17
Maj
11

El poeta, el discípulo y el sauce

                                      (cuento infantil)

Asomó

“La ventana en el rostro”

y arengó a los suyos de tal manera:

Tiempo ha

que dejamos de ser niños!

–dijo –

Desistamos, entonces, de jugar,

con pistolas de verdad

y actitudes de juguete.

Se ganó de este modo

la primera mirada de recelo

del presidio supremo

del comité de la política.

De frente a sus incriminadores,

“No, No siempre fui tan feo”

–se defendió–.

Y os diré,

no ha sido obra mía;

fueron

las habitantes del Parnaso.

Ellas descubrieron ante mí

los secretos de

“El alma nacional”

–replicó.

Cada réplica ,

sin embargo,

conduciría únicamente

a la multiplicidad de los indicios.

Consciente de la peligrosidad

de la palabra

hacía uso del sustantivo

adecuado para cada cosa;

del verbo exacto, para cada hecho.

Riguroso en calificar

con el justo adjetivo,

descubrió en su propio engendro

“Un libro levemente odioso”.

Aplicaba el pretérito perfecto

a lo que ya había acontecido

en “Las historias prohibidas…”;

para luego ocuparse

con retórica precisión

del extravío de

“Caperucita en la zona roja”.

En lo posible

evitó hiatos y sinalefas

en “Un libro rojo…”

Abominaba del pleonasmo

en los “Poemas clandestinos”.

Resultado de todo ello

era un sintagma

contundentemente

cristalino

y sobre todo,

no infalible.

Tales cosas

redundaban en multiplicar

las iras de sus condiscípulos.

Pertenecemos a las luchas del pueblo

no al juego de los abalorios;

somos, tampoco,

el rostro amable de la satrapía.

 Y no debería abonar jamás

–enfatizó–

la revolución,

al resurgir de nuevas oligarquías.

Si toda jefatura se atuviese

a la sabiduría de los trabajadores,

el socialismo dejaría de ser una quimera;

Desaparezcan las diferencias de clase

Incluso entre nosotros!

Conductor nuestro sea el más capaz!

No el más fiero, no el más feroz!

Haya frijoles para todos,

no sólo para el que traga más

Se irguió en su estatura y volvió a cuestionar:

No es el artesano

artífice

de lo que reclamáis vuestro?

No el sudor campesino

fructifica

en lo que se sirve en vuestra mesa?

No el pueblo

se limita

para que dispongáis

abundancia de recursos?

El pueblo deposita su dogal

en vuestras manos.

No es el pueblo

la primera línea de fuego?

El aniquilador de batallones

que asaltó las fortalezas enemigas?

Prestad oídos al clamor

que sube del tugurio!

Porqué usurpáis la gloria del obrero?

Os adjudicáis su protagonismo!

Relegáis

al héroe auténtico!

En la medida de este cuestionamiento,

arreció el caudal de las inquisiciones.

Volverá

“El turno del ofendido”

 –respondió a los inquisidores.

La doctrina revolucionaria

cabe en el ojo de una aguja,

en la extensión de un solo verso;

en el instante fugaz de una estrofa.

No se trata de una contienda tribal

 –repitió–

que nos sujete al sectarismo.

Y no procesión de clérigos

que nos reduzca

a la simplicidad del dogmatismo

–volvió a decir–

Dormirá el socialismo en el limbo de las utopías

mientras no revolucionemos las consciencias

y para ello es arma principal y poderosa la poesía.

Sobrevino un ahogado rumor

que cundió en el apretado espacio

de aquellas catacumbas.

Al murmullo siguió

 la indignación abierta!

Los ánimos se caldearon.

Blasfemia! Blasfemia!

Mentira! Mentira!

Al motor de la historia no han movido nunca ni rimas ni poesías;

las cadenas caen sólo al poder de las descargas de la fusilería.

Ahogaron el ambiente, en torrente las imprecaciones.

Palpitaban las manos en busca de puñales.

Languideció la luz, prevalecieron las maldiciones.

Auscultaban el libro, videntes, en busca de señales

de lo que ha de acontecer; en lo que ya había acontecido.

Desatadas las pasiones en vorágine sin fin,

gritaban:

infiltración,  anatema, caos, fementido;

el Estado Mayor es investido

con poderes de Sanedrín.

Afirman unos que larga y tormentosa; 

otros en cambio,

que diáfana, fugaz,

solemne,

incógnita

transcurrió

la vista anónima.

Que hubo tiempo suficiente

para el análisis de los hechos.

Que demostradas fueron

evidentes posibilidades.

No hubo necesidad de discutir

las obvias medidas de seguridad

que no permitieron hablar al imputado.

Los indicios estaban allí.

Resultaban irrefutables.

Concluyendo las deliberaciones

concluyó asimismo la audiencia.

Luego de un breve receso;

percutió  en el ambiente

el dictamen de la sentencia.

Insensato!

Recién llegado

y se pretendía a la par del alto mando!

Se creyó mesías

y a nosotros

ovejitas irredentas!

–pensaba

el autoridad suprema y justicia mayor–

Vigilaban mis movimientos sus ojos inquisidores!

Las paredes escuchaban absolutamente

todo lo que yo decía.

La contradicción principal

y la toma del poder,

a ridículos madrigales reducía.

Crucificadle!

–dictaminó–

No! Será inútil!

–apeló la defensa–

¡Su tumba se convertirá en objeto

de peregrinación y culto.

Crucificadle y desapareced toda evidencia

¡Que no quede el mínimo vestigio!

–volvió  a sentenciar

con todo el imperio que le fue posible.

¡Maestro!

–dijo Pancho, su discípulo preferido,

al que también iban a crucificar–

¡Nuestros carceleros han dejado la puerta abierta!

¡Clara señal que desean salvarnos!

¡Vamos!

Escapa tú

–respondió serenamente–;

si lo hago yo

justificarán sus acusaciones.

En verdad os digo

os acompañaré hasta el final de este aciago camino

–volvió a decir el discípulo

y continuaron meditando en silencio–

Siendo aquellos mismos,

de la sentencia ejecutores,

en el supremo instante

del yó mando, y la subordinación,

puestos de pie,

a los juzgadores

empujaba la obediencia

a cumplir con su misión.

Pasan los años y los años; el poeta y su discípulo

viven eternamente.

Aquellas aguas jamás volvieron a su primitivo cause;

y aquél  verdugo que apretó el gatillo

pasa las noches llorando como un desgraciado sauce

                                                                                                                                                                  Lobo Pardo


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