27
Okt
12

Quinta tarea: limpieza de los establos de Augías

En el litigio abierto entre Augías y Heracles, el consejo de ancianos de la Elide tuvo a bien, a petición del querellante (Heracles), citar a Fileo hijo del rey como testigo. Augías confiaba en que su hijo testimoniaría a su favor.

Sin embargo la piedad del príncipe por Atenea, protectora de la honradez, la rectitud y la verdad en la palabra, era tal que fue sincero ante el tribunal. Lo dicho por Heracles era cierto.
A partir de tal testimonio, luego de arduas deliberaciones, dictaminó el tribunal su conclusión. Augías adeudaba al hijo de Alcmena y Zeus, los doce toros plateados que el rey pretendía, consagrados a Helios.

Inmediatamente después de dictada la resolución en su contra, disolvió Augías el tribunal, declaró inaplicable la sentencia y expulsó de la Elide a Heracles y a su propio hijo, Fileo.
Transformó en abeja Atenea. Posó sobre el pelo que caía sobre la oreja del hijo de Alcmena. En leve susurró dijo que los doce toros plateados pastaban en el lado del valle que da al camino de Oleno, a donde precisamente pensaba él dirigirse.

Caía la tarde. Heracles y Yolao abandonaban el valle en esa dirección. Caminaron buen trecho. A lo lejos bajo los tenues rayos del carro de Helios que pretendía ocultarse bajo el horizonte, vieron brillar los lomos de los toros que se dirigían hacia ellos en busca de los establos. Calladamente dejaron acercarse a la manada hasta un tiro de piedra. Heracles ordenó a Yolao que se quedase donde estaba. Él avanzó sigiloso.

Faetonte, líder de la manada de sementales se irguió nervioso oteando el ambiente con la nariz en vertical. De pronto se volvió hacia la sombra de Heracles y arremetió en tropel con los cuernos en posición de embestida.

El hijo de Alcmena le recibió asiéndolo con ambas manos por los cuernos.
El choque fue tremendo. Al choque siguió el denuedo. El resto de sementales, expectantes, hicieron un círculo alrededor de los contendientes. El suelo vibraba como si de un movimiento telúrico o de la llegada del carro de Hades se tratase. Yolao subió a un árbol para observar la contienda. Con la fuerza de su poderosa cerviz, Faetonte trataba de lanzar al aire a su oponente y recibirlo en la caída con los cuernos erguidos, pero Heracles, presionaba hacia abajo para impedirlo.

El tiempo se hacía eterno… De pronto, con un brusco movimiento rotatorio sobre los cuernos del semental, el hijo de Zeus logró descolocar la tensión de los músculos de su cuello.
El toro cayó pesadamente sobre el suelo. El resto de cornúpetas bufaban nerviosamente.
El líder de la manada se levantó pausadamente y bajó humildemente su enorme testuz hacia Heracles. Éste le acarició los lomos; gritó a Yolao que tronchara dos largas varillas de fresno. El hijo de Ificles llegó con las varillas.

Colocó al frente de la manada, el hijo de Alcmena, a Faetonte. Él y Yolao se colocaron atrás del grupo de toros y los excitaron con las varillas de fresno hacia el camino de Oleno. Bajo el tenue resplandor de Selene, se dejaban conducir los toros mansamente. Tío y sobrino los arriaban entonando canciones guerreras.

Alcanzado el camino de Oleno, azuzaron Yolao y Heracles a los sementales a que se dispersaran por los cuatro rumbos de la Hélade, para que fueran a fecundar todas las vacas que pudieran de los rebaños Helénidas.

Después de eso se despidieron mediante un caluroso abrazo.
Tio y sobrino tomaron caminos diferentes. Yolao hacia la Argólida; Heracles hacia Oleno….
…El anterior episodio se había gestado de algún tiempo atrás, de la siguiente manera…:
Murió Eleo, fundador de la Elide y heredó el reino Augías; unigénito.

Temeroso el nuevo rey de los repentinos designios de los habitantes del Olimpo, ofrecía a ellos holocausto a su debido tiempo. Mandó asimismo erigir hermosos templos hasta para la menor de las divinidades.

A causa de su devoción, había consenso entre los hijos, la esposa de Zeus, y de Zeus mismo, en cuanto a conceder prosperidad y fortuna a favor del hijo de Eleo. Con ese fin, bendijeron sus rebaños.

Consecuencia de aquella bendición, el ganado propiedad del rey se volvió inmune a las enfermedades e ilimitadamente fértil. Todos los partos eran felices, no se perdía uno, jamás.
Poco tiempo en el trono bastó para que Augías se convirtiera en el hombre más rico, y sus ganados los más numerosos de la Hélade. Protegían de las fieras salvajes y multiplicaban los rebaños, trescientos toros negros de patas blancas, doscientos sementales rojos y doce plateados. Estos últimos gozaban de la protección de Helios.

Mas la demasiada prosperidad tiene su precio. Los esclavos al servicio de Augías no alcanzaban a evacuar el estiércol que depositaba aquel incontable hato que pacía en el valle central y por las noches se acogía a los establos de las inmediaciones del palacio real.

