14
Maj
12

Treintisiete aniversario

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre y exacta ubicación, por razones de clandestinidad, omito explayarme, se dio cita cierta fauna para recordar el treintisiete aniversario de el perverso hecho que culminó tristemente con la muerte de Roque Dalton; perversidad que nos ofende y tortura hasta hoy día, dado que los hechores (altos cargos de gobierno y política), se niegan a revelar a los parientes del poeta, el lugar donde sepultaron los restos de su víctima. Tal proceder los coloca a la altura de los más terribles sátrapas de la historia.

¡Negar a una esposa, a una madre, a dos hermanos, el derecho a dar cristiana sepultura a su deudo! ¿Quién podría creerlo en gentes que un día se dijeron revolucionarios?

El evento recordatorio, como siempre, estuvo signado por conatos y rumores.

Antes, incluso, de dar inicio al programa, cundió el rumor de la inevitable presencia de Eduardo Carvajal, de quien se dijo la última vez, desaparecido en pleno desierto de Atacama. El jubilado boxeador, marinero y panadero, e injubilado poeta, sin embargo, no apareció, a pesar de las expectativas, por ningún lado, durante toda la jornada literaria. ¡Cosa más extraña!

Cundió otro rumor: que ante la ausencia del chileno, el evento carecería de una calidad digna de Roque Dalton.

Poco rato después, respiró aliviado el público cuando vio entrar al recinto a Orlando Cáliz Villanueva, esa aparentemente frágil personalidad colombiana, cuya alma está hecha de alguna suerte de acero inoxidable, y quien a pesar de que su pelo y barbas han sido invadidas, absolutamente por el blanco armiño, su poderosa garganta lanza al aire sus versos con el rugido de un jaguar, y su cerebro bulle con el fervoroso entusiasmo de un joven o de un niño. ¡La calidad del acto estaba salvada!

Abrieron el programa la guitarra y las zampoñas de German Arias, quien a pesar de su apelativo germánico, es oriundo de las elevadas crestas de la gran cordillera de Los Andes.

Luego ocupó la escena Guillermo Aguilar, quien desempeñó un monólogo que él no tituló, pero bien podría rubricarse como “Monólogo del asesino”.

Puesto que entre el público se encontraban Hugo Martínez y Chema Maravilla, no se esperó a que Aguilar finalizara su actuación para que el torrente de críticas se desatara. –Sí, está claro –se escuchó decir a los críticos–, en materia idiomática ha mejorado notablemente; pero en materia fonética todavía no entiende que debe entonar y no gritar desgañitadamente. El público, sin embargo, envió clara señal a la prematura crítica con un sonoro –Shhhhhhhh.

Vino la inusitada participación de un declamador peruano, de quien, dada la improvisación, no pude captar su nombre.

Enseguida ocupó el escenario Pascual Nuñez, quien después de leer su trabajo (muy sentido, por cierto), en la segunda etapa del acto se dignó a bailar los acordes andinos de Arias, en honor de Martínez y Maravilla.

Se cierra la primera etapa del acto con la participación de un cantor afrocolombiano cuyo nombre escapa a mi memoria, quien provocó más de alguna lágrima entre los asistentes con sus sentimentales arreglos de canciones que son parte del ancestral acervo latinoamericano.

Hay que decir que en este intermezzo que se dedica a calmar la tiranía estomacal, hubo cierto conato de rebelión entre los artistas, dado que luego de históricas luchas reinvindicativas, las asociaciones organizadoras de actos culturales similares, se dieron a implementar, si bien a regañadientes, la práctica de convidar a comer y beber, a los artistas participantes. Y sin embargo, esta vez se les cobró el consumo como a cualquier parroquiano común y silvestre. –¡pero es que si no somos los artistas, no hay acto alguno! –dicen que decían.

No pocos del público asistente, les dieron la razón, puesto que ellos, los artistas, por dedicarse al cultivo del arte revolucionario, se ven relegados a las capas más marginadas y empobrecidas de la sociedad.

Se abre la segunda etapa del acto. Pasa a la escena Bengt Berg, quien con su exquisita voz y perfecta dicción se permitió leer uno de los inmortales poemas del inmortal guatemalteco Otto René Castillo.

Luego ocupó el escenario Rashid Shallaw, kurdistaní, diciendo: –Habéis cantado vosotros a la lucha y a la revolución, y lo celebro. Yo vengo a deciros versos románticos de amor a la mujer; puesto que Roque Dalton tuvo también su lado romántico.

Leyó cuatro poemas de su creación y fue premiado con merecido aplauso.

Siguiendo a Rashid, vino Ahram Halilidi. Este declamó un poema de creación propia en idioma kurdo, dedicado al Kurdistán desperdigado. Después, con primorosa voz de barítono, cantó el mismo poema, ganándose la unánime ovación de los asistentes.

