30
Sep
10

De la transitoriedad de la dictadura

En aquel tiempo, a Cuba devastaba la grave corrupción de los tres poderes del Estado, y el más grave caos social, igual que sucede hoy en El salvador.

El régimen de Fidel Castro fue a la sociedad cubana, como una mano bendita puesta sobre un cuerpo enfermo. Pocas semanas bastaron para que desapareciera la corrupción del Estado, de todas sus estructuras y a todos sus niveles.

¿Y cuáles fueron las herramientas utilizadas por Fidel Castro con las que pudo obrarse ese gran milagro? Fundamentalmente, la dictadura, el paredón de fusilamiento, y el poder popular.

Fueron desmontadas desde sus cimientos las viejas estructuras, incluso la policía, las fuerzas armadas y los tres poderes del Estado.

Las nuevas estructuras que surgieron fueron encabezadas por revolucionarios sin mayor experiencia administrativa, y echadas a andar con el concurso de elementos de mediana instrucción, provenientes del pueblo llano.

Detrás de esta radical medida subyace el principio que, en determinados momentos, se puede prescindir muy bien de los profesionales de la política, dado que existe en los estratos populares, y en suficiente cuantía, la moral, la instrucción, y el sentido común, necesarios, para ejercer el buen gobierno y conducir a buen puerto la nave del Estado.

Desde luego que también se dio en la revolución cubana, el rescate de aquellos elementos no contaminados, que integraban las viejas estructuras. Estos jugaron el crucial papel de enriquecer el acervo, con su experiencia político administrativa, de los elementos del pueblo incorporados a los nuevos engranajes estatales.

Aquellos elementos irrecuperables, que podían sembrar la zozobra y la contrarrevolución, fueron enviados con muchas dispensas de trámites, al paredón de fusilamiento, por los tribunales populares sedientos de paz y de justicia.

En el mundo occidental se consolida como norma la democracia, sin embargo el estado de excepción sigue pesando como un circunstancial fenómeno histórico, en determinadas condiciones, inevitable. La delimitación de esas condiciones exige, en cuanto sea posible, la reinstauración de la democracia.

En los mismísimos Estados Unidos, si las grandes masas llegasen a desbordarse en seguimiento a la ofensiva ultraderechista del Tea Party hasta amenazar seriamente los pilares de la democracia estadounidense, se justificaría un régimen de excepción, para conjurar la amenaza neonazi y restablecer el orden democrático.

Desde los albores de la humanidad cuando se dieron los primeros gérmenes del Estado, la sociedad humana transitó alternadamente por períodos de cierta armonía y consenso social, y cuando éste consenso se trastocó se impuso la autarquía mientras se recuperaba de nuevo el consenso.

Habiendo quedado en claro su papel unificador y salvador de la nación, hubieron dictaduras que se agenciaron la simpatía y el apoyo popular, y quedaron para la historia como regímenes benevolentes. Otras sin embargo quedaron como excepcionalidades malévolas, arbitrarias, asesinas, genocidas…, porque instaurándose en claro servicio de un grupo de poder, dividieron a la nación, se volvieron contra el pueblo, lo reprimieron y asesinaron.

Hay una marcada tendencia: todo tipo de dictadura surge enarbolando la bandera de conjurar el caos, salvar la nación; y ya una vez consolidadas, tienden a perpetuarse en el poder del Estado.

Como en las monarquías absolutas, la máxima ambición de los dictadores es detener el devenir de la historia, porque el tiempo que fluye, el transcurso de la historia, es el mayor enemigo de la permanencia del poder en las mismas manos.

La dictadura no siempre fue sinónimo de golpe de Estado. En ciertas monarquías, un mismo soberano podía reinar en períodos de armonía social, como en períodos autárquicos.

En la Roma republicana la dictadura llegó a ser una herramienta de gobierno, ordenada y democráticamente impuesta, para conjurar los peligros internos y externos que amenazaban la existencia de la república. El senado elegía un dictador y le investía de poderes fundamentales del Estado, hasta que el orden interno fuese restaurado, o el peligro externo hubiese desaparecido.

En nuestra época, con el arribo del liberalismo a la escena política se anatemizó todo tipo de dictadura; y sin embargo la imposibilidad de renunciar a ella en términos absolutos, y particulares circunstancias, obligó a buscarle un acomodo en el marco de las leyes de las repúblicas latinoamericanas, bajo la figura de “estado de excepción”. Esto es parte de la herencia dejada a nos por la república romana de la antigüedad.   

 El materialismo dialéctico concede una dimensión histórica a la dictadura, más allá de la coyunturalidad que podría concederle la república romana. Le coloca el apelativo “del proletariado” y le confiere el papel histórico de sepultar las viejas estructuras. No obstante, igual que la república romana, el materialismo dialéctico considera la dictadura como un mal necesario, pero temporal y le obliga al restablecimiento de la democracia, en la forma de Democracia Popular. Esta, debería ser la completa integración del individuo a la sociedad; la amplia libertad de expresión, elección y participación de todos los estratos populares de modo que se cree, de manera consciente y no impuesta, necesidad de transitar a niveles socialistas de organización.

Pero tanto la filosofía, como la historia tienen sus bemoles. Fue precisamente la necesaria temporalidad de la dictadura, la materia reprobada por los países del llamado socialismo real, y una de las causas fundamentales de su debacle.

La infinita dictadura es el enemigo latente de los regímenes de partido único que aún persisten hasta el día de hoy.

Urías Eleazr


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