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Apr
12

¡Señores pandilleros!

El Salvador

Según mi amigo Manuel Navas, colombiano, activista social y estudioso de el devenir político de su país, el fenómeno de la relativa pacificación de las pandillas que se propone en El Salvador, no es cosa nueva. Ya se dio en Colombia durante el gobierno de Uribe y continúa con el gobierno de Santos. Esta relativa pacificación permitió a Uribe salir por la puerta ancha, como el presidente que logró disminuir drásticamente no la delincuencia en general, sino homicidios y asesinatos vinculados a pandillas, sobre todo en las más grandes ciudades del país; prestigio de el que Santos se muestra continuador.

Contrariamente a lo que se afirma del caso salvadoreño, según mi amigo, el gobierno suramericano sí compra esa (relativa) pacificación, con fines meramente electorales, mediante partidas presupuestarias y otras prebendas, que no aparecen registradas en los libros contables del Estado o aparecen registradas bajo tropicales eufemismos.

Concedamos, sin embargo, el beneficio de la duda a la treintena de jefes pandilleros que se han pronunciado en El Salvador, y supongamos que por su parte, la promesa de pacificar a los hombres bajo su mando, es auténtica y tiene bases reales y duraderas.

Se derivaría de este fenómeno pacificador que sucede dentro de otro fenómeno (el pandillero), una sensible reducción de homicidios y asesinatos.

Sin embargo tales delitos no disminuirían a niveles capaces de devolverle la paz perdida al pueblo salvadoreño; porque el fenómeno pandillero en general no depende de la voluntad de treinta jefes temibles. Más depende de las consecuencias sociales generadas  por obsoletas estructuras políticas, legales y económicas de carácter marginador, que la clase política considera pilares inamovibles del sistema que vivimos.

“Se trata de leyes pétreas” dicen los políticos con desfachatez.

En suma, probablemente y si compartimos el optimismo de los mediadores interpandillas (Colindres-Mijango), un 50% entrarían a la vía de la pacificación; mas no entrarían a esta vía, talvez, el 50% restante de los 20 000 pandilleros que se calcula existen en el país.

La razón cae por su peso. Tales agrupaciones no son una fuerza regular obediente a un solo mando centralizado (¿treinta jefes del mismo máximo nivel para dos pandillas?); sino estructuras dispersas que como los quistes bacterianos, resurgen espontáneamente ahí donde hay condiciones propicias: pobreza, marginación, fácil acceso a armas de fuego, narcotráfico, dinero fácil… .

Lo anterior, la miseria moral, y el desesperado afán de no perecer de hambre componen la mezcla fatal que hace extenderse a las pandillas tal y como se extiende la mala hierba.

Mientras no se desmantelen en El Salvador las violentas tendencias estructurales del sistema semejantes a corrientes que desembocan en negar educación, vivienda, zonas verdes, sano esparcimiento, trabajo y salarios justos a las grandes mayorías de la población, estarán dadas las condiciones para que, por cada pandillero pacificado surjan dos en pie de guerra, ya que la clase política y el sistema nos obligan a un rumbo en el que la población marginada y en extrema pobreza, en lugar de disminuir, se multiplica.

Si a diferencia de Colombia, en nuestro caso no median ni compra de voluntades de jefes pandilleros ni fines electorales, y si el entusiasmo de los mediadores interpandillas goza de reales fundamentos, estaríamos ante la oportunidad de la más grande revolución social de carácter pacífico; puesto que si los salvadoreños honrados de todas las condiciones sociales nos entregamos a la tarea de reincorporar estos grupos a la sociedad civil, mediante aportar con lo que cada uno de nosotros tiene capacidad, lograríamos la pacificación del 50% de pandilleros y sentaríamos las bases para seducir a la pacificación al otro 50%: los no convencidos.

Aquí se torna inevitable redundar en que los primeros que deberían dar su aporte al supuesto objetivo de reintegración social de las pandillas son los comerciantes de armas de fuego y los propietarios de agencias privadas de seguridad.

