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Maj
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La trampa

Con suficiente tiempo de anticipación fue programado el acceso al interior del Airbus; vuelo directo Nueva York – París. Cualquiera diría que el personal pretendía evitar aglomeraciones de última hora.

En primera clase, fila 10, asientos h-i, junto a la ventanilla derecha Justine Laguedek y Michel Bohutely se comían a besos, mutuamente. Habían sido los primeros en llegar.

Entró un hombre alto, fornido, de buen parecer, con el pelo revuelto, ropas aunque elegantes, hasta cierto punto, descolocadas, puestas sin esmero. El hombre ocupó de la misma fila, el extremo izquierdo al de los amantes.

Era la primera vez que Justine, campesina Bretona, hija de vinicultores, había salido de Francia. Michel, aventurero trotamundos, llevándola de la mano había ocupado todo un mes para mostrar a Justine, palmo a palmo, las maravillas de la ciudad de Nueva York, y las maravillas que hay fuera de las fronteras del país de los bretones. La seducía con ello. Ella se dejaba seducir. Regresaban a Bretaña.

–Mira ese tipo que ha ocupado el asiento al extremo opuesto de nuestra fila! –dijo Michel al oído de Justine.

Se inclinó ella discretamente para contemplarle. –Increíble! Es Marlon Brando en persona! –respondió.

–No! Imposible! Brando ya no pertenece al mundo de los vivos.

–¿Entonces?

–En realidad no lo sé, sólo recuerdo haber visto ese rostro más de una vez en las páginas de “Le monde diplomatique”  y en más de algún noticiero televisivo.

–Tan famoso es? Le pediré un autógrafo!

Cuidado! En algún lado estarán agazapados sus guardaespaldas. Saltarán como tigres sobre tí, si te acercaras más de lo prudente.

Corría una vena artística en el temperamento de Justine. –Luce preocupado –dijo–. Fatigosamente abrumado, diría yo. Lo pintaría igual que Atlante, llevando sobre sus hombros el globo terráqueo.

Giró la cabeza discretamente para ver sobre el espaldar del asiento, hacia atrás. –No veo guardaespaldas por ningún lado –dijo ella.

Michel acercó su boca a la boca de Justine y con un beso interminable quiso dar por zanjado el asunto.

En efecto, el lenguaje corporal de ese hombre y las facciones de su rostro denotaban una preocupación que rozaba en la desesperación. También era cierto que carecía de guardaespaldas; andando en asuntos privados, le incomodaban.

Apoyó ambos codos sobre sus rodillas y colocó la frente sobre el cuenco que formaron sus manos. Cerró los ojos. Cualquiera diría que lloraba, pero no. Una suerte de videoclip ocupaba su memoria.

Se veía asimismo de la mano de su abuelo. El viejo le mostraba y nombraba para que memorizara, uno a uno todos los objetos sagrados de la sinagoga de París. No había necesidad de repetir. Le regocijaba la maravillosa memoria de su nieto, la vigorosa dinámica de su pensamiento. Llegarás muy lejos –le decía una y otra vez el abuelo, y el chico respondía luciendo sus habilidades mentales.

En otra escena se veía en la escuela, haciendo un pequeñísimo hueco en la frágil pared que separaba el retrete de niños y niñas. Imperiosamente necesitaba conocer los secretos que esconden bajo sus faldas las chiquillas.

Recordando el episodio de muchos años atrás, le invadía la misma emoción de cuando aquella prostituta de La Rue, le prometió su primera felación a cambio de una paga doble.

Con demasiada frecuencia hacía presa de él la desazón de no haber encontrado jamás en el lecho matrimonial la misma excitación que encontraba en el sexo prohibido, en los encuentros clandestinos y anónimos.

