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¡Tome la palabra señor presidente!

Se especula que en El Salvador las pandillas extorsionadoras, secuestradoras, asesinas y narcotraficantes, cuentan con unos treinta mil miembros natos y otros cuantos miles entre simpatizantes y colaboradores. La recluta de nuevos miembros y simpatizantes sucede a diario.

Hoy viernes 10 de sept comienza el país a cobrar normalidad, cuando se cumple el tercer día que las pandillas lanzaron una ofensiva a nivel nacional para demostrar su fuerza ante la sociedad civil y el gobierno. Decretaron paro generalizado a la circulación de autobuses, pero sospechosamente no impidieron que miles de pequeñas unidades de carga (los llamados pick up), sustituyeran la labor de los autobuses (muchísimos pandilleros son dueños de pick ups). En esa fatídica jornada los delincuentes organizados incendiaron varias unidades del transporte público, ejecutaron numerosos asesinatos, robos, extorsiones y reclamaron bajo amenazas de muerte, el paro al pequeño y mediano comercio e industria. La masiva acción criminal logró sembrar el caos, aterrorizar a la población y semiparalizar labores de todo tipo a lo largo y ancho del país; y sobre todo, logró que se viera nervioso, indeciso e impotente al flamante gobierno del cambio. El ministro de seguridad y el vicepresidente de la república no hacían otra cosa que pedir calma a la población, tranquilidad y hacer caso omiso de rumores. Se veían impotentes a dar una explicación coherente y racional a la población, del inédito fenómeno que estaba ocurriendo   

Antes y después de la ofensiva pandillera que cubrió la mayor parte del territorio nacional, importantes sectores de los que tradicionalmente han contribuido a sumergir a El Salvador en una caótica y terrorífica noche oscura han hablado.

Han hablado dos jefes pandilleros pidiendo diálogo al gobierno. Esta petición y el alto grado de coordinación lograda por las pandillas en todo el país, podría ser indicio que grandes jefes del crimen organizado pretenden un lugar en la escena política del país; pero también cabe la posibilidad de una genuina recapacitación. 

Han hablado sectores modernizadores de Arena, que se dicen dispuestos a favorecer una contribución fiscal más justa por parte del gran capital, una más justa distribución del producto nacional, la erradicación de los salarios de hambre, conceder al pueblo trabajador un poder adquisitivo decente que sea dinamizador de la economía; promover la apertura de nuevas fuentes de trabajo. Todo esto a fin de recobrar la paz en El Salvador.

También han hablado los areneros que dicen que no hay cambios, ni se necesitan cambios en ese partido, pero a la par de la renovada retórica de los que se han dejado escuchar con planteos modernizadores, esos quedan en la irrelevancia por su falta de novedad.

También caen en la irrelevancia funcionarios gubernamentales de conocido verbo imprudente, como el ministro de defensa que ante el pedido de diálogo de jefes pandilleros, se apresura a usurpar la función presidencial de enunciar la política gubernamental, adelantándose dicho ministro a rechazar toda posibilidad de diálogo. Olvida que su deber es obedecer, acatar y ejecutar la decisión del presidente.

Más irrelevancia cobran los miembros del gabinete de gobierno que ante la ofensiva pandillera en todo el país, su falta de creatividad no les lleva a otra cosa que a hacer con los dedos la señal de la cruz, persignarse y pedir calma y tranquilidad a la población, mostrándose carentes, esos funcionarios, de argumentos convincentes,  eficaz liderazgo o capacidad gubernativa en emergencias.

También se ha dejado escuchar la Cámara de Comercio e Industria en la voz de su presidente Jorge Daboub. Este echa mano de un gastado silogismo de la vieja oligarquía: culpable de la violencia y la migración de los salvadoreños es la labor legislativa del gobierno, puesto que, si el gobierno legislara según los requerimientos de la Cámara de Comercio e Industria, entonces los grandes capitalistas no tendría problema alguno en hacer circular el dinero y abrir fuentes de trabajo, en modo suficiente para que cese la violencia y la migración hacia el extranjero, de los salvadoreños. En otras palabras el mensaje de Daboub es: Nosotros tenemos la zartén por el mango y podemos solucionar la problemática social, pero a condición que el gobierno nos obedezca.

Han tomado la palabra además grandes y poderosos capitalistas que han tenido la habilidad de actuar siempre entre bambalinas, para evitar contaminarse del ominoso pasado y del frustrante presente de la clase dominante salvadoreña, como es el caso del musulmán Armado Bukele.

La coyuntura que se vive es pues para El Salvador comparable a lo más oscuro de una noche sin estrellas y sin luna; pero dice el dicho que en cuanto más negra es la noche, más cerca está el amanecer. Para ello se requiere que el gobierno tome la palabra a las voces que expresan algún germen de recapacitación y compromiso.

Por mucha coordinación que muestren las pandillas, éstas no son estructuras claramente definidas y de mandos generales únicos y centralizados, como sucede en una guerrilla político militar. Cabe entonces además, la posibilidad que los jefes pandilleros que están pidiendo diálogo no representen autoridad alguna para las incalculables clicas pandilleras existentes en el país, a lo mejor representan a no más de una docena de pandilleros; y sin embargo es importante que, sin compromiso de impunidad o amnistías, el gobierno al nivel adecuado, tome la palabra a ese germen de diálogo, bajo el signo que lo cortés no quita lo valiente. Mediante el diálogo comprometa el gobierno a esos pandilleros a colocarse bajo el imperio de la ley y a pacificarse.

Y mucho más importante para la nación salvadoreña es que el presidente Funes en persona tome la palabra a esas voces progresistas surgidas del interior de el aún más importante partido de oposición, para que se sumen al ejecutivo en la labor de impulsar una redefinición de la política fiscal, a fin de que ésta política juegue el papel de motor de desarrollo y modernización de la sociedad salvadoreña. A que se sumen esas voces a la labor de erradicar de una vez por todas los salarios de hambre existentes en El Salvador; a afianzar en nuestro país una justa distribución del producto nacional y terminar de una vez y para siempre con la dudosa reputación que es la sociedad salvadoreña, la más violenta injusta y desigual de América Latina, y quizás del mundo entero.

Tome la palabra señor presidente a Armando Bukele, quien igual que hizo el capitalista Enrique Alvarez Córdoba, de grata recordación, asegura estar dispuesto a dar parte de lo que atesora, y a darse él mismo (como buen musulmán) por el bienestar y el progreso de la nación salvadoreña. Dicho sea de paso, también Bukele es partidario que el capital contribuya de manera más justa a las cajas del fisco en El Salvador.

Pablo Perz


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