19
Dec
10

El hambre (Cuento navideño)

I

No una, sino un cúmulo de circunstancias se juntaron antes de lo acontecido.

La cuma (machete con punta en forma de hoz), es una herramienta de trabajo, pero también puede ser un arma.

Necesitado de un arma, como estaba Antonio Serpas, dada la decisión que había tomado, echó mano a  su cuma con toda naturalidad, la metió en un saco y salió de su vivienda. Era de tarde, pronto comenzaría a oscurecer.

No se alejó mucho. Se ocultó entre unos matorrales a un costado de la calle que conduce de Ilopango a Soyapango. –Le tengo que dar al primero que pase – pensó.

Era su primera vez. De asaltantes consumados había oído decir que se le debe dar al primero que pasa, pues cuando se escoge demasiado a la víctima, el asunto sale mal.

–La tensión del momento obró el milagro de alejarle el hambre del estómago.

Los primeros que pasaban por el punto establecido por Antonio eran tres niños que parecían hermanos. Pensó en sus propios hijos y se conmovió. Los dejó pasar y continuó al acecho.

Oyó voces de mujeres que se acercaban. Eran una anciana y una niña que parecía su nieta. Antonio pensó en su madre y las dejó pasar.

Poco después pasó un grupo de jóvenes bullangueros que iban rebotando una pelota de basketbol.

–¡Puta! –dijo el novel asaltante– ¡son seis y yo sólo uno! Mejor me quedo calladito.

Vio acercarse la silueta de un hombre solitario.

 –¡Este no se me va! –dijo Antonio para sus adentros. Pero al momento de dar el salto, pareció ver en ese hombre a su propio padre. Desistió.

No pasó mucho tiempo, cuando distinguió dos hombres que se acercaban charlando en voz alta. Eran hombres fornidos, mal encarados y de gestos bruscos que venían hablando de armas y pendencias. -¡Puta! –volvió a decir Antonio–. Estos son más malos que yo; mejor los dejo pasar.

A lo lejos observó lo que sería la presa perfecta. Un muchacho muy joven y esmirriado que caminaba cabizbajo, apretando entre el brazo derecho y la cintura un paquete de regular tamaño. Con cierta frecuencia, el muchacho se pasaba el paquete al costado contrario.

–Le daré un cumazo en la cabeza y le arrebataré el paquete –pensó Antonio. Sin embargo, un segundo después reflexionó–: ¡No! ¿para qué violencia innecesaria? Mejor lo encaro y le pido el paquete. A la vista de la cuma a lo mejor se caga y me lo entrega por voluntad propia!

Saltó justo unos pocos pasos adelante del muchacho blandiendo la cuma amenazadoramente; pero su víctima caminaba tan cabizbajo y pensativo que no se dio por enterado.

–¡Alto! –dijo ásperamente.

Para muchas cosas era Antonio una persona hipersensible. Cuando el joven levantó la cabeza y quedaron ambos frente a frente, pudo el asaltante contemplar el rostro más triste que viera jamás. Solo la tristeza de sus propios hijos y de su mujer cuando les apretaba el hambre se le podrían comparar. Los enrojecidos ojos del joven estaban anegados de lágrimas.

La mente de Antonio quedó en blanco y sólo acertó a preguntar: –¿Qué te pasa hijo? ¿Para dónde vas?

–Estoy preparando el velatorio de mi hija que murió al recién nacer.

–¿Y de qué murió?

–Porque mi mujer no comía suficiente, dijo el doctor.

 –¿Y eso porqué?

–No era por desgano. Estamos obligados a comer salteado. Hace años que no tenemos trabajo fijo.

Antonio reparó que el paquete que abrazaba el muchacho y que él creía valioso, era en realidad un pequeño ataúd. Sintió una opresión en el pecho y que le faltaba aire en los pulmones. Ahora era él quien estaba cabizbajo. Evitando contacto visual con los ojos de su interlocutor, comenzó a caminar de regreso hacia su casa diciendo: –Bueno hijo, ve con Dios y que te vaya bien.

