17
Dec
11

Navidad en altamar

En la sala de quemados abundaban las miradas intensas y faltaban las palabras.

Abilio, 16 años; Julián 25, y Roberto 40 años de edad yacían en calidad de pacientes. Los dos mayores primos entre sí; Abilio sobrino de ambos. Todos apellido Padilla.

¿En cuánto valoraba don Nico su lancha bimotor? “Las pérdidas como las ganancias irían raja y raja”, habían acordado. La palabra estaba empeñada.

Roberto veía el futuro de los Padilla como de esclavos al servicio de dos amos implacables: Don Nico y el Canegüe.

Rodeaban las camas los parientes. Era día de visita. Algunas mujeres lloraban. –Milagro! –repetían de vez en cuando.

Los ahí presentes experimentaron una sensación de indignación e impotencia, viendo llegar al “pupuso”, hijo del “Canegüe”, palabrero de la clica que extorsiona a los pescadores. Se abrió paso el quinceañero entre el grupo. Se acercó a los yacientes. Con una mezcla de curiosidad y desprecio les echó un ligero vistazo y se alejó del lugar. Salió a la calle y se encaminó a donde le esperaban su padre y otro marero, a bordo de un vehículo todoterreno; motor encendido. –¿Los viste? ¿son ellos? –preguntó Canegüe.

–Sí, los ví, son ellos –respondió el pupuso.

–Menos mal. Estos hijos de puta son capaces de montar todo un teatro, con tal de no pagar “la renta” (la extorsión).

De ordinario eran ellos de los primeros que salían del mar. Gente devota. Para nada les cuadraba que les agarrara la oscuridad mar adentro.

Lo único que dejó de herencia el viejo Chabelo Padilla fueron frases. “Con el mar no se juega”, decía. Sus herederos aprendieron la lección.

Hará cosa de dos semanas, don Nicomedes se paseaba, fumando puro, a lo largo del improvisado mercado en el que los pescadores ofertaban la captura del día. Pensaba en negocios.

Se acercó al puesto de los Padilla. –Me quito el sombrero ante vos –le dijo discretamente a Roberto.

–¿Y eso don Nico?

–Con únicamente ese desvencijado cayuco has logrado una captura que vale por lo bajo, unos quinientos dólares.

 –No todo el tiempo don Nico. Es sólo cuando Dios quiere.

–Yo tengo la fórmula para que Dios quiera siempre!

–¿Cómo así?

–Mirá! Yo te entrego la Pancha (panga a dos motores) a la hora que querás, fuliada y dos bidones de reserva; y luego, terminada la faena, vamos raja y raja con la captura. Y si no capturaste más que resfrío, también vamos raja y raja con las pérdidas. Con la Pancha podés duplicar o triplicar la captura! Y no te jodés con la remada. Llegás al caladero y regresás a tierra fresco como una lechuga. ¿Qué te parece?

–Lo conversaré con Julián don Nico. Este negocio no es sólo mío.

–Bueno, pensalo y me avisás.

–¿Qué decís vos Julián? –preguntó Roberto camino a casa.

–Provemos brother! Todo es cuestión de probar! Si no resulta, deshacemos el trato.

En efecto, la primera vez casi duplicaron la captura, y no llegaron agotados a tierra.

Otra herencia del viejo Chabelo: “jamás hacerse a la mar sin antes noticiarse del estado del tiempo”.

El pronóstico reportó únicamente, marejadilla, de mediodía, abajo.

–Conque superamos esas marejadillas con el cayuco; no lo vamos hacer con una panga a dos motores? –dijo Julián antes de ir a dormir– ¿Vás con nosotros? – Preguntó a Abilio.

Abilio dudó. Tenía ensayo con la pastorela (drama navideño para presentar al aire libre); pero dijo que sí. De ganar algún dinerito, se podría comprar un pantalón azul, una camisa blanca, un sombrero y cascabeles (el traje de pastor).

