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Guerra y paz en El salvador

En el “Pulgarcito de América”, en donde reinan la impunidad del delito, y la guerra larvada impuesta por la delincuencia en contra del pueblo humilde y el Estado, llega un momento que el bribón cuya coartada es negar su fechoría de manera tenaz, es acorralado por abrumadoras evidencias, tal que llega a sentirse como caracol fuera de su concha.

Es en este momento que desenvaina el machete, echa mano al puñal o desenfunda la pistola, apunta a los que le cuestionan y grita: “ ¡Sí! ¡Fui yo! ¿y qué?”, consciente que el poder del hecho consumado, la corrupción de la política, el raquitismo institucional, el temor y la impotencia del pueblo llano, harán el resto para que esa guerra larvada la vaya ganando el crimen.

La guerra impuesta por la delincuencia al pueblo y al Estado, no es un problema insoluble, pero sí, muy complicado de resolver, dado que tal como la vox pópuli venía diciendo, y algunos políticos han comenzado a admitir, la institucionalidad del país y principalmente el poder judicial es objeto de penetración por parte de la criminalidad. No pocos abogados, jueces, jefes de policía y diputados, podrían estar al servicio del crimen organizado.

Se requerirá del concurso de los mejores hijos de este país, y de los pocos políticos honestos que hay, para acometer la necesaria misión de rescatar a El Salvador del fondo del abismo.

Los salvadoreños honestos están moralmente obligados a no seguir postergando la tarea de erradicar el crimen, la impunidad y la corrupción, hasta en el último rincón del territorio nacional, puesto que en cuanto más tiempo pasa sin resolverse esta situación, adquiere  mayor complejidad y la guerra contra el pueblo y el Estado se intensifica.

Ya se han sumado a la problemática, el Cambio Climático Global y la vulnerabilidad del territorio salvadoreño. Solo un mínimo de los recursos acuíferos del país es ya apto para el consumo humano.

Ante la complejidad de la problemática que nos ocupa es absolutamente necesario  que, igual que se hace en un laboratorio clínico, vayamos identificando a los agentes malignos causantes de la enfermedad; y también a los agentes benignos que bregan por restablecernos el equilibrio perdido. En otras palabras, el primer paso a dar es identificar en nuestro entorno social, a los agentes favorecedores de la guerra y también identificar a los agentes artesanos de la paz

Todo ciudadano nacional o extranjero que favorece, promueve o ejecuta cualquier tipo de violencia, la impunidad del delito, la corrupción de la política, la debilidad institucional, el libre comercio, portación y uso de armas, fortalece con ello la guerra que la criminalidad lleva a cabo en contra del pueblo y del Estado, salvadoreños.

En esta categoría podría caber perfectamente la Fiscalía General de la República que contrariamente a lo que debería ser su oficio, continúa sumida en la apatía en cuanto a esclarecer crímenes traumatizantes para la sociedad salvadoreña, como los que se cometieron en perjuicio del poeta Roque Dalton, del arzobispo Romero, y los sacerdotes jesuitas; El Mozote y demás cantones que durante  y antes del conflicto armado fueron víctimas de genocidio por parte de las fuerzas armadas de El Salvador; así como los crímenes de Mayo Sibrián, en perjuicio de humildes combatientes revolucionarios.

La sabiduría popular permite que la mayoría de los mensajeros de guerra en este país estén ya plenamente identificados y señalados. Aparecen en este largo listado, desde magistrados de la Corte Suprema de Justicia, poderosos comerciantes de armas y propietarios de agencias privadas de seguridad (Mecafe, amigo del primer mandatario), hasta leguleyos, tinterillos y agentes de policía de última categoría.

A los artesanos de la paz generalmente encontramos entre el pueblo humilde y trabajador. Y los reconocemos porque, contrariamente a los generadores de violencia, perdonan las ofensas en aras de la paz.

Unos son luchadores sociales reconocidos. La mayoría son anónimos y enemigos de la publicidad y el sensacionalismo,  tal como los parientes de Vanesa (diez años de edad, San Julián, Cantón Agua Chuca), quienes se vieron por largas semanas expuestos al escarnio público producto de la negligencia, falta de profesionalismo y mala praxis de cierto médico, quien diagnosticó a la niña embarazo precoz, cuando en realidad padecía un enorme tumor en el vientre de carácter maligno.

En las manos de los parientes de Vanesa estaba querellarse contra la mala praxis ejecutada, lo que hubiese venido a ser una mácula en el prestigio de ese médico que le hubiese afectado la carrera profesional  para siempre. Y sin embargo, para evitar arruinar una vida dijeron, con humildad, los parientes de Vanesa a la prensa:

“El doctor se equivocó y la niña se murió… es de humanos equivocarse……………… Las condiciones de trabajo son difíciles. Por equivocación nos dijo el doctor que la niña está embarazada, lo hizo y sin pensar que iba a quedar mal, nosotros creemos que no tuvo ninguna mala intención. Tuvo que decir que tenía tal cosa (Vanesa), sin estar seguro…”.

Y en el ingrato contexto económico social en que se debate nuestro país, no deja de sorprendernos que de repente se revelan como promotores de hechos violentos, personas que el pueblo veía en ellos compromiso con la paz.

Los mosaicos de la magna obra de Fernando Llort en el frontispicio de la catedral de San Salvador, fueron arrancados con una violencia tal que era a la vez violencia contra la sensibilidad artística del pueblo, contra el patrimonio cultural de la nación, y contra el autor de la obra. Fernando Llort lloró ante la injusta agresión sufrida en su persona, pero se llenó de humildad y dijo que perdonaba. Como en los parientes de Vanesa, descubrimos en este artista otro humilde artesano de la paz.

El autor intelectual, y los autores materiales (Arquitectos Molina), de esa deleznable contribución a la guerra, frente al montón de ripio demolido del que el pueblo sensible recogía trozos como recuerdo, negaban todo tipo de violencia en el hecho consumado.

Tanta fue, sin embargo, la acumulación de evidencias que llegó ese fatídico momento en que el autor intelectual, sintiéndose como caracol fuera de su concha, echó mano a su arma más temida para luego espetar al pueblo que le increpaba:  “¡Era mi derecho y mi decisión” retirar el mosaico de Catedral!.

Esta vez olvidó proferir el consabido “¿Y qué?

Juan Aguilar


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