Al poco tiempo de construidos, enormes y numerosos, los establos del rey quedaban inutilizables. Una gruesa capa de estiércol les cubría así como al valle del pasto; el ganado se aventuraba mucho más allá en busca de alimento; Se esparcía el hedor proveniente de la Elide, por todo el Peloponeso.
Los Peloponésidas ofrecían holocausto a los gemelos Apolo y Artemis, clamando evitar una epidemia.
Antes que Apolo y Artemis, se enteró Hera (Diosa Madre), del clamor de los Helenos del Peloponeso, y enseguida acudió a los paisajes oníricos de Euristeo.

“El hijo de Zeus será muy bueno para matar bandidos y apresar monstruos”, dijo, “mas si le ordenáis limpiar los establos de Augías en no más de un día, fracasará en el intento. Quedará endeudado con vos; os deberá mayor obediencia. Vuestra ascendencia sobre él será mayor”.
Copreo, heraldo de Euristeo, llegó hasta Heracles, a la mañana siguiente con la orden de que por el bien de los Peloponésidas, saneara en el transcurso de un solo día, los establos de Augías y del valle central Elideta, retirando el estiércol ahí acumulado por décadas y décadas.
Imaginaban Hera y Euristeo al hijo de Alcmena totalmente embarrado, evacuando estiércol en canastas hasta caer muerto de fatiga.

Antes de partir hacia la Elide cumplia el héroe con sus abluciones en el remanso de un arroyo. Llegó ahí Yolao, sobrino suyo, hijo de Ificles, su medio hermano, hijo éste de Anfitrión. Relatado que fue por su tío, gustoso Yolao se ofreció a acompañarlo.

Caminaban tío y sobrino en animada conversación que rememoraba pasadas aventuras. Llevaba cada uno de ellos, enorme pellejo de vino. Por las noches se detenían a cocinar las piezas que cazaban o pescaban de día; otras veces cazaban o pescaban de noche y cocinaban de día.
Antes de llegar a la Elide, pernoctaron en casa del sabio Menedemo quien enterado de su cometido les aconsejó.

–Sólo con el auxilio de Aqueloo podréis culminar felizmente semejante tarea –dijo–. Y Augías es tan rico que será una injusticia, si no reclamáis una paga justa a cambio!
Poco antes que Asteria (Noche Estrellada) colocara su maravilloso manto sobre la cúpula nocturna se encaminaron ellos tres hacia un río cercano a ofrecer holocausto al dios de las aguas fluviales y lacustres. Le invitaron con un pellejo de vino. Aqueloo aceptó gustoso. Ellos se regocijaron.
A la mañana siguiente, viéndolos en actitud de marchar, díjoles Menedemo: –aún no estáis preparados.
Salieron de la choza los acompañó un tramo, subieron una pendiente del camino. Desde ahí les señaló un cerro lejano en forma de bonete erguido a un lado de la ruta que llevaban.
–En esas minas abandonadas encontraréis cobre y estaño suficiente para que forjéis dos hachas, dos picos, y dos azadas de bronce –les instruyó el viejo, explicándoles después, cómo deberían proceder con esas herramientas.

Siguiendo las instrucciones de Menedemo, resultaron dos hachas, dos picos; dos azadas, espléndidas, poderosas y resistentes, como si hubiesen sido forjados por el mismo Hefaistos. Tío y sobrino, continuaron su camino.

A media mañana llegaron Heracles y Yolao ante el palacio de Augías, mas no se atrevieron hacia el umbral de la puerta. El estercolero que había a su alrededor y el hedor que emanaba de él eran nauseabundos.

Desde la colina de enfrente gritó Heracles.
–¡Hea Augías!
–¿Qué? –respondió el rey.
–Os prometo que en no más de un día libraré de estiércol todos los establos vuestros, vuestros rediles, y el valle Central, a cambio de una paga!
–¿Qué paga?
–¡Los doce toros plateados que ofrecéis a Helios!
–¿Y si fracasáis en el intento?
–¡Seré tu esclavo! –respondió el hijo de Zeus.
Augías vio ante él la perfecta oportunidad de hacerse de un esclavo excepcional.
–¡Sea! Pero exijo a Fileo, primogénito mío como testigo de este pacto!–, respondió el rey de la Elide.
Fileo, renombrado en el Peloponeso por su honradez y consecuencia ante la palabra empeñada, atestiguó lo pactado.
–Daré inicio a la primera hora del día de mañana –dijo Heracles–. Ocúpate en tanto que tus rebaños sean evacuados del valle central –añadió–. No deberá haber ahí una tan sola res, mientras hago mi trabajo!

Mandó Augías a que se cumpliese el deseo del hijo de Alcmena. Sus innumerables rebaños fueron arriados hasta el monte Elice, en donde, también, habían suficientes pastos.
Tío y sobrino se dirigieron a los altos, donde corren paralelos, el Alfeo y el Menios. Examinaron detenidamente el terreno que media entre los dos ríos y acamparon en las inmediaciones. Ocuparon el resto del día en pescar. Poco antes de caer la noche encendieron fuego, colocaron sobre las brasas el producto de la jornada, comieron, bebieron y se echaron a dormir.