A las cuatro de la madrugada se hicieron a la mar. A las cinco estaban en el caladero. Echaron las redes y los anzuelos cebados. La pesca abundó hasta la hora del almuerzo. La hielera (tres metros cúbicos) estaba a la mitad de su capacidad. Cuando retomaban la faena, dio comienzo la marejadilla.

A las cinco de la tarde el terral (viento llegado de tierra adentro), arreciaba. Levaron anclas y pusieron proa rumbo a tierra.

Por eso del cambio climático  el pronóstico, ha perdido la certeza de épocas pasadas. El terral arreció de tal manera que la lancha avanzaba penosamente. La marejadilla trascendió a mar picada; las olas inundaban el navío. Comenzaba a oscurecer. Empapados los motores, se detuvieron.

La Pancha fue una cáscara a la deriva. Poco podía hacerse en la oscuridad para reactivar los motores. Los violentos bamboleos amenazaban lanzar todo sobre la borda. Se acuclillaron los pescadores entre los aperos aferrados a lo que podían.

Oscureció. Desapareció la noción del tiempo. Comenzó a llover. Poco antes del amanecer una enorme ola golpeó de costado, volcó la panga que se fue a pique en el acto.

El sol encontró a los Padilla braseando infructuosamente mar adentro sin tierra a la vista. La hielera hecha de durapac flotaba cerca. Se aferraron a ella; se introdujeron al interior. El material de que estaba hecha la hacía insumergible. Sobrevino una noche tremendamente fría que los mantuvo despiertos hasta el amanecer.

A partir de este momento, días y noches fueron todas iguales. Sol inclemente de día; frío sobrecogedor de noche. Hambre, sed y alucinaciones, las veinticuatro horas.

Al quinto día casi no se cruzaban palabras, por tedio, por agotamiento; porque hablar les hería garganta y labios.

Para los Padilla las navidades siempre fueron humildes, pero alegres y sabrosas. Lo que más echaba de menos Abilio era la pastorela y Ana Luisa, la pastora mayor.

La deshidratación y el hambre agudizaron las visiones. Roberto veía caminando hacia él, a don Nico, al Canegüe y al Pupuso, igual que hacía Jesús, sobre las aguas. Detrás de ellos avanzaba talonario en mano, el recaudador municipal. Un policía aparecía en la escena, pero mirando hacia otro lado.

Julián conversaba con sus hijos y su mujer que iban con él en la hielera.

Esa madrugada, a Abilio se apareció Gabriel, el que anunció a María su embarazo. –Despierta Abilio! Mira que te he traído la cena de Navidad! –dijo.

Desengañado por  los espejismos, Abilio no quiso abrir los ojos. En ese momento comenzó a caer una sosegada lluvia sobre ellos. Con las manos hechas cuenco recogieron agua para beber. Flotaban en medio de un enorme cardumen de minúsculos pececillos plateados, tan mansos que se dejaba coger con las manos, y hasta saltaban al interior de la hielera. Los comieron crudos. El cardumen desapareció poco a poco pero ellos tomaron reservas alimenticias para varios días.

Volvieron a cundir la sed y las alucinaciones, cinco días después.

Esa otra madrugada, dormitaba Abilio pensando en el  barco de juguete que cada año pedía al Dios niño, y que nunca llegó a tener. Volvió a aparecer Gabriel ante él para decirle: –regocíjate Abilio porque he venido a traerte el barco que siempre soñaste!

El barco venía bufando y sonando su enorme silbato hacia ellos. No los atropelló de lleno, sino que los pasó rozando y casi los hace naufragar.

Se comunicó el capitán del barco con el capitán de tierra, para dar las coordenadas exactas de aquél extraño paquete blanco que flotaba a la deriva. –Tiene todas las características de un alijo de droga –informó.

A esa misma hora estaba plantado el pupuso en el umbral de la casa de los Padilla. –Dice mi papá que hoy toca que pagar renta y aguinaldo –dijo a Yolanda, mujer de Roberto. –Dígale a su papá que no sabemos si podremos pagar. Hoy se cumplen diez días de que los dan por desaparecidos –respondió la mujer, llorando.

Lobo Pardo


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