04
Okt
11

La persecución del enemigo

–Supóngase que hubiese una guerra contra Suecia, ¡yo sería el primero en alistarme para defender este país!

De esta manera concluía el salvadoreño,Toño Sigüenza, una confusa perorata apologética a favor de los países anglosajones y escandinavos.

Kauko Kaurismaakii, anarquista finlandés, quien había peleado en la misma guerra que el salvadoreño, entendía el razonamiento y la conclusión a que llegaba Sigüenza, pero, fanático de la mayéutica, como era, –¿y eso porqué? –inquirió.

 –En éstos países sí que se respetan los derechos humanos fundamentales –replicó el centroamericano.

 –¿De qué manera? A ver.

–¡Evidente! El Estado garantiza, en monetario, vivienda, electricidad, agua, vestimenta y alimentación normal, a todos los desempleados y discapacitados!

 –Y sin embargo, la piedra angular de todos los derechos es el derecho al trabajo, y esto no se cumple aquí.  –Remarcó, en perfecto español, Kaurismaakii.

Se formó una laguna en la mente de Sigüenza. Para disimular, bebió un largo trago de cerveza.

–El llamado “Estado de bienestar”, no debería ser un fenómeno propio de los países anglosaxoescandinávicos –explicó el finlandés–, debería ser un fenómeno propio del capitalismo en general. Es la herramienta ideal para eternizar la explotación del hombre por el hombre! El Estado de bienestar le da al capitalismo un rostro humano, pero tiende a eternizarlo.

 Dotar de limitado poder adquisitivo a las masas de desempleados, garantiza derechos elementales como vivienda y alimentación, lo cual a la vez fortalece y dinamiza el mercado interno. Esto es lo único que le interesa a los capitalistas anglosaxoescandinavos. La dinámica y fortalecimiento del mercado interno  es la tabla salvadora que garantiza larga vida al capitalismo!

El resto del mundo está dominado por capitalistas de pensamiento esclavista. Estos tienden a anular de las masas el mínimo poder adquisitivo. Con esto, debilitan al máximo el mercado interno, lo cual es el mayor peligro para la existencia del capitalismo mismo. Y sin embargo la estupidez de estos capitalistas les imposibilita entender que con la marginación de las masas labran la propia estaca en que van a ser empalados, más temprano que tarde–.

Dicho esto, no fue una laguna la que se formó en la mente de Antonio, sino, un verdadero océano. 

Experto polemista, el finlandés entendió el lapsus de Antonio, y aprovechó para remachar: –La aplicación o no, del Estado de bienestar no debería ser cuestión de países ricos y países pobres; esto es cuestión de, la manera cómo los capitalistas entienden el capitalismo. ¡Cuba es la comprobación que el Estado de bienestar es posible en un país pobre!

En tu país, de la manera más estúpida el presidente no hace otra cosa que caricaturizar el Estado de bienestar, repartiendo una limosna de cincuenta miserables dólares a unos pocos de los más pobres, al final de mes. Esta cantidad es tan misérrima que no es suficiente para que el mercado interno dinamice. Tampoco contribuye a entender la importancia que tiene para la sobrevivencia de capitalismo, el hecho que los pobres adquieran un decente poder adquisitivo.

La música era estridente. Había que hablar alto para poder conversar. Un olor a cerveza escanciada inundaba el ambiente. Veinte años después de terminado el conflicto armado en El Salvador, las asociaciones Arnulfo Romero en Suecia se habían transformado en organizadoras de fiestas bailables para poder subsistir. También el público que asistía a esas convocatorias era otro. Los interesados en el discurso y el análisis se ausentaron; ocuparon este vacío, bebedores de cerveza y fumadores de cannabis. De vez en cuando, se dejaba escuchar algún reproche, por este cambio de calidad.

En la mesa contigua. –No jodan! No me vengan ahora con moralejas! –alzó la voz Chindo Rivera, en suficiente volumen para que oyeran todos– ¿Y quiénes eran los que le aculeraban la caca a los batallones cazadores? ¿Quiénes fueron los que asaltaron la Cuarta Brigada? Quiénes los que volaron el Puente de Oro? Los que se tomaron El Pacayal? ¡Fuimos nosotros, los mariguaneros!, –se respondía a si mismo, y dejaba a la vista, lo más que podía sus heridas de guerra, que no eran pocas.

Más parlanchín que Rudecindo era Leocadio Sánchez. Ocupó uno de los asientos alrededor de la mesa, dio un largo trago a su cerveza. –Yo le salvé la vida a Chafick Handal. Una vez en Cabañas, y otra vez en Guazapa –espetó– y después en agradecimiento, me quería fusilar.

–¿Cómo así?

–Puros chambres vos! Pero perame después te lo voacontar.

Sin mucho disimulo, Rivera se levantó de la mesa. –Ya viene otra vez estijueputa –dijo, mientras se alejaba.

El recién llegado no se dio por aludido, y siguió.

Veníamos de Cinquera hacia Guazapa. El destacamento Dos nos pisaba los talones. Al Chafo lo llevábamos montado en un burrito, porque no podía caminar. Tenía un esguince, decía él, pero yo que era de su seguridad personal, me daba cuenta que era de gordo que no podía caminar mucho. Alguno que otro cínico le apodaba “siete ranchos”. Yo personalmente, pocas veces vi que le sirvieran de comer más que al resto de la tropa, pero las malas lenguas dicen que no era infrecuente que recibiera paquetes especiales desde la capital, que desprendían un fuerte olor a comida sabrosa.

Admiraba su coraje. Me infundía valor. Por la puta, decía yo, ¿cómo puede ser que un maistrito como éste que apenas puede con la barriga, arriesga la vida toreando a la fuerza armada del modo que lo hacemos nosotros, los campesinos? Otras veces, sin embargo me fastidiaba el hecho que por andar cuidándolo a él, descuidábamos la seguridad de nuestras propias personas.

A mitad de la cuestona que está al nomás cruzar el Quezalapa, y bajo la gran balacera que nos venía haciendo el destacamenteo Dos, el burrito hijueputa se tiró un pedo, dobló las patas y quedó que no se podía levantar. Los de la seguridad del Chafo, nos parapetamos lo mejor que pudimos para repeler el fuego.

La presión sobre nosotros era mucha. Esperábamos que mientras conteníamos al enemigo, el Chafo desmontara, poniéndose a salvo, según lo previsto; pero no fue así, cuando volteé a ver, el burrito seguía aplastado por aquella enorme mole. Su jinete con una cara de no saber qué hacer. Entonces corrí hacia ellos y con el cañón del fusil, que además estaba caliente de tanto disparar, puyé el culo al hijueputa burro, de tal modo que de un salto se puso de pie y a la carrera terminó de subir la cuesta con el Chafo a horcajadas sobre su lomo. Después del hecho, el resto de la fuerza alcanzamos la cima; y ya desde esa posición ventajosa, pudimos detener la persecución del enemigo…

                                                                                   Lobo pardo


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