28
Apr
12

Mycke Mjöberg. El viaje sin retorno

Suecia. Península escandinávica.

El pasado viernes 27 de abril, en ciudad Västerås, provincia de Västmanland, se llevó a cabo uno de los más conmovedores y concurridos funerales en muchos años.

Nos tocaba entregar a la madre tierra el cuerpo de Michael Mjöberg (58 años).

Lo nutrido de la concurrencia que deseaba dar el último adiós a “Mycke” obligó a dividir en dos las honras fúnebres. Una parte de los dolientes fue convocada a las 13:00, y otra parte a las 15:00 horas, al cementerio de Vallby, bajo el fresco de una llovizna intermitente.

No pocos de los dolientes intentaron describir la dimensión humana de Mycke, y todos coincidieron en dos palabras: “un ángel”.

Es que nuestro gran amigo fue toda la vida un obligado punto de referencia para los inmigrantes llegados a la ciudad de Västerås, sobre todo para aquellos cuya solicitud de asilo era rechazada por las autoridades suecas.

La labor de Mycke en su favor le valió el calificativo de “abogado de los desamparados”, para no pocos de los cuales, logró Mjöberg, sin ser jurista profesional, resoluciones favorables que les permitieron el permiso de residencia y después la ciudadanía sueca.

En efecto, años atrás una conocida periodista local llegó a escribir un extenso reportaje en el periódico VLT sobre la labor de Mycke, en el cual le consideraba la versión masculina de la madre Teresa de Calcuta.

Y sin embargo la sensibilidad humana de Mycke Mjöberg tenía más que ver con las luchas revolucionarias que con alguna tendencia religiosa. Fue él destacado militante de la lucha de los jóvenes suecos en contra de la guerra del Viet Nam.

Después de su experiencia antibélica, atraído por la melodía de la versión latinoamericana del idioma español, se dio a un periplo individual por los países del cono sur que le llevó al Machú Pichú, de donde bajó siguiendo la ruta hacia la costa del pacífico vía Argentina, hasta darse de bruces con Viña del Mar y Valparaíso, de las cuales quedó irremediablemente prendado. De ahí bajó más hacia el sur, hasta el valle del Bío Bío, atraído por el fragor de la lucha de un pueblo indomable: los Mapuches, llamados, araucanos, por el conquistador español.

Cuando partió hacia América Latina, lo hizo Mycke únicamente acompañado de un diccionario sueco – español. Su estadía ahí no se prolongó más de los cuatro años. Cuando regresó a Hallstahammar de Västmanland , su tierra natal, venía hablando un exquisito español, con acento propio.

Se aficionó a acompañar en Västerås a los latinoamericanos refugiados, en la difusión de programas radiales a nivel provincial. Los hispanohablantes esperaron siempre con cierta ansiedad la voz de Mycke Mjöberg, no sólo por su característico acento, sino también por su perfecto dominio de la prosodia y el artístico manejo de la sintaxis de la lengua de García Márquez.

Jamás vi tanta pesadumbre y tanto lloro en el sepelio de un sueco. Ellos toman la muerte como un natural momento, necesario, y a veces ansiado, para tomar también, un definitivo descanso ante el duro ajetreo de la existencia humana.

La mayor pesadumbre la encontré en los ojos de su esposa Flora, de Fernado Seguel, su amigo del alma, y presiento una mayor pesadumbre aún, en los ojos de su perro Adolf, tan grande fuerte y manso, como un lobo domesticado.

Lobo Pardo


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