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Salario mínimo y la crisis de la teoría del rebalse

El Salvador

Con seguridad que, dudosamente el concepto “salario mínimo” en El Salvador, contiene el propósito de dotar a cualquier trabajador del poder adquisitivo exacto para que reponga la energía gastada durante la jornada diaria, y haya garantía de este modo que se presente dicho trabajador a su puesto de trabajo al día siguiente, en condiciones de cumplir la próxima jornada.

Ese era el concepto salarial en la Europa del siglo XIX, que buscaba garantizar que el trabajador propiamente tal se alimentara y atendiera otras necesidades personales, en la justa medida de reponer su fuerza de trabajo; dejando fuera de ese cálculo las necesidades de su familia.

Fue Carlos Marx quien puso al descubierto esa inhumana situación, demostrando que por muy alta que sea la remuneración de un asalariado, el patrón retribuye en forma de salario apenas una fracción de el valor del producto del trabajo realizado. Esta es la razón de su enriquecimiento.

Era la época en que en Europa un simple resfriado  era capaz de matar a un obrero, y sus hijos muertos prematuramente superaban en número a los que sobrevivían. Esto era así, dado que los obreros se veían obligados a dar de comer y vestir a una familia con lo que los patrones calculaban debería comer y vestirse una sola persona (el trabajador).

Lo anterior tiene mucho parecido a la situación de los remunerados con el salario mínimo en El Salvador en pleno siglo XXI. ¿O que no?

Intuye quien escribe este texto, que las luchas del proletariado europeo, ruso y estadounidense, de los siglos XIX y XX, a la luz de la filosofía marxista, podrían ser las progenitoras de el concepto “salario mínimo”, así como fueron progenitoras de la jornada laboral de ocho horas.

Es obvio que a partir de las luchas revolucionarias europeas y de su triunfo en la Rusia zarista, hubo algunas mejoras para los trabajadores del hemisferio occidental, mejoras que poco a poco fueron permeando hacia los trabajadores del resto del planeta, dado que la lucha proletaria se extendió, como lo deseaba el barbudo judeo alemán, a todos los países del mundo. Son contadas y raras las excepciones.

Cualquier ciudadano que se precie de poseer una inteligencia media, inmediatamente comprenderá pues, que el concepto “salario mínimo”, en los tiempos que corren, por efectos de la globalización misma, conlleva el propósito que, además que pueda alimentarse y vestirse, no solo el obrero en estricto, sino también su familia; tenga el grupo familiar acceso a vivienda digna, a los servicios sociales y derechos humanos fundamentales, y al sano esparcimiento.

En El Salvador, la canasta básica real, para tres personas, ronda los 500 dólares (me refiero a una canasta poco más decente que la demagógica canasta calculada por el gobierno), en tanto que el salario  mínimo urbano apenas supera los 200 dólares (se entiende que en el campo se sitúa muy por debajo de el umbral de los 200 dólares; la información ofrecida por el Consejo Nacional del SM es nebulosa e insuficiente).

A esto agreguemos que existe en El Salvador un salario mínimo legal (el que establece el Consejo Nacional del SM). Y por otro lado está el salario mínimo real, que es el que en la práctica recibe el trabajador a la hora del pago. La mayoría de los trabajadores sujetos al salario mínimo, que son los no sindicalizados, carecen de acceso a la información de a cuánto asciende el monto legal de dicho salario.

En cuanto al ingreso per cápita, los salvadoreños que devengan el salario mínimo legal, comparados con la totalidad de la población, conforman un privilegiado y reducido sector. Sobre este privilegiado sector se sitúa otro más reducido aún, que devenga de tres a cuatro salarios mínimos en adelante. Los estratos  medios de la sociedad. En la cúspide de esta pirámide, hay quienes ingresan 50, 100, 200, salarios mínimos al mes, o más, en forma de renta. Son los capitalistas. La clase patronal; la que vive de comprar la fuerza de trabajo de los obreros y empleados, a cambio de una mínima fracción del valor real de lo que éstos producen.

Ahora bien, por debajo de los privilegiados trabajadores que devengan salario mínimo legal, se sitúa el mayoritario estrato de la población salvadoreña, que vive en condiciones de extrema pobreza severa. Según la CEPAL (Consejo Económico para América Latina), este estrato ronda el 50% de la población. Son los salvadoreños situados en el rango que va desde los que viven con menos de cinco dólares hasta los que viven con menos de un dólar al día.

Es decir, en teoría, los trabajadores que devengan el salario mínimo deberían estar a salvo de la pobreza, y sin embargo, una somera comparación entre el salario mínimo legal y el costo de la vida en general, nos demuestra que estos trabajadores son también presa de la pobreza extrema.

Esto quiere decir que en la realidad, la pobreza extrema afecta a mucho más del 50% de la población salvadoreña.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Indice de Desarrollo Humano en El Salvador (IDH), se muestra estancado en los últimos años. En definitiva este índice mide las posibilidades que tienen los estratos pobres de la sociedad de acceder a los derechos humanos fundamentales.

A pesar de la crisis internacional de la economía, ningún analista se atreve a afirmar que El Salvador está en una situación de crecimiento negativo. El estancamiento del IDH, indica entonces que para los estratos altos de la sociedad hay desarrollo, no así para los salvadoreños que rondan el salario mínimo, y menos aún para los que se sitúan aún más abajo en la escala social.

En otras palabras en nuestro país, el desarrollo de los estratos altos de la sociedad se está fundamentando en el no desarrollo, o estancamiento, de los estratos menos favorecidos.