A la vista del tugurio donde vivía, prefiguró en la mente de Antonio la escena que invariablemente le esperaba al entrar a su vivienda. Igual que pichones de pájaro, entre lastimeros chillidos, sus hijos le pedirían algo de comer. Cayó en la cuenta que él también caminaba llorando.

 

II

Romilia no conocía el interior del hospital. Preguntando llegó hasta la sala de Cuidados Intensivos. Dijo el nombre de su cuñada, Hortencia, y de su hermano Antonio Serpas. –Camas nueve y once – le indicaron.

 Un calendario marcaba la fecha: veinticinco de diciembre.

 Inconsciente, yacía Antonio con los ojos cerrados, pero respiraba. Le tomó una mano Romilia entre las suyas. Nunca había acariciado a su hermano. Sintió una sensación extraña. Hizo lo mismo con Tencha. Sintió la misma sensación. Son gentes que aman sin acariciar.

Deseaba quedarse más tiempo oscilando entre los dos pacientes, pero debía visitar también a los dos hijos mayores de Hortensia y Antonio. Yacían en el hospital infantil, en el mismo estado que sus padres. A los tres menores habían enterrado por la mañana.

 El Crazy mordía una pierna de pollo y destapaba un paquete navideño sin destinatario cuando supo lo sucedido a Serpas. –Eso le pasa por pendejo –dijo–. No sabe como está la jugada. Se la lleva de político y no sabe ni mierda!

 Antes habían sucedido otros episodios vinculantes.

Era noche,  el Crazy y el Mono se detuvieron afuera de la vivienda de Serpas. Esperaban al Pelazón.

Cualquiera diría que las paredes de las viviendas del tugurio son de papel. Se ve y se oye lo que ocurre en su interior.

No así en la vivienda del Crazy. Las viviendas de jefes de clica (célula de pandilla), son de concreto y segunda planta.

Una vela alumbraba el interior de la vivienda de Serpas. Se adivinaban sombras que se movían. Se escuchaba claramente hasta el mínimo ruido; la mínima palabra que se decía. Tres niños de corta edad lloraban al unísono. Se oían como chillidos de cachorros de coyote. En el llanto decían débilmente: –¡Mía papá, mía! ¡Mía mamá, mía!

–Mañana hijitos, mañana! Ahora duérmanse –respondían con tono lastimero sus padres.

 –¿Qué les negará ese hijueputa a los cipotes que no paran de llorar, diciendo, mía, mía? –dijo el Crazy en vos baja.

–Nombre vos, si no dicen mía –contradijo el Mono.

–¡Oí pues, oí bien! –insistió.

–Dicen mía, porque no pueden hablar, pero lo que piden es comida. Tienen hambre – insistió el Mono.

Llegó el Pelazón. Caminaron tugurio adentro, hacia la vivienda del Crazy.

En el aire vibraba el villancico “Campanitas que vais repicando”. Faltaban tres días para Navidad.

Deliberaban el Crazy, el Mono, el Pelazón y el Bagre, que se les unió después. Bebían cervezas y fumaban porros.

No por terrible que sea un bandido deja de tener su corazoncito. Antes de separarse dijo el Crazy al Mono: –Andá mañana donde Serpas y decile si se quiere agregar al jelengue (acción pandillera). –Okey! –contestó el Mono.

El Crazy había sido “niño de los guardias” al servicio del Capitán Saravia, durante la guerra. Eran niños que la Guardia Nacional ocupaba para diversos menesteres. De él aprendió táctica.

Necesitaban harta gente. El plan era asaltar cuatro unidades del transporte público, de las que pasan recogiendo pasajeros que vienen de Metrocentro y Plaza Mundo, grandes centros comerciales; entre las siete y ocho de la noche. El propio Crazy había escogido día y hora. –Hay el mayor movimiento. Los güeyes (la gente), andan con bolas (dinero): aguinaldo y sueldo. Andan mercando (comprando), pijo de (muchos), regalos! –dijo a sus carnales (compinches), convenciéndolos en el acto.

