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Sep
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El código

Tocante a lo que es una secuencia de símbolos, que encierra un mensaje en código secreto, o ante un texto críptico, si se calcula exactamente, con cuanta frecuencia se repite cada signo, en relación a, con cuanta frecuencia no se repite, sobre la base de un denominador común, y se vuelve sobre el procedimiento con cada signo distinto, y en cada repetición se aumenta progresivamente el común denominador, luego de lo cual, se plasman las frecuencias e infrecuencias obtenidas, sobre coordenadas cartesianas, y la gráfica resultante se interpreta correctamente, se accede entonces a la complejidad del signo, y con ello, se es capaz de dar el primer paso a descifrar el secreto encerrado en la secuencia, o código que nos ocupa.

Este primer paso consiste en dilucidar si estamos ante una jerigonza sin sentido, o caso contrario, ante un lenguaje coherentemente codificado, o cifrado. El segundo paso es acceder por el mismo método a la complejidad de la palabra de la lengua utilizada.

La frecuencia e infrecuencia de cada signo, y cada palabra, dan forma a la complejidad idiomática, que denota los idiomas más, y los menos, evolucionados. El lenguaje químico de los vegetales, alcanza el grado uno de complejidad. El lenguaje de los delfines y el de las aves prénsiles, alcanza el grado cuatro, los idiomas asiáticos alcanzan el grado nueve, y el inglés el grado ocho, o talvez el siete, dependiendo de la benevolencia filológica con que se le analice.

La complejidad cero indica la ausencia de idioma, puede indicar por el contrario, un bramido, un retumbo, una descarga de fusilería, una estampida de bisontes, un ruido cualquiera. La complejidad tendiente al menos cero en un código, claramente indica el absurdo elaborado por un ser humano, presumiblemente con la intención de despistar o enloquecer, a quien trate de descifrarlo.

Quien domine la complejidad idiomática del Arameo, por ejemplo, será capaz de diferenciar, los auténticos evangelios, de toda la gama de falsificaciones que existen. También será capaz, por ejemplo, de diferenciar las mínimas correcciones, y acotaciones hechas por auxiliares; de los auténticos textos escritos por mano del autor de ”Cien Años de Soledad”.
En fin, quien domina determinada complejidad idiomática, es capaz de descubrir, en esa lengua, una simple frase escrita en cualquier circunstancia por un autor determinado, o por cualquier persona particular; pues el estilo literario, o el estilo de la escritura simple, es la más fiable de las múltiples ”huellas dactilares” que diferencian a cada individuo perteneciente al género humano.

El completo dominio de la complejidad universal de todas las formas idiomáticas existentes, le permitía a Francisco de Asis, el diálogo fluido con plantas y animales.

La clave secreta menos sofisticada, es decir, menos indescifrable, es la que está elaborada en base a un texto conocido, por ejemplo, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Cada palabra del texto base está numerada; el código secreto es una secuencia numérica, cuya lógica está en la correspondencia de la cifras de esta secuencia con la numeración de las palabras, y de otros símbolos del texto.

Todo esto era del conocimiento de Thomas Beale, oriundo de Bristol, Inglaterra, porque era justo él, quien había elaborado la teoría.

Las vicisitudes que implica aún hoy día el código que tomó el nombre Beale, arrancaron quizá, las primeras semanas del año 1817 en la ciudad de Santa Fe. Las deudas hacían estragos entre la treintena de buscadores de oro, que veían en Thomas Beale, el gurú de el áureo nirvana. En toda la región, sin embargo, y con todos los oficios del gurú, no habían encontrado más que arcilla roja. El hambre conspiraba junto a ellos para asaltar el banco, huír hacia el norte y cruzar la frontera. Nunca llegaron al hecho, porque el alguacil, curtido en mil batallas, intuía algo en el aire, y mantenía a sus hombres en pie de alerta las veinticuatro horas del día.

