18
Jan
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Importancia histórica del caso Acosta Oertel

Al parecer, la señora Ana Marta Rodríguez de Acosta Oertel, decidió acudir al auxilio del ministerio público, porque le pareció demasiada ingratitud, que aún, estando ella enferma de cáncer, continuaran los abusos, maltratos y amenazas de muerte, a que su esposo la ha sometido, por más de treinta años de matrimonio.

La cobertura mediática del caso, en combinación con la notable debacle moral por la que atraviesa el partido oligarca (Arena), han obligado a Mario Acosta Oertel, prominente dirigente de este partido, a presentar su renuncia al máximo órgano (Coena).

Según la denuncia de la señora Rodríguez, su marido ha empleado, para mantenerla aterrorizada, métodos propios de los escuadrones de la muerte, por ejemplo, conducirla hasta la base del volcán San Salvador, conocida como “El Playón”, para disparar hacia ella con un arma de fuego.

El Playón es un lugar tristemente célebre, porque en tiempos de la guerra interna, acudían ahí los escuadrones de la muerte a tirar los cadáveres de sus víctimas.

La señora Rodríguez, asegura que su marido también acostumbra amenazarla con contratar pandilleros para que la asesinen.

La sociología admite como científicamente correcto que a la clase oligárquica de un país, se denomine “clase dirigente”, dado que en efecto, para bien o para mal, la cultura puesta en práctica en el seno de la clase oligárquica, se transmite e impregna a las clases subordinadas, aunque los oligarcas no se inmiscuyan en política, dado que, de por sí, el poder económico se convierte en influencia política.

Y cuando la oligarquía de un país, se hace con las riendas del poder, o canaliza su poder a través de un partido político, su influencia sobre la cultura social se torna más manifiesta y evidente.

Las costumbres y maneras de la clase dirigente pueden conducir a un país, a notables niveles de democracia y desarrollo, como el caso de los países escandinavos, o lo pueden conducir al despeñadero del caos corrupto, delincuencial y asesino, como el caso de El Salvador.

Para escapar de más de treinta años de violencia intrafamiliar, la señora Rodríguez tuvo que huir de su casa, únicamente con la ropa que llevaba puesta, y sin un céntimo en el monedero, atenida solamente a la protección que pueda darle el Estado.

Las limitaciones a que ha estado sometida, por uno de los hombres más acaudalados de este país han sido tal, que Ana Marta, carece de los recursos económicos para pagar un abogado.

Así las cosas, y según el tenor de la justicia en El Salvador, es muy posible que Ana Marta Rodríguez no tenga la capacidad de demostrar ante un juez las acusaciones de que hace objeto a su marido, y tenga además, que enfrentar todo el aparataje abogadil, que Acosta Oertel, seguramente movilizará en su propia defensa.

En política, Acosta Oertel ya está fuera de juego. Según la lógica del Coena, la culpabilidad de perder a uno de los pesos pesados de su dirección, tendría que recaer en Ana Marta Rodríguez, quien a lo mejor podría estar bajo la influencia del comunismo internacional.

Con los recursos económicos y abogadiles con que cuenta, y por la calidad de la justicia salvadoreña, es muy posible que, jurídicamente, Acosta Oertel salga bien librado de este caso. Y sin embargo, moral y políticamente ya está aniquilado. En terrenos de la moral y la política, ni siquiera intentó defenderse de las acusaciones de su esposa.

Lo cierto es que en la apresurada renuncia de Mario Acosta Oertel, del Coena, observamos los salvadoreños la lenta, pero irreversible, debacle de Arena.

Este partido oligárquico se derrumba como se derrumban las estructuras obsoletas, lentamente, sin necesidad que fuerzas externas le ataquen, sólo por la influencia de la ley de la gravedad, tal y como se derrumbó la Unión Soviética.

Los debates que se han intentado en nuestro país con objeto de descubrir en dónde está el origen de la endémica violencia y criminalidad que padecemos los salvadoreños, han sido absurdos y anticientíficos, una burla para el pueblo ansioso de sosiego y paz.

El caso de Ana Marta Rodríguez, nos ayuda a recapacitar que nuestros intelectuales nunca han buscado las raíces de la cultura de corrupción, crimen y violencia que padecemos los salvadoreños, en el seno de la clase dirigente. Y sin embargo, todo salvadoreño intuye justamente que el día que la acción conjunta de policía, fiscales, jueces y leyes de este país, logren desmantelar la cultura de violencia, corrupción y crimen en que vive la clase dirigente, sobrevendrá la paz y la tranquilidad en el seno de la sociedad salvadoreña.

Pero la importancia histórica del caso Acosta Oertel, no termina aquí. La pobreza económica y la urgencia de auxilio en que se vio Ana Marta Rodríguez para escapar de la tortura y la muerte al interior de su propia casa, nos revela la necesidad de que, la institución salvadoreña que se encarga de amparar a la mujer, en El Salvador, debe tener sus puertas abiertas las veinticuatro horas al día, tal como un hospital, o como el ISNA. Y debe dejar de ser una simple oficina burocrática con limitado horario de atención al público.

                                                                                                                     Matra Xochitl


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