Antes que apareciera Aurora en el oriente estaban de pie. Luego de comer y de sus abluciones, bajaron Heracles y Yolao hacia los establos. Ayudándose de las hachas que habían forjado, desmontaron una a una todas las paredes de madera que estaban en dirección norte, hacia donde ellos habían pernoctado, y las que estaban en dirección opuesta.

Hecho esto, sin pérdida de tiempo se dirigieron hacia el lugar donde habían acampado la noche anterior. Auxiliándose de las azadas y los picos de cobre abrieron ancho canal desde el Alfeo al Menios. Cuando el canal estuvo terminado amontonaron gran cantidad de piedras sobre el lecho del Alfeo de modo que sus aguas se detuvieran. Se volcó sobtre el canal abierto el agua del Alfeo, producto de lo cual, juntáronse de este modo los dos ríos. El lecho del Menios se vio superado y las aguas conjuntas se desbordaron hacia los establos de Augías.

Con las aguas desbordadas, mandadas por Aqueloo, bajaban entonando excitantes canciones, cuadrillas y cuadrillas de Ninfas armadas de rastrillos, esponjas, y escobas hechas de algas acuáticas. Con esos instrumentos iban con toda diligencia limpiando las inmundicias acumuladas por mucho tiempo de los establos, de los alrededores del palacio de Augías; a lo largo y ancho del valle central de la Elide.
Las aguas desbordadas entraban por el espacio dejado por las paredes desmontadas al lado norte, y evacuaban por el espacio abierto al lado sur.
Al este, el cause del río Alfeo se separa y corre hacia el noreste, sin embargo el Menios, rodea la Elide en esa misma dirección y luego se curva hacia el oeste rodeando por el sur el valle central. De modo pues que las aguas que arrastraban el estiércol de los establos del rey, y del valle, desembocaban en el Menios y luego corrían alocadamente hacia el mar.
En tanto las aguas desbordadas y el ejército de Ninfas hacían su trabajo, tío y sobrino remontaron río arriba hasta un frondoso bosque de arces; con las hachas de bronce que portaban, derribaron justo los árboles suficientes para dar forma a la cantidad de tablones necesarios para volver a montar las paredes de los establos. Así lo hicieron y luego transportaron esos tablones hasta la colina de enfrente al palacio de Augías.
El carro de Helios alcanzaba el cenit cuando el ejército de Ninfas, sin dejar de cantar alegremente, desaparecían aguas abajo tan repentinamente como habían llegado.
Viendo eso corrieron Heracles y Yolao hacia el canal que unía las aguas de los ríos, retiraron las piedras que habían amontonado sobre el lecho del Alfeo y las depositaron ahora sobre el lecho del canal. El resultado fue que volvieron las aguas de los ríos a separarse. El Menios volvió a su normal nivel. Cesó la sanitaria inundación en el valle central de la Elide.
Bajaron a toda prisa los héroes hacia la colina de enfrente del palacio. Mientras remontaban la pequeña altura, se dieron cuenta que el antiguo hedor que emanaba de los establos y del valle, era sustituido, ahora, por un fresco aroma de hierbas. Esto multiplicó sus ánimos, sus fuerzas y energías. Volvieron a cargar con los tablones ahí depositados. Los trasladaron a las inmediaciones de los establos.

El carro de Helios comenzó a declinar francamente hacia el poniente; entonces acometían tío y sobrino la tarea de reponer la última de las paredes que habían desmontado de los establos.
Helios y su carro se transformaban en un disco rojo que comenzaba a besar la línea del horizonte cuando Heracles escoltado por Yolao, rodeado de muchas curiosas gentes, se presentó a las puertas del palacio y gritó. –Ea! Augías! La tarea está cumplida! Soy dueño de los toros plateados!–, y puso al pueblo por testigo.

El rey se negó a recibirles.
El precio a pagar, de pronto se volvió demasiado.
Augías dictaminó: –En el trato celebrado, Heracles dijo “yo lo haré”, pero fue auxiliado por su sobrino Yolao y por Aqueloo. Debió haber dicho entonces, “nosotros lo haremos”. El trato, por lo tanto, se vuelve inválido.

Comunicaron a Heracles la decisión real, dos heraldos.
El hijo de Alcmena y Zeus mandó a decir al rey que desde ese momento, quedaba abierto entre ellos un litigio que ponía el asunto en manos del consejo de ancianos.

Heracles y Yolao regresaron al lugar donde habían acampado por primera vez. Aún tenían provisiones. Encendiendo la fogata, se dieron cuenta que el pueblo los había seguido y en muestra de agradecimiento, los pobladores Elidetas aumentaban sus provisiones, obsequiándoles con pellejos de vino, canastas de pan y tasajos de carne seca.

Los héroes agradecieron, comieron y bebieron con apetito. Cuando el pueblo se retiró se dispusieron a dormir. Morfeo les premió con un sueño profundo.

Lobo Pardo


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