20
Jan
12

El perdón de El Mozote

El discurso del presidente Funes en el 20 aniversario de la masacre cometida por las Fuerzas Armadas de El Salvador en el cantón El Mozote y sus alrededores, fue un discurso certero. Puso en tela de juicio el déficit del Estado en materia de justicia y eficacia administrativa, lo cual ha propiciado empeoramiento de la vida política, económica y social del país. Puso en la picota el mandatario, los compromisos adquiridos, luego incumplidos y olvidados de los Acuerdos de Paz. Cuestionó duramente las falacias propaladas por la clase política, como lo de que El Salvador vive en democracia, justicia y paz; o lo de que Las Fuerzas Armadas son la institución que ha cumplido al pie de la letra con los acuerdos, siendo que aún continúa exaltando la memoria del autor material de los abominables hechos de El Mozote, como se exalta la memoria de un héroe de la patria.

El discurso presidencial contiene dos mandatos. Uno a la Asamblea Legislativa y funcionarios del ámbito justicia, referente a que se ocupen de generar los mecanismos y organismos necesarios para que cese la impunidad de crímenes pasados y presentes que significan grandes traumas, y siguen causando gran afectación post traumática a la sociedad salvadoreña. El otro mandato es hacia la institución Fuerzas Armadas, formulado de tal forma que se colige que, a la luz de los hechos cometidos en El Mozote, 1981, se entregue esa institución a revisar la manera de corregir su propia actuación en el marco de la sociedad salvadoreña, de tal manera que le conduzca a practicar el respeto a la integridad de la población civil, cualquiera que sea la situación política que viva el país.  

El elocuente discurso presidencial, sin embargo, carece de la capacidad de trascender más allá de lo puramente simbólico. Adolece del poder vinculante que obligue a políticos y militares aludidos, asuman el mandato presidencial.

Escindido del fmln, la fuerza política de Mauricio Funes  como individuo es nimia; no llega a la influencia requerida para que funcionarios estatales semejantes a serpientes que ya han echado cuernos, cambien su arraigada conducta tendiente al prevaricato y a la coima.

Pero la clase política es gente muy sensible a los discursos, por etéreos y simbólicos que sean. Consecuentemente con ello, han llovido sobre Funes hirientes críticas. Algunas llegan hasta la vulgaridad de intentar colocar a las víctimas en el lugar de los victimarios y viceversa. Tal fue la desfachatez que trató de demostrar cierto militar retirado, diputado por ARENA, que virtió un esperpentico exabrupto impolítico, ofensivo e irrespetuoso. En el marco de las lágrimas que aún vierten los parientes de las víctimas de Las Fuerzas Armadas, se atrevió a decir el ex coronel: ”A mi las lágrimas de cocodrilo no me interesan”.

Uno de los señalamientos que los detractores del presidente hacen al protocolo de los actos en El Mozote es que no se invitó a los actuales jefes militares del país. Carecen esos detractores de la sensibilidad política y humana para poder entender que la presencia de tales jefes en esos actos, hubiese significado tremenda bofetada a los parientes de las víctimas dado que esos jefes representan a un ejército que concede calidad de héroe al directo masacrador del cantón y sus alrededores, en 1981.

Y es que, en cuanto las Fuerzas Armadas de El Salvador, como institución, no pidan perdón a los sobrevivientes de El Mozote y de tantas otras poblaciones sometidas por esas fuerzas al genocidio; y en cuanto esa institución no demuestre practicar una filosofía de pleno respeto a la vida de pobladores desarmados, las normas más elementales de la decencia aconsejarán siempre, que el asesino se abstenga a volver al lugar del crimen.

Continuando con la simbología del discurso presidencial, digamos que, a quienes corresponde pedir perdón, es a los gobernantes y jefes militares de esa época, autores intelectuales y materiales de hechos abominables. Ellos están material y físicamente capacitados para hacerlo.

Ciertamente, el discurso del presidente en El Mozote tuvo el efecto no deseado de que políticos y militares simpatizantes de prácticas genocidas, demuestren su soberbia públicamente y lleguen a la desvergüenza de exigir se pida perdón también a los victimarios.

Para ser justos hay que decir que el fmln también debe pedir perdón; no de manera vaga y difusa como lo intentó una vez Sánchez Cerén, sino de manera directa, concisa y detallada.

Y no es a las Fuerzas Armadas que debe pedir perdón el partido en el gobierno, como requieren políticos y militares de viejo cuño partidarios del exterminio en masa; sino, una vez más al pueblo humilde afectado por la paranoia de ciertos jefes efemelenistas como Mayo Sibrián quien exterminó de la manera más injusta y con métodos no menos brutales que los de la parte gubernamental, alrededor de mil salvadoreños honrados y valientes, entre combatientes y parientes de éstos.

El fmln debe pedir perdón por la desidia de la jefatura superior a investigar las abundantes denuncias provenientes de las bases combatientes en contra de Sibrián. Era en esa época Salvador Sánchez Cerén, su jefe directo. Este, refiriéndose a estas otras víctimas dice: “fueron juzgados por las leyes de las FPL”

No obstante todos los perdones que puedan pedirse en el ámbito de lo simbólico y protocolar; para el pueblo victimizado, lo más importante es que, tal como explica  María Márquez, presidenta de la Asociación Promotora de Derechos Humanos de El Mozote, aclare el Estado salvadoreño, con nombre y apellidos a quiénes hay que perdonar, y por qué hechos concretos. De lo contrario, el conmovedor perdón pedido por el presidente serviría nada más como escudo protector de genocidas en El Salvador.

Las injusticias que generaron el conflicto armado, nunca llegaron a desaparecer, por el contrario, recrudecieron. Esto genera la certeza en el pueblo victimizado, que, simbologías aparte, la auténtica petición de perdón por parte del opresor al oprimido, consiste en desmontar las estructuras opresoras para dar paso a la justicia social; y que si el gobierno Funes-fmln, permite continuar en el anonimato e impunidad a los autores de los hechos de lesa humanidad referidos, la cultura de corrupción política y el desprecio a la vida ajena, seguirá profundizando raíz en El Salvador, hasta crear las condiciones para que tales crímenes vuelvan a repetirse.

Juan Aguilar


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