Y sin embargo en materia de derechos humanos para los pobres, el gran capital en El Salvador, como antes de la guerra se muestra insensible hasta la inmoralidad y la imprudencia. Inmoralidad porque estando en sus manos el deber moral y las posibilidades materiales de liberar a El Salvador de la indigencia; por el contrario, continúa haciendo de la pobreza de las grandes mayorías, la gallinita de los huevos de oro.

Imprudencia, porque llegan con ello a tensionar la capacidad de aguante de los pobres, hasta los umbrales de un estallido social que podría arrasar, en cualquier momento, los cimientos mismos del sistema en que los capitalistas medran.

 

Moralidad y justicia

En relación al anunciado incremento del salario mínimo para el sector estatal, hecho por el gobierno salvadoreño, hay que decir que, aunque para mayor moralidad y justicia, hubiera sido preferible que la iniciativa de este aumento, favoreciese en primer lugar a los trabajadores del sector privado, y no a la burocracia estatal; es plausible sin embargo, la medida de impulsar el susodicho incremento en cualquier sector en donde sea necesario, y presionar porque tal incremento se generalice hasta cubrir a todos los trabajadores sujetos al mínimo salarial.

La iniciativa gubernamental coloca de muy buena manera, la pelota en la cancha del sector privado. Las gremiales patronales no obstante, están respondiendo con el mismo lloriqueo y los mismos obsoletos argumentos de siempre.

Que no es el momento oportuno; que hay que esperar que la economía crezca; que se va a disparar la deuda pública; que se desatará la inflación….

Y sin embargo, con el mentado incremento, todo ese amplio sector que tiene derecho a devengar el salario mínimo ampliará a la vez sus hábitos de consumo, con lo cual se verá favorecido el mercado interno.

Fortalecer el mercado interno es una medida recomendable para superar la crisis recesionaria de la economía. Y el mercado interno se fortalece aumentando el poder adquisitivo de la población, aconseja Keynes.

Lo anterior se comprobó con la política del New Deal impulsada por el presidente Franklin Roosevelt, encaminada a aumentar el poder de consumo de los pobres, la cual política ayudó en gran medida a superar la gran depresión de los años 30 del siglo pasado.

¡Por supuesto! Es natural que nieguen el papel histórico del New Deal los discípulos de Milton Friedman, apostol del neoliberalismo.

El incremento al salario mínimo vendría a aliviar el hambre de muchas humildes familias de nuestro país, no obstante las gremiales patronales opinan que el dinero que se invertirá en ese incremento, sería preferible invertirlo en pagar la deuda pública de El Salvador.

Olvidan los patronos que en su mayor parte la deuda pública contraída por nuestro país tiene su origen en el déficit fiscal por ellos provocado, al negarse históricamente a pagar impuestos en su justa medida, y al aprovechar la menor oportunidad para eludir o reclamar exenciones al fisco.

 

Los dos pilares del gobierno

Se vea por donde se vea, el gobierno salvadoreño es un gobierno sustentado por dos pilares fundamentales.

Por un lado, Funes representa a un sector del empresariado criollo reconvertido al keynesianismo (Amigos por el Cambio). Esto es que tales amigos han dejado de confiar en la teoría del rebalse eternamente sustentada por la vieja oligarquía salvadoreña agrupada en el partido Arena.

Tal teoría proclama, que hay que esperar que rebalsen de ganancias los bolsillos de los oligarcas, para que el pueblo pobre se pueda ver favorecido. El único resultado de esta absurda y obsoleta teoría es que los ricos se vuelven más ricos en cada fin de ciclo, y los pobres más pobres hasta la hambruna.

El sector representado por Funes entiende la importancia vital que para el desarrollo de la macroeconomía del país significa, procurar el suficiente poder adquisitivo y de consumo a las grandes mayorías de la sociedad. Esto se debe a que el poder de consumo interno de una sociedad es el gran dinamizador del mercado interno.

Para que la macroeconomía de un país marche con paso seguro, necesita patear vigorosamente sobre dos terrenos: el mercado interno y el mercado externo.

El error histórico que la vieja oligarquía está hoy día pagando con el irreversible debilitamiento y descomposición de su nave insignia (Arena), es haber apostado siempre al mercado externo, y muy poco o nunca al mercado interno.

El otro pilar del gobierno es una nueva clase empresarial que viene medrando bajo la bandera y las siglas del antiguo frente revolucionario que se disgregó tras los acuerdos de paz. Estos, en el terreno empresarial se muestran audaces; avanzan viento en popa hacia el predominio en el mercado interno de hidrocarburos.

Esta nueva clase empresarial (en realidad un híbrido de partido político y empresa), sin embargo, por sus orígenes, tiene ante sí el reto de crear una nueva doctrina ideológica capaz de justificar de manera coherente, la metamorfosis sufrida, desde comandantes revolucionarios, marxistas leninistas, y socialistas, a prósperos capitalistas.

Habrá que ver si este otro pilar del gobierno, en su filosofía empresarial, como el sector Funes, va a anteponerse a la teoría del rebalse. Aún no lo han dilucidado.

Por último, a los investigadores que buscan las raíces originarias de la violencia en nuestro país, y a los capitalistas criollos de todos los matices, dedicamos el siguiente exordio:

¡En El Salvador hay hambre señores!

¡El hambre genera violencia!

¡La violencia multiplica la violencia!

El primer paso, y la única salida hacia la paz y la prosperidad económica de El Salvador, es reducir sustancialmente la pobreza en nuestra sociedad. Incrementar sustancialmente el Indice de Desarrollo Humano, con los recursos que se tienen a mano. Esperar a que la economía crezca, se ha demostrado, es una falacia de dimensión histórica.

Froilán Sánchez


10 Responses to “Salario mínimo y la crisis de la teoría del rebalse”


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