Hasta las truchas se muestran esquivas en el río Guacochi, que corre no lejos de la ciudad, a cuyas orillas ha levantado su choza Tarah Yuto, que caza, pesca en solitario, y pertenece al pueblo taraumara. Aguardando las trampas colocadas, se toma el tiempo necesario para instruír a Thomas Beale, acerca de cómo el hombre es capaz de sobrevivir al hambre, y visualizar su destino, yendo por la huella de los hongos que crecen de las plastas de boñiga, que dejan tras de si, una manada de bisontes; de cómo el hombre puede servir de medium, para que se manifiesten los espíritus del desierto que habitan el corazón del peyote, que son capaces de conducir a quien les pide, a los yacimientos más insólitos de oro y plata.

Cruzó una manada de bisontes hacia el norte, Tarah Yuto recogió sus cosas y se fue tras la huella, Thomas Beale se dispuso a seguirle, y los buscadores que desfallecían en Santa Fe, se dispusieron a seguir a Thomas Beale. El alguacil suspiró aliviado.

Recorridas doscientos cincuenta millas, ligeramente hacia el noreste, alimentándose de carne de bisonte, bebiendo el agua de sus abrevaderos, combatiendo enfermedades y penalidades con los hongos de la boñiga, y habiendo pernoctado en el corazón del valle de los cheyenes del sur, la mañana siguiente les despertó con una deslumbrante iridiscencia aureoplateada que bajo el influjo de los rayos del sol, desprendía de los desfiladeros de la montaña que tenían al lado oeste. Entonces se prosternaron ante Tarah Yuto, y le besaron humildemente los pies.

De entre sus aperos juntaron diez espejos, cinco navajas de afeitar, ciento cincuenta dólares en monedas, ocho cuchillos, veinte anzuelos, cuarenta yardas de cáñamo, quince camisas, dos docenas de botones para camisas, ocho agujas capoteras, dos yeguas, un garañón, cinco cuerdas de mezcal, diez cinturones de cuero, cinco hebillas para cinturones, cinco lámparas de queroseno. Con todo esto, fueron en busca del jefe cheyene Nane Amarok, y celebraron con él, un confuso contrato a perpetuidad para juntar las pepitas de oro del suelo, y extraer las vetas de plata de las paredes de los desfiladeros.

Al calor de las primeras pepitas juntadas y las primeras vetas explotadas, sugieron tres bandos: los partidarios de juntar la totalidad del producto en un lugar común para hacer la repartición al finalizar definitivamente la explotación (liderados por Beale); los partidarios de repartir equitativamente el producto, al final de cada jornada; y los partidarios de que cada quien se quedase con el producto de su propio trabajo.

Fracasadas las negociaciones, se abrió paso a las hostilidades, se establecieron tres campamentos-cuarteles de distinto signo, sobre las faldas de la montaña oeste, con la misma división del trabajo: un grupo sobre el metal, otro sobre las vituallas, y el otro sobre las armas y la logística. Tarah Yuto ejercía de mediador entre los tres bandos, y de embajador único de los tres bandos ante el jefe Nane Amarok.

Al cabo de tres años de labor, la montaña oeste ya no mostraba la aureoplateada iridiscencia de antes bajo el influjo de los rayos del sol. Se había transformado en una montaña cualquiera.
Resultado de intermitentes guerras y acuerdos entre los forasteros, sólo quedaba en pie el bando de Thomas Beale, pero tan diezmado (Beale, y dos hombres más, envejecidos prematuramente, enfermos y con demasiados traumatismos en el cuerpo), tal que los mismos cheyenes tuvieron que transportar sobre sus hombros, la totalidad del metal acumulado hacia el depósito, que Nane Amarok sugirió a Thomas Beale: la gruta de Anamaquiu, amo y señor de las profundidades de la tierra, situada en el inaccesible corazón de la montaña del lado este del valle de los cheyenes del sur.

Hacían el camino hacia la ciudad de Lynchburg, estado de Virginia, en donde declararían a las autoridades su hallazgo, y comprarían la recua necesaria para su transportación. Tarah Yuto gastaba su tiempo transmitiendo a Beal el capítulo de la cosmogonía cheyene, en que se profetiza que habria de venir el hombre blanco que se encargaría de recoger el aura del espíritu de la montaña oeste, y trasladarla a la montaña este, para que quedase ahí, resguardada por los siglos de los siglos, y con ello el gran espíritu, evitaría que la raíz de la nación cheyene, fuese arrancada de la faz de la tierra.
El referido capítulo de la teogonía cheyene, concluye con una maldición: todo aquél que intente acceder al resplandor del espíritu oculto en el corazón de la montaña este, inexorablemente caerá bajo el peso de la ruina y la locura.