Tencha sintió como una patada en el estómago cuando vio entrar al Mono a su vivienda sin saludar, “como Juan por su casa”. Era el día siguiente; media mañana. Serpas lo miró sereno. No tenía miedo a los miembros de la clica, pero tampoco buscaba confrontación. En el tugurio eran autoridad indiscutible. Su única sentencia: la muerte.

–¿Puedo hablar con vos? –dijo el Mono a Serpas. Ignoró a Tencha. Los tres pequeñuelos dormían; los dos mayorcitos (hembra y varón) habían ido a por agua.

–Salgamos afuera –dijo Serpas, no sea que los güirises (niños), vayan a despertar.

El hambre crónica induce un sueño aletargado en los niños.

Los dos hombres salieron hacia afuera.

–Manda a decir el Crazy si querés  venir con nosotros. Tenemos un jelengue para mañana –dijo, y explicó sin detallar el plan general a Serpas.

Sin pensarlo mucho respondió Serpas. –Dígale a don Crazy que le agradezco su confianza en mí, pero no me atrevo. En los buses viaja mucha gente pobre como nosotros. Si el objetivo fueran los grandes ricos, ahí sí con gusto lo acompaño, pues son ellos los que nos tienen jodidos; son ellos los que tienen la plata acaparada.

Nadie en el tugurio sabía que Serpas había estado en la guerrilla. Era de mayor edad que los miembros de la clica y éstos lo respetaban porque era un hombre que hacía honor a la palabra empeñada. Era para todo derecho (de carácter).

Serpas sabía de no pocos ex guerrilleros que terminaron sumándose a las clicas, por hambre, pero él no era de esos. Era fiel a la moral inculcada por sus padres.

–Por la puta que sos tonto! –dijo el Mono, riendo, desenfadadamente–. Mirá! A los tiburones (los ricos), no les podemos llegar, porque a ellos los protege el gobierno; además tienen tropas propias y cuetes cholos (armas gruesas). No nos queda más remedio que tirarle a las sardinas! (el pueblo).

Ya no discutieron más. El Mono se fue con la negativa, no sin antes recordar a su interlocutor la ley del silencio. –Pierda cuidado. Tampoco soy de esos –respondió Serpas. El hambre le corroía el estómago.

Dos días después, veinticuatro de diciembre por la mañana, Antonio Serpas, semianalfabeta, leía y releía la etiqueta de la bolsa que contenía ese maíz pintado de azul, obsequiado por el gobierno. “No apto para el consumo humano. Úsese como semilla”.

La mirada triste y el llanto de sus hijos le indujo a concluir que eso era un engaño más del gobierno para obligar a la gente a sembrar el grano.

Lavó bien el maíz hasta desvanecerle el color azul. Le dijo a su mujer que lo cocinara. A ella le pareció justo. ¿Cómo iban a pasar la Navidad sin siquiera comer tortilla? Por la radio sonaba un villancico que decía: “Noche de paz; noche de amor…”

Lobo pardo


0 Responses to “El hambre (Cuento navideño)”



  1. Kommentera

Kommentera

Fyll i dina uppgifter nedan eller klicka på en ikon för att logga in:

WordPress.com Logo

Du kommenterar med ditt WordPress.com-konto. Logga ut / Ändra )

Twitter-bild

Du kommenterar med ditt Twitter-konto. Logga ut / Ändra )

Facebook-foto

Du kommenterar med ditt Facebook-konto. Logga ut / Ändra )

Google+ photo

Du kommenterar med ditt Google+-konto. Logga ut / Ändra )

Ansluter till %s


december 2010
M T O T F L S
« Nov   Jan »
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728293031  

%d bloggare gillar detta: