28
Maj
10

Shadow y Belial

Justine opina que ella odia a los hombres; aunque su psiquiatra opina que no les odia, sino, les teme. Por esta razón nunca sale a la calle sin su perro. Un perro de mirada fiera; aspecto terrible. Según el dueño de la perrera que se lo vendió, un cruce de tres: buldog, pitbull y dóberman. El perro se llama Shadow. Con intención repelente hacia la masculinidad, se ha hecho tatuar, Justine, un dragón en el coxis, y una cobra negra sobre el pecho derecho. Para evidenciar al dragón usa la cintura de sus pantalones sobre el huezo ilíaco; para evidenciar la cobra, un generoso escote.

Para un agudo observador, Waltson podría ser la versión masculina de Justine. Tampoco sale a la calle sin su perro. Este es una mezcla de pitbull y dogo llamado Belial. Se declara misántropo, mas su psiquiatra hizo a él, el mismo diagnóstico que a Justine. El diagnóstico le decepcionó profundamente, porque Waltson pretende ser temido; en modo alguno temeroso. Por esta razón, odió también al psiquiatra y nunca más regresó a su consultorio. Junto a muchos tatuajes en brazos, pecho, cuello, cráneo y espalda; en su recóndita intimidad lleva el símbolo del tercer reich.

No pocas especies animales muestran una clara tendencia a la humanización. Observan al ser humano, lo reconocen, buscan asociarse a él, se consideran del humano, sus iguales. A los grandes primates el hombre les es indiferente y buscan imitarlo; los delfines se ofrecen a su servicio; los loros le remedan; los cuervos codician y roban los objetos que fabrica. De estas especies, la que más ansiedad demuestra por equiparase con el hombre es el perro. En este afán el perro llega a la desfachatez de pretender la fornicación con el ser humano para reproducirse en él.

Se establece entonces el duelo psicológico entre el can y su amo. El amo cree que el perro es de su propiedad, que le domina, que puede hacer con él lo que le venga en gana. En los mecanismos instintivos del perro, ocurre la formulación psicológica equivalente al razonamiento del amo, pero en sentido contrario. Su exacta viceversa. Es el perro el propietario del amo, sujeta del amo la voluntad, y puede hacer con él lo que le venga en gana.

Cuando Shadow necesita cariñitos de su ama, yendo por la calle, basta con mostrarse tendiente a acometer a otros perros, o a los transeuntes que encuentran a su paso. Los adultos se sorprenden, los niños se asustan. Justine con gran esfuerzo tira de la traíla para contener al animal, como si en lugar de perro se tratase de un corcel. Luego de eternos instantes de denuedo, Shadow finge que le domina la férrea mano de su ama; se sienta sobre el suelo, jadeante y la lengua de fuera. Justine entonces se acuclilla junto a él, lo abraza, le acaricia y le cubre de besos la cabeza. Luego se pone en pie la dueña de Shadow, “ah!” suspira, “con un sólo hombre que existiese tan fiel y con tanto carácter! Con uno sólo que existiese!”. También el perro se alza sobre sus cuatro patas, mueve la cola alegremente, y ambos siguen caminando, hasta que a Shadow se le ocurra que necesita otra jornada de cariñitos.

Por el lado de Belial y su amo, la escena es idéntica, sólo que después de los cariñitos, “ah!” suspira Waltson, “igual que yó! Inteligente animal, se vé que ha aprendido de mí!”

Otras veces Belial quiere salir a la calle, ver a otros perros, respirar el aire de afuera, pero Waltson muestra indiferencia, tendido en el sofá frente al televisor. El cánido finge que va a defecar; se arrima a los muebles, levanta la pata como si fuese a orinar; araña la puerta con desespero. Entonces el apoltronado Waltson se levanta rezongando, toma la correa, se la coloca al collarín, y el perro sale hacia afuera arrastrando tras de sí al amo. El animal avanza inclinado hacia adelante, el amo inclinado hacia atrás, la traíla se ve tan tensa, como si fuese a reventar.

Idéntica escena se puede apreciar por el lado de Shadow y Justine.

 A veces, a altas horas de la noche, tendida en su cama, derrama una lágrima Justine, y gime. Alguna razón le ha hecho recordar el temprano desengaño pasional que le llevó a odiar (o quizás a temer), a los hombres. Shadow, el fiel guardián que vela al pie de la cama, al oirla gemir, sube, se tiende a la par de su ama. Ella le dedica un cariñito. El gesto agradecido del perro le calma y vuelve a conciliar el sueño.

Idéntica escena ocurre en el otro dormitorio, con la única diferencia que a esas horas Waltson evoca la figura paterna. De muy chico desapareció de la escena su papá. Le recuerda como un hombre que él amaba mucho: barbado, grande, muy grande, cubierto por todas partes de pelos y tatuajes, a la vera del cual se sintió fuera de todo peligro; enteramente protegido. Y a ambos protegía un perro tan grande de tan terrible mirada como el propio Belial.

Por la mañana al levantarse, lo primero que hacen Justine y Waltson es acudir al baño y reconocerse en el espejo. Cada uno por su lado ama cierto tipo de lectura, pero nunca han oído hablar de Albert Camus. Es simplemente por esa latente comunidad de ideas que tiene la potencialidad de unificar al ser humano, que ambos a veces, se dan a la sospecha que en el intenso duelo picológico que a diario se da entre un perro y su dueño, no pocas veces, el perro termina pareciéndose al amo, y viceversa.

                                                                                                                        Lobo Pardo


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