28
Apr
12

Rimas a la ausencia de Mycke Mjöberg

Suecia

En la Ciudad sueca, Västerås, sobre todo los inmigrantes latinoamericanos, han llorado profusamente la partida al viaje sin retorno que emprendió Michael Mjöberg (58 años), yendo de Västerås a Estocolmo.

Es que luego de un periplo por los países del cono sur, que Mycke llevó a cabo en su juventud, quedó prendado de la historia y la cultura, latinoamericanas, a la vez que indignado por la injusticia social que vive el continente, de manera tal, que de regreso en su país se dedicó a ayudar y proteger, a los inmigrantes que arribaban a Suecia, especialmente dedicado a aquellos  latinoamericanos a los que el Estado sueco les negaba la solicitud de asilo.

Todos aquellos de sus protegidos y conocidos que intentaron una descripción de la personalidad o la descripción de la dimensión humana de Mycke Mjöberg, declararon su fracaso en el intento. No hay palabras que puedan hacerlo, dicen. Se ponen de acuerdo, únicamente en dos palabras que se aproximan bastante a lo que era él: “un ángel”.

He aquí el homenaje de Lobo Pardo, a quien en vida fue Mycke Mjöberg.

 

Rimas a la ausencia de Mycke Mjöberg

(Elegía)

Ay! de aquella tarde infausta

acontecida

en el camino de Estocolmo

a cuya vera lloraban los cipreses

al ver herido el corazón del olmo.

 

Llegó a tí Apolo con sus dardos.

El siempre llega sin penas ni alegrías;

a liberarte del peso de los años,

a liberarte del peso de los días.

 

Mas ya verdea el surco que trazaste

desde aquél lejano día

en que en el cono sur del mundo

dejaste plantado

el germen de tu semilla.

 

Asombrosa tu mente autodidacta,

pudo llevarte a la cima,

al éxito de altos vuelos;

a vivir entre los terciopelos,

entre los mármoles

del Olimpo de los banqueros;

pero tú,

de frente a las penurias de los pobres,

escogiste la senda de los obreros.

 

Y fuiste mecánico, albañil, electricista, carpintero…

Al pueblo llano, al pueblo pobre entregado por entero, le dabas todo, tu sudor, tus lágrimas, tu sangre,

no te importaba el maldito dinero.

 

No nos llamásemos a engaños, advertías,

sin ninguna maldad, sin asomo de malicia;

limpiamente  demostrabas después,

la perversidad que esconde todo tipo de injusticia.

 

Nada de componendas con el sistema,

porque el sistema cada día

al rico más enriquece;

y al pobre desprecia, oprime, explota;

y más empobrece.

 

Te criticaban de Gustavo Adolfo,

el führer,

sus descendientes y herederos,

al verte siempre rodeado de morenos,

cabezas negras, y otros extranjeros.

A ti te daba lo mismo,

que lo tuyo era un mundo sin fronteras,

la multicultura ausente de racismo.

 

El dolor, el llanto, la congoja…

Entre tu gente, es mucha la pena.

Es inmenso el vacío que dejas

y para nosotros terrible condena

Resecos están

hasta el fondo, nuestros odres.

Que solos quedamos,

Mycke Mjöberg,

abogado de los pobres.

 

Yo que en la vida morí mil veces,

con los miles

de miles de los muertos de la guerra;

no sabía,

nunca supe,

el significado de la palabra “muerte”,

hasta hoy, afligido ante tu ausencia,

viendo tu cuerpo exánime, inerte.

 

Ya vas a bordo, Mycke,

de la barca de Caronte.

Te lleva al valle de los justos

en donde harás tu choza

en la cima del más alto de los montes.

 

Ahí fumando tu tabaco;

y bebiendo tu infaltable tacita de café;

contemplarás la obra que dejaste

a los niños,

a los hombres y mujeres de buena fe.

Lobo Pardo

 


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