04
Dec
11

Neoliberalismo en Estado puro ll

El Salvador

Si en nuestro país se llevaran estadísticas confiables, se podría comprobar sin mucho esfuerzo que a partir de la entrada en operaciones de las empresas de seguridad privada, en lugar de disminuir la violencia delincuencial como sus abogados predicaban, aumentó sustancialmente, para transformarse progresivamente en el monstruo que es hoy día. Lo mismo predican los abogados de la privatización de el sistema penitenciario.

Mientras tanto, a poco más de un mes que el sustituto de Manuel Melgar presente su plan de acción, ocurrió que:

“El juez Tercero de Sentencia, Juan José Gil Cruz, ordenó al testigo quitarse el gorro que le protegía el rostro. Luego, la defensa del pandillero Jorge Antonio Cornejo Mena, imputado de homicidio, solicitó al mismo juez no utilizar el distorsionador de voz, lo cual fue concedido”. De este modo el juez tercero de sentencia, Juan José Gil Cruz, despojó al testigo de toda protección que la ley le confería, bajo el argumento que el imputado no estaba presente en el juicio, sino en prisión.

Estaba presente, sin embargo, la madre del acusado.

Con seguridad, la mujer, el abogado o alguno de los empleados del juzgado, de algún modo logró dar a conocer al pandillero preso, la identidad del testigo del caso.

Como en muchas otras circunstancias similares, las consecuencias se tornaron fatales. Desde la cárcel ordenó el imputado a su clica, por venganza, el asesinato del testigo.

A solo seis horas de concluido el juicio en el que Cornejo Mena fue condenado a 12 años de prisión, se movilizaron los asesinos a cumplir la orden, con toda probabilidad, emanada desde la cárcel.

Los sicarios no encontraron en su casa a la víctima que buscaban; pero para dejar constancia del poder que gozan en el contexto del sistema imperante, dispararon a los parientes. Uno de éstos murió. Otro se bate entre la vida y la muerte.

En la misma jornada noticiosa hemos conocido la renuncia de uno de los testigos de un caso diferente, por temor a la venganza de un poderoso capo imputado por contrabando, narcotráfico y lavado de dinero, en el oriente del país.

Nos enteramos también de una adolescente de 16 años asesinada en la capital por pandilleros, para vengarse de otro testigo más, pariente de la menor.

Estos son pues, apenas unos pocos de los múltiples botones que dan marco al campo de batalla en el que tiene que desempeñarse el nuevo ministro de justicia y seguridad. Pero el nuevo titular no tiene prisa por entrar en ese campo. Antes de finiquitar su plan de acción, viajará a los Estados Unidos de América a disfrutar de un merecido baño de multitudes en el que la Federación Latinoamericana de Esgrima le concederá la presidencia de ese ente deportivo.

La nación salvadoreña está a punto de caer de rodillas ante el poder de la delincuencia firmemente aliada al sistema de administración de justicia. El gobierno de turno se muestra impotente y sin prisas. La tasa de homicidios del año 2010 fue rebasada el 30 de noviembre de este año.

En esta grave situación el partido en el gobierno tiene mucha responsabilidad que compartir con el presidente Funes y con los reiterados fracasos del gabinete de justicia.

Y es que contrariamente a lo que debería haber sido su cometido histórico, dadas las raíces de su procedencia, el partido en el gobierno ha cesado de cuestionar la obsolescencia e injusticia del sistema imperante en nuestro país, y se ocupa en cambio de asimilarse a las estructuras que antes combatía, de manera discreta, pero endiabladamente efectiva.

El asunto es que la problemática pandillera y su creciente poder sobre el Estado, requiere para su solución, de la profunda reforma estructural del sistema. No basta el relevo del cabeza de la cartera ministerial; sobre todo cuando este relevo da muestras de tantas carencias, tal, que se vio imposibilitado de impulsar una mínima iniciativa a nivel de su gabinete, en la primera reunión de trabajo.

