo de los regímenes militares y de la corrupción de la política, vendrían a gobernar el mundo los sabios, los filósofos, los artistas y los poetas.

Se equivocaron.

Son los banqueros, los dirigentes del gran comercio y la gran industria, los nuevos conquistadores, que con su férula obligan a los políticos a hacerles los mandados, y en esos mandados, los políticos hacen que el rico sea cada día más rico, y los pobres cada día más pobres.

Para los banqueros, los comerciantes y los industriales, la tierra no es otra cosa que una inmensa gallina a la que hay que urgarle las entrañas en busca de la madre de los huevos de oro.

 En esto, obviaron aquella edad geológica, en la que, habiéndose aplacado la turbiedad que sobrevino luego del impacto del meteorito que dibujó el Golfo de México, aliviaron los dioses el dolor causado convirtiendo esa región, en la región más transparente y a los habitantes de ese mar, esas islas y riberas, los seres más dichosos del planeta.

Desde entonces en ese golfo, desde una simple canoa deslizándose sobre la superficie de sus aguas, podían asechar los pescadores, entre las infinitas tonalidades que estallan bajo el influjo del sol los arrecifes de coral, a los cardúmenes que después de atrapados iban a parar a los mercadillos, y pronto a los calderos de aquellos dichosos habitantes de ese paraíso terrenal.

Se sumergían los buceadores sin necesidad de escafandras entre los peces de colores, a robar las profundas perlas de los mejillones, o simplemente a explorar el maravilloso mundo del paisaje submarino.

Un día aciago vinieron los primeros conquistadores a imponer su régimen de látigo y cuchillo, de bosques talados, ríos resecos, atmósferas irrespirables y suelos improductivos; y sin embargo la transparencia de las aguas del golfo seguía ahí, como un mudo testimonio, de la violencia con que los dioses modelan el perfil de la tierra, y la benevolencia con que después restañan las terribles heridas que le provocaron.

Al conquistador atormentan los dioses, sin embargo, con la arrogancia, la ambición y la locura. ¿Qué otra cosa si no la absoluta locura llevó a los deudos de Carl Williams, jefe mafioso australiano a cumplir al pie de la letra su deseo que al morir debía de ser enterrado en un ataud de oro macizo valorado en treinticuatromil euros?

¿Que otra cosa si no la ilimitada ambición ha llevado a los nuevos conquistadores a herir mortalmente el fondo de la región más transparente?

En consecuencia, aquella vida abigarrada e innumerable de los habitantes del mar, las islas y las riberas del Golfo de México, muere irremisiblemente; y aquella enorme cuenca de aguas díafanas y cristalinas, se convierte a pasos agigantados en un colosal pantano completamente negro, viscozo y nauseabundo, a razón de cincuentamil barriles de petróleo, que diariamente escapan por la estocada que al límpido corazón del golfo han asestado los banqueros, los comerciantes y los industriales, en fin, los nuevos conquistadores.

                                                                                                                                        Lobo Pardo


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