Los primeros deberían renunciar a su negocio de muerte y dedicarse a una actividad honrada y de provecho social.

Por su parte, las referidas agencias han demostrado absolutamente una criminal falta de profesionalismo. En lugar de proporcionar seguridad, constituyen una seria amenaza para la integridad de las personas. Ejemplos abundan.

Los comercios de armas de fuego, deberían declararse, por ley, proscritos en todo el territorio nacional, puesto que se han vuelto los más importantes proveedores para todo tipo de delincuencia armada.

Deberíamos acogernos al principio constitucional de que el monopolio de la violencia pertenece al Estado, por lo que, personal y recursos materiales de las agencias privadas de seguridad deberían pasar bajo directa jurisdicción de la PNC, la cual, con estos medios en sus manos, debería dar forma a una dependencia especial, contratista  y proveedora  de servicios privados de seguridad para toda persona natural o jurídica que los solicite.

Seguidamente estarían obligados a dar su aporte las fortunas, nacionales y extranjeras amasadas históricamente mediante la explotación, opresión, empobrecimiento y marginación de las grandes mayorías de salvadoreños.

Las grandes fortunas criollas están moralmente obligadas a entregar al menos el 50% de su volumen acumulado al Estado, y a entregar al mismo, anualmente, el 50% de sus ingresos netos. Igual debería de proceder el gran empresariado, a fin de resolver la problemática social y ecológica que ha colocado ya, en el umbral de la debacle total a nuestro país.

¡No hay tiempo que perder!

A la par de los grandes oligarcas, deben, absolutamente todos los políticos y funcionarios enriquecidos ilícitamente, devolver lo robado, con sus respectivos intereses, a las arcas del Estado.

Maras en reflexión

Se hace necesario además, aprovechar aquí que los jefes de las maras se encuentran, según ellos, en un período de profunda reflexión para advertir:

Señores pandilleros:

No es cierto lo que afirma Raúl Mijango en cuanto a que ustedes están enviando un mensaje de buena voluntad a la sociedad salvadoreña. Lo cierto es que la buena voluntad hasta hoy mostrada es entre ustedes, pandillas rivales. El pueblo pobre continúa bajo la tiranía que ejercen las pandillas en los barrios y cantones bajo su control. Las extorciones, robos, asaltos y homicidios en perjuicio del pueblo llano ¡no disminuyen!

Lo único que disminuye son las muertes que se causan ustedes entre si! ¡Tal situación, en manera alguna es buena voluntad hacia la sociedad salvadoreña!

Otro aspecto que ustedes, jefes mareros, deben agregar a sus reflexiones es que, el pueblo trabajador, la pequeña y mediana empresa, nada debemos absolutamente a ningún pandillero, para que, además de lo que nos obliga el Estado,  nos obliguen ustedes a pagar arbitrarias y absurdas rentas y toda clase de obligaciones materiales y monetarias que lanzan a la ruina y al hambre a nuestros hijos!

Los verdaderos deudores de ustedes, pandilleros, y de nosotros, pueblo llano, son el Estado, la clase política y las grandes fortunas acumuladas por la vía de la explotar, robar y marginar de todo derecho al pueblo salvadoreño desde la época de la independencia de España.

Es a ellos que deben ustedes de cobrar todo tipo de rentas y tributos; no al pueblo pobre.

¡El pueblo pobre, como ustedes es también víctima del Estado, de los políticos y de los grandes ricos!

Maltratar del modo que ustedes hacen, al pueblo honrado humilde y trabajador, les envilece de tal manera que les coloca al nivel de la más absoluta miseria moral y humana. En el umbral de la animalidad.

Señores pandilleros:

¡No hay muestras aún de alguna buena voluntad, de vuestra parte, hacia el pueblo salvadoreño!

¡Cobrad rentas y tributos a las inmensas fortunas! ¡A los grandes explotadores! ¡No al pueblo humilde y trabajador!

Froilán Sánchez


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