14
Apr
11

Sobre la peligrosidad del capitalismo y los nuevos ricos

El Salvador

Los migueleños habitantes de la cabecera departamental y sus alrededores, vienen sufriendo estoicamente desde más de una década, silencioso genocidio provocado por el envenenamiento con toxafeno, de los mantos acuíferos que les abastecen de agua.

Con la dinámica del ciclo del agua, este veneno trasciende más allá de los mantos subterráneos y alcanza las aguas superficiales que corren irrigando el territorio del departamento, y más allá.

Se trata de un desastre humanitario de grandes proporciones. Los migueleños más humildes que no tienen recursos para beber agua embotellada o utilizar “agua cristal” para cocinar sus alimentos, al cabo de cierto tiempo, mueren calladamente con los riñones destrozados. Y así seguirán muriendo por generaciones y generaciones, porque el toxafeno persistirá ahí largas centurias.

Meses después que se retiraran toneladas de este poderoso tóxico cancerígeno que por más de diez años permaneció en la superficie y en pleno casco urbano de la cabecera departamental, se descubre que hay más frágiles contenedores de ese veneno enterrados bajo la superficie terrestre.

Mientras tanto, las autoridades médico sanitarias del país, tienen igualmente, más de diez años de venir elucubrando: ¿cuál será el agente causante que está detrás de la epidemia de insuficiencia renal que azota a los migueleños y otras zonas de oriente?

Monsanto instaló las bodegas al interior del perímetro urbano, en una zona densamente poblada de la ciudad cabecera. Debieron haber sido puramente razones de codicia capitalista, las que empujaron a esa empresa transnacional a abandonar decenas de toneladas de toxafeno en esas bodegas, a enterrar otras tantas en las inmediaciones, y a tratar de ocultar la autoría de su fechoría genocida, cambiando el nombre de la filial Monsanto a Agroquímicos Gell.

Pero Monsanto es un gigante tan poderoso, ante el cual, las moralmente enanas autoridades salvadoreñas, se mostraron siempre tan impotentes que sólo acertaron a callar, a lo mejor a causa de sobornos, desatendiéndose por completo de este crimen cometido en perjuicio de muchas generaciones de migueleños.

Así pues, callaron los pasados gobiernos areneros, calló el flamante alcalde vitalicio de esa cabecera departamental, y ahora calla el “gobierno del cambio”. ¿Hasta cuando se atreverá el gobierno a llamar al genocida por su nombre y sentarlo en el banquillo de los acusados?

Monsanto, igual que Baterías de El Salvador en San Juan Opico, cometen doble crimen de lesa humanidad: contra el ecosistema, y contra el ser humano.

Los crímenes de Monsanto y Baterías de El Salvador, nos deberían de servir para ilustrar la inevitable naturaleza contaminante de la actividad industrial en general, y la urgente necesidad que las leyes obliguen al empresariado salvadoreño, aportar al fisco mucho más allá de lo que es necesario para aliviar el daño que causan sus industrias y demás instalaciones a la naturaleza y al hombre.

La actividad industrial del hombre, es inevitable. Ciertamente. Pero el capitalista tiene el deber moral de resarcir a la naturaleza y al ser humano, el desequilibrio que provoca a ambos.

El desequilibrio causado a la naturaleza, a la sociedad y a la salud del ser humano, en general por la actividad capitalista, es cuantioso. Y para reparar ese desequilibrio se necesitan astronómicas sumas de dinero.

Pero la mayor parte del dinero resultante de la actividad capitalista, el capitalista considera su ganancia neta. Esto hace del capitalismo, tal y como lo conocemos hoy, insostenible, altamente peligroso para el equilibrio natural y para la existencia del ser humano.

En realidad el capitalista se apropia de mucho más capital del que legítima y moralmente le corresponde. La ley debería obligarle a dedicar la mayor parte del capital generado, a reparar el daño causado a la naturaleza y al ser humano. Esto no ha sido históricamente posible, porque el gran protector del capitalista ha sido la corrupción de los políticos.

 El Salvador viene a ser de este modo, un laboratorio que nos está sirviendo para observar las consecuencias que resultan de una clase política corrupta, interesada únicamente en gobernar en su particular beneficio sobre un país con una densidad poblacional aproximada de 400 habitantes por kilómetro cuadrado, en el que, la clase empresarial deforesta, contamina y destruye lo largo y ancho del territorio nacional, e históricamente se niega a resarcir el daño causado y a aportar, siquiera, a las arcas del fisco.

El resultado es pues lo que tenemos a la vista: un caótico país, en el plano político con dos gobiernos paralelos (gobierno formal y gobierno pandillero), a los cuales el pueblo pobre se ve sometido y obligado a tributar por igual. Y en el plano natural y social, una antigua y exhuberante selva tropical devenida a territorio árido, envenenado, de escasa productividad, en proceso de desertificación, cruzado por ríos de pestilentes aguas negras. Una sociedad moralmente en ruinas en la que predominan millones de indigentes y desarrapados que buscan mitigar su mísera condición con alcohol y toda clase de drogas; incapaces de ganarse la vida de otro modo que no sea ejerciendo la prostitución y delincuencia de todo tipo; y como soldaditos del narcotráfico y del crimen organizado.

La situación se volvió más desesperanzadora, cuando los revolucionarios más intransigentes, sectarios, dogmáticos y rabiosamente vociferantes, del pasado, decidieron ahora, sumarse al sistema, en calidad de nueva clase capitalista.  

                                                                                                                                                                                                               Pablo Perz


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