A pesar de la gravedad de la situación, el nuevo ministro concede más importancia a una fiesta deportiva internacional, que poner de inmediato, manos a la obra (ausente de su puesto de trabajo, estará devengando el alto salario que corresponde a todo un ministro de seguridad).

Pero seamos considerados; no lapidemos al nuevo ministro, justo al siguiente día de entrar en funciones. En realidad ha lanzado, o mejor dicho, ha repetido una idea clave que flota en el ambiente; aunque enunció esa idea sin destinatario alguno, al aire, de manera muy vaga:  “es necesario la depuración del aparato de justicia”, dijo.

Volviendo al tema estructural, expertos nacionales y de la CEPAL han hecho el diagnóstico medular de la situación que vivimos: la exclusión social que padece la juventud de bajos recursos (la inmensa mayoría); y la excesiva liberación del comercio y portación de armas de fuego, son los agentes principales del mal que está matando este país.

La exclusión social de la juventud no se solucionaría únicamente con que se duplicara o triplicara la carga impositiva a los oligarcas de este país.

Al sustancial incremento de carga impositiva al gran comercio, la gran industria, la banca y a las riquezas ociosas e improductivas, habría que agregar considerables nacionalizaciones hasta lograr que el Estado cuente con suficientes recursos para organizar y generar las instituciones educativas y las fuentes de trabajo que absorban a la juventud salvadoreña. Ni un solo joven marginado y ocioso, debería ser la consigna.

A la excesiva circulación de armas de fuego en El Salvador sólo es posible poner paro, mediante la fulminante confiscación de los almacenes privados de armamento, la subsecuente prohibición de todo comercio de este tipo; y mediante la nacionalización de las agencias privadas de seguridad.

Claro! Suena a “dictadura comunista” No es para menos! La drasticidad del remedio debe estar en consonancia con la gravedad de la podredumbre sistémica que padecemos.

Aceptemos lo de “dictadura” y eliminemos lo de “comunista”, para que tal régimen de emergencia no se haga eterno, ni el poder, vitalicio y hereditario (Roma Antigua, inventora de tal medida, elegía la dictadura en las coyunturas de mayor peligro a su existencia, y volvía a la normalidad, una vez conjurado el peligro que le amenazaba).

La cuestión ecológica

Igualmente drásticas medidas son inevitables en El Salvador para evitar el colapso ecológico provocado por el cambio climático.

Al Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria lo volvió obsoleto el cambio climático y la corrupción de los políticos. Este instituto ya sólo sirve para que los Lovos, Merinos y otros neófitos del poder se apropien impunemente de las tierras destinadas a los campesinos pobres.

Absolutamente, todas las tierras, el suelo y el subsuelo que conforman el territorio salvadoreño, deben volver a propiedad del Estado, para que pueda organizarse de manera centralizada y eficaz, nuestra contribución al combate contra el calentamiento global del planeta. Sólo medidas de este tipo podrán salvar a El Salvador de la debacle que nos amenaza.

Volvamos al meollo del asunto.

Los cambios que requiere nuestro país son cambios profundos, estructurales y de gran envergadura. Para llevarlos a cabo se requiere del concurso y del sacrificio, si nó de todos; de la inmensa mayoría de salvadoreños honestos, de buena voluntad, capaces y de sensibilidad humana.

En cuanto al nuevo ministro de seguridad, digamos: si se enroca en su incivilizada propuesta de penitencierías privadas; si no presenta un plan creíble que haga movilizar a la nación entera (desde oligarcas hasta el pueblo humilde) hacia extirpar el canceroso tejido que es la delincuencia y el crimen organizado; si dedica su tiempo, más a presidir la Federación Latinoamericana de Esgrima, y menos a devengar con vergüenza su oneroso salario de ministro de seguridad; entonces, pasará inevitablemente a la historia como, la crónica de otro fracaso anunciado. Su carrera política habrá llegado a su fin, tal cual finalizó la carrera política de Manuel Melgar.

El PARLACEN (Parlamento Centroamericano) es el cementerio a donde los elefantes de la política centroamericana llegan a morir.

J Aguilar


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