Sin lugar a dudas, lo que más le excitaba y más satisfacciones le había dado era el sexo instintivo, el animal. El sexo de macho y hembra, el que aparece de pronto con un mandato imperioso; el sexo de asalto, el de la conquista, el de la subyugación del débil al fuerte. El que sucede de manera fortuita en el breve instante de un ascensor; en el apretado interior de una limusina, en una callejuela oscura. Con una becaria o una secretaria, con la maestra o con la alumna, con la mucama o la cocinera, con una chica desconocida. El sexo que se esconde detrás de el anuncio clasificado de un periódico cualquiera, detrás de un chat de internet, en el húmedo retrete de un bar, o en el aún mas estrecho de un vuelo charter…

La preocupación que le abatía, no pudo evitar, sin embargo, dejara escapar una maliciosa sonrisa ante el recuerdo que, contrariamente a lo que debería ser, el aire de recato y ausencia, las pesadas vestiduras con que se protegen las musulmanas devotas en presencia de desconocidos como él, no hacía otra cosa que provocarle, discretas erecciones.

El pulso se le aceleraba, el corazón se le desbocaba a medida que el videoclip que transcurría en su mente le acercaba a los episodios más recientes.

Entre los pasajeros que comenzaban a ocupar los asientos primera clase, del Airbus, apareció una pareja de agentes de la policía newyorquina. La azafata que les servía de guía, mostró a ellos el número del asiento que ocupaba el hombre. Se apersonaron hasta él. Le pidieron se identificara. Lo hizo.

–Póngase de pie por favor, coloque las manos hacia atrás y dese por arrestado.

El hombre sabía perfectamente en qué lugar del mundo se encontraba en ese instante, de modo que obedeció sin chistar. –¿De qué se me acusa? –inquirió.

–Secuestro y violación en grado de tentativa –dijo el agente.

Michele y Justine se negaban a creer lo que estaban atestiguando.

En el interior del patrulla que conducía al hombre a la estación de policía hubo silencio. Sus captores le habían instruido que en tanto no estuviese bajo la protección de un abogado, callara, pues cualquier cosa dicha por él, podría volverse en su contra. Ese silencio volvió a activar el videoclip que transcurría en su memoria.

Se vio a sí mismo colocándose las ropas, apresuradamente, de pie, en el umbral de salida de la habitación del hotel que le alojaba. Obstruía la puerta a modo de impedir que saliera hacia afuera la mucama que lloraba sentada en el sofá, escondiendo la cara entre sus manos.

Cuando estuvo suficientemente vestido, tomó la maleta que tenía preparada, se acercó a la llorosa. –Cállate ya, tonta! –le dijo, con cierta dulzura, posando suavemente la mano sobre su cabeza–. Porqué tanto drama? Era una broma! Pero si no ha pasado nada! –Tú no quisiste y yo he cumplido dejándote en paz!

Tomó un fajo de billetes, lo depositó suavemente sobre los muslos de la mujer, giró sobre sus talones, salió de la habitación, cerró la puerta, corrió hacia el ascensor, ganó la calle y llamó un taxi. –Pronto! Al aeropuerto! –ordenó.

Rumbo al aeropuerto, su prodigiosa memoria le obsequió hasta el mínimo detalle, con todo lo que atestiguó de manera fugaz, había debajo de las vestiduras de aquella negra indescriptible. No existía el calificativo justo! Sufrió una erección espontánea –Juraría que estaba ante una diosa del Olimpo zulú –se consoló tras un largo y hondo suspiro.

Hubo un momento que le invadió el impulso de regresar al hotel e intentar otro método. Estuvo a punto de ordenar al taxista virar en redondo. Algo en su fuero interno desaconsejó semejante osadía. No sin denuedo, desistió.

El intelecto por su parte, le obligó a repasar paso a paso el episodio aquél en que no habiendo Zeus, hallado forma de consolar a la llorosa Dánae después de haberla violado, hizo caer sobre ella, aún en el lecho, una lluvia de oro.

Algo había andado mal. El método le había arrojado  estupendos resultados infinidad de veces en todo el mundo. Apenas podía, entender lo que estaba pasando!

Ingresando el carro patrulla, al interior del cuartel de policía, el hombre tuvo la sensación que era engullido por las fauces de un monstruo colosal. Entonces le abandonó cualquier resquicio de duda. Todo quedó en evidencia. Era la trampa urdida por los enemigos del nuevo orden que proponía el Fondo Monetario Internacional.

                                                                                                                                  Lobo Pardo


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