Los dos hombres que cabalgaban detrás de ellos, gastaban su tiempo, deliberando en cual sería el justo momento de sacar fuera del juego a los dos que llevaban por delante. Ya casi a la vista de Lychburg, la discusión entre ellos cobró un tono irreversible, sacaron los revolveres, dispararon al mismo tiempo, y al mismo tiempo cayeron de sus cabalgaduras. Cuando terminaban de enterrarles, y elevar una plegaria cada cual en su propio idioma, sobre la pradera se veía una manada de búfalos cruzando hacia el sur. Tarah Yuto se fue tras de ellos, y Thomas Beale, siguió hacia la ciudad.

Instalado Beale en una amplia habitación de el ”Washington Hotel”, tuvo la sensación que se le venía encima de una vez, el peso de todo el tiempo vivido, de todo el cansancio, los desvelos, los traumatismos acumulados por largos años. Tuvo que aceptar que tenía la vista tan nublada que le costaba leer las cosas que él mismo anotaba sobre el papel, que el pulso le temblaba tanto que llegaba a desconocer sus propios trazos; y sin embargo, se dio el tiempo suficiente para codificar tres asuntos esenciales: el detalle, el peso y el monto de todo lo juntado y procesado: el polvo, las pepitas, las piedras en bruto, los lingotes; despúes, la ruta a seguir hacia el inaccesible corazón de la montaña; y luego, el punto exacto en el inextricable laberinto subterráneo de Anamaquiu, señor de las profundidades de la tierra.

Concluida esa labor, igual que Diógenes, con ayuda de una lupa, se dio a la tarea de buscar en todo Lynchburg, un hombre honrado. Descubrió que el hombre que buscaba era el propietario del hotel en donde estaba instalado, Robert Morris. El nueve de mayo, de 1822, ante un notario, depositó en sus manos la custodia del código, por diez años plazo; pagó con polvo y pepitas de oro, todos los servicios, y se marchó con rumbo desconocido. No dejó tras de si rastro alguno.

Pasados trece años, sin que el depositante diera muestras de vida, el depositario pasó a ser propietario legal del código Beal. Entonces Robert Morris contrató un equipo de expertos kriptógrafos, a tiempo completo, y se entregó con avidez a descifrarlo.

A la altura de 1885, poco antes de morir, las deudas de Morris, repartidas entre el psiquiatra y el equipo de expertos, ascendían a cerca del medio millón de dólares. Había un sólo resultado visible: la primera parte del código, estaba cifrado en base a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, y describía en detalle, peso y monto de lo recopilado, extraído y procesado, en total, 2921 libras de oro, y 6526 libras de plata.

Entrada la estación lluviosa, la revista ”Ciencia y Ficción”, de circulación internacional, revela dos datos aleccionadores: desde el año 1835, hasta el treinta de abril del año 2007, el diez por ciento de los kriptógrafos del mundo que han existido en este período, han enloquecido idos a la ruina, o terminado sus días en las circunstancias más accidentadas; esto es exactamente el mismo porcentaje de kriptógrafos existentes en el mismo período, que se han ocupado de las dos restantes partes del código Beal que no han sido, hasta el día de hoy, descifradas.

El otro de esos aleccionadores datos es que la última generación de programas kriptográficos y decodificadores, desarrollados por la Agencia Central de Inteligencia, revelan que en efecto, la primera parte del código Beal, implica una complejidad idiomática de siete a ocho grados, lo cual corresponde exactamente al idioma inglés, y al estilo literario de Thomas Jefferson; mientras que las partes restantes de dicho código, implican una complejidad idiomática de menos siete a menos ocho, lo cual podría compararse, lo mismo al estruendo de la carga de un regimiento de caballería, que al profundo silencio de la noche más oscura, al lejano aullido de una fiera, o al indescifrable eco salido de las olas del mar.

Lobo Pardo


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