Vino el turno de la leyenda viviente Cáliz Villanueva. Se dijo que abrió al azar su libro “Puedo ser poeta”. Acto seguido se le vió vibrar en la lectura de uno de sus fervorosos poemas antiimperialistas. No se libró, sin embargo, de la irreverente crítica el veterano colombiano. Alguien de entre el público le recriminó no haber incluido en su poema el supuesto merecido e infaltable verso: “!gringo! ¡hijo de la gran… P!

No por falta de mística, sino porque el tiempo corría a borbotones y la noche caía inexorablemente, notable público había abandonado cuando al final del acto, llegó el turno a Lobo Pardo. Lo leído por él, de su presunta autoría, fue denostado por aquellos cuyo oficio es velar por las correctas y exactas normas y formas de la literatura. A otra parte del público que le escuchó, provocó nada más que indiferencia. Aquellos de los asistentes que poco saben de la métrica, la retórica y la tautología, sin embargo, le premiaron con un modesto aplauso.

He aquí:

La victoria FINAL

Era la lluvia helada;

la incertidumbre total.

El viento bajaba del norte

taimado,

silencioso y mortal

como una serpiente de hielo.

O quizás era el castigo

Inesperado y atroz,

olvidado tal vez,

que bajaba desde el cielo.

Era el aire reseco

que entraba a mis pulmones

como polvo de obsidiana.

Extrañaba el aire fresco

y sutil,

perfumado alguna vez

que solía por mi ventana.

 

El eco del silencio contestaba

cada una de mis preguntas;

como si  se juntaran todas

las interrogantes sin respuesta,

juntas.

 

Látigo y puñal

esgrimió el patrón

cuando mi hermano dijo,

hambre tengo.

Era la hora fatal.

 

Y si decía, sed,

mi hermano

venía el patrón

a beber y beber,

ante él

agresivo y ufano.

 

Dijo mi hermano,

frescura, sombra, árbol!

Mostró entonces el señor terrateniente,

su hacha predadora.

Había en su mirada

un particular

incontenible continente.

 

Decía mi hermano, océano, piélago, mar!

Y tuvo la visión

que en un vasto basurero

húmedo y salado

el hombre abandonaba el verbo amar.

 

Cambió su verso diciendo:

olas, costa, playa!

 

Ballenas, delfines,

y tortugas

podríanse sobre la arena

en número infinito.

Era el equilibrio, ahí,

vago recuerdo,

la inverosimilitud del mito.

 

Arroyo, río, laguna

entonces dijo él.

Corrientes hediondas;

remansos de aguas negras;

alimañas de ponzoña

desbocaban en tropel.

 

Eran las luces de la ciudad

reflejo de las luces de los palacios;

hechas a la medida

de las luces de la gloria;

Esplendor de rubíes y topacios.

 

Al fondo

del laberinto luminoso

se escuchaba la voz del edecán.

 

En las calles el pueblo pobre

perecía por falta de trabajo,

justicia y pan.

 

Mi señor reconoce.

Al principio era la nada

–dijo–.

Del fondo de la nada, todo se hizo.

De la serpiente, al pájaro que al árbol devino;

toda criatura habitante del paraíso;

luego sobre el barro el soplo divino;

de ahí el niño, la mujer, el hombre.

El hombre congrega el capital;

y es el capital

el que redime al hombre

desde el principio hasta el final.

 

Era la noche oscura

ausente de estrellas.

Impenetrable y glacial.

Niebla, frío, piedra.

Oscuridad total. 

 

Viniendo del fondo negro

del abismo;

de mi hermano la inconfundible voz

se negaba a todo lo que ofrecía

más de lo mismo.

 

Ciertamente.

Primero fue el fuego

–dijo–,

el viento;

la roca,

el abismo,

el agua.

De el agua el pez;

de el pez el reptil;

de el reptil el ave, el mamífero.

De el mamífero el hombre.

El hombre se hace verso;

y es ese verso el que purifica

al mismo hombre

en la infinita lucha contra el capital

de revolución en revolución

contra todo poder establecido

anticuado o corrompido

hasta la victoria final”.

 

Lobo Pardo

 

 

    

 

 

 


2 Responses to “Treintisiete aniversario”


  1. maj 16, 2012 kl. 7:29 f m

    Gracias por compartir tus escritos.

    Siempre son una delicia para el espiritu y el pensamiento.

    Saludos

    Beto


Kommentera

Fyll i dina uppgifter nedan eller klicka på en ikon för att logga in:

WordPress.com Logo

Du kommenterar med ditt WordPress.com-konto. Logga ut / Ändra )

Twitter-bild

Du kommenterar med ditt Twitter-konto. Logga ut / Ändra )

Facebook-foto

Du kommenterar med ditt Facebook-konto. Logga ut / Ändra )

Google+ photo

Du kommenterar med ditt Google+-konto. Logga ut / Ändra )

Ansluter till %s


maj 2012
M T O T F L S
« Apr   Jun »
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031  

%d bloggare gillar detta: