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Capturar las yeguas de Diómedes. Octava tarea.

Del constante cohabitar de Atlante y su hija Asteria, nació Diómedes rey de los Bistones, en Tracia.

Desde temprana edad se entregó Diómedes al culto de Ares y Hades. Entonces los Bistones abandonaron sus pacíficas costumbres agrícola pastoriles, para transformarse en un pueblo belicoso y guerrero.

Ares y Hades urdieron compensar al hijo de Atlante. Le obsequiaron una cuadriga de equinos carnívoros y hermafroditas: Podargo, lampón, Janto y Deino, los cuales, comportábanse como yeguas ante los machos, y como sementales de frente a las yeguas.
Dado su voraz apetito de carne, en los establos de Diómedes, tales brutos que el pueblo llamaba “yeguas”, permanecían atados con cadenas a pesebres de bronce. El rey los mandaba alimentar con la carne de sus enemigos. Estos eran innumerables.

La conducta de Diómedes hacia sus vecinos era fuente constante de inestabilidad y discordia entre los Helenos. Estos aducían que el belicoso comportamiento del rey de los Bistones se veía incrementado a causa de los equinos carnívoros en su poder; lo cual le hacía sentirse todopoderoso, igual que los dioses del Olimpo.

Los pueblos colindantes con el territorio de la Bistonia, conformaron una comisión embajadora ante el rey de la Argólida en busca de ayuda. “Podría desatarse una hecatombe suicida entre los clanes Helenos a causa de esas yeguas”, argumentaron los embajadores.

–Seguro que esas bestias carnívoras se darán un deleite con la carne de el hijo de Alcmena –susurró Hera al oído de Euristeo.
El rey de la Argólida ordenó a Heracles, no la muerte, sino, la captura de las llamadas “yeguas de Diómedes”. –Perecerá en el intento –intrigó.

La noche del día en que recibió la orden del rey, durante el sueño, Atenea advirtió al hijo de Alcmena llevara consigo la azada de bronce que había forjado en ocasión de la limpieza de los establos de Augías.

En la ruta hacia Tracia detuvo su andar Heracles en Feras. Pretendía visitar a su amigo, el sabio rey Admeto y solicitar de él consejo. Después de cenar, ofreciendo, ambos libaciones a Zeus dijo Admeto: –por naturaleza los equinos son herbívoros. Si se sometiesen las yeguas de Diómedes durante un tiempo prudente a un medio en que su dieta carnívora se vea inaccesible, retomarán su costumbre herbívora.

De sus establos, mandó traer Admeto cuatro fuertes cuerdas y bridas para una cuadriga de brutos. Los dos, huesped y anfitrión, admiraron el fino acabado de los aperos trenzados en cuero de toro. Mandó el rey a colocar las cuerdas y bridas dentro de un saco y lo entregaran a Heracles. Le dijo: –Estas cosas podrían ser de suma utilidad para dominar esas fieras.
Heracles pernoctó esa noche en el palacio del rey de Feras. A la mañana siguiente, agradeció los consejos, los obsequios y siguió hacia Tirida, capital de la Bistonia. En el camino encontró a su amigo Abdero, quien seducido por el propósito del hijo de Alcmena, gustoso decidió acompañarlo en la aventura.
Declinaba el carro de Helios sobre el poniente cuando llegaron los dos forasteros ante los muros de Tirida. Penetraron al interior de la ciudad justo cuando los guardas se disponían a cerrar los pesados portones amurallados. Se confundieron con las masas que aún pululaban por la plaza central. Se acogieron a una posada ubicada justamente al frente de los establos de Diómedes. Mientras comían y bebían hablaban entre ellos. Diríase, susurraban. Urdían el plan. Pernoctaron en la misma posada sobre colchones de paja.

De madrugada, apenas unos minutos antes que sonara la trompeta que anunciaba que las puertas de la ciudad se abrían, protegidos por las sombras, avanzaron los dos amigos hacia los establos. Dos mozos se disponían ahí a iniciar las labores del día. El hijo de Alcmena, y su amigo, se lanzaron hacia ellos; los redujeron, los amordazaron, los maniataron y arrastraron hacia un rincón oscuro.

Las yeguas se alborotaron. Nadie se asombró de ello, porque a la presencia de los mozos siempre se alborotaban. Ágilmente los héroes, con la cuerda dada por Admeto aseguraron por el cuello y colocaron apretados bozales a las cuatro yeguas para evitar sus dentelladas; les colocaron las bridas cedidas por el rey de Feras. Hecho ésto, con un mazo de bronce que encontraron en el lugar rompieron las cadenas que ataban a las bestias a los pesebres. Antes las habían uncido al carro de Diómedes que estaba en las inmediaciones.

Las hermafroditas jamás habían sentido sobre sí brida alguna, tampoco habían sido nunca uncidas a algún carro. Encabritadas, con gran espanto salieron del establo estruendosamente arrastrando tras de sí el carro abordado por Heracles y Abdero. Atravesaron raudamente la plaza central, y galoparon hacia afuera de las puertas de Tirida, justo en el momento que se abrían de par en par.

Heracles tensaba con fuerza para sofrenar el desbocado galope de las yeguas. Era inútil; las bridas amenazaban con romperse de un momento a otro. Atenea susurró al oído del héroe que permitiera correr a las bestias a su voluntad, hacia el rumbo que ellas escogieran.Alivió la tensión el hijo de Zeus. Las yeguas se dirigieron al mar. Se adentraron por una estrecha lengua de tierra. Una especie de dique natural entre el océano y las tierras bajas. El dique culminaba en una verde y boscosa elevación que se cortaba en un precipicio de escarpados riscos a cuyos pies batían olas furiosas, luego continuaba, en dirección opuesta, hacia otras bajuras de tierra firme.
Las tropas de Diómedes perseguían de cerca con órdenes de aniquilar.

Estaba la pleamar. Los soldadod del rey entraban a las tierras bajas. Poco antes que las yeguas arrastraran el carro sobre las faldas de la colina, puso en manos de Abdero, Heracles, las riendas de la cuadriga. Saltó del carro sobre la franja más estrecha del dique.

Con la azada de bronce que portaba se dio a hender una brecha con certeros y tremendos golpes que hacían temblar la tierra más de lo que lo hacía la caballería que le perseguía. Abrió el hijo de Alcmena un canal a través de la lengua de tierra. Las aguas del mar se precipitaron caudalosamente sobre las tierras bajas. De este modo perdió Diómedes, en breves minutos, la caballería toda, y su propia vida.

Corrió Heracles hacia la cúspide de la colina hasta alcanzar el carro tirado por las yeguas. El carro estaba vacío; las bridas enredadas en un tupido bosque de arbustos al borde del precipicio, tal que impedían a la cuadriga avanzar.
Asomó Heracles al borde del acantilado. Ahí entre ensangrentadas rocas yacía el cuerpo inerte de Abdero.

Su amigo, decía la gente, era tan fuerte y presto como el mismo Heracles, lo cual no pudo impedir ser lanzado fuera del carro hacia el precipicio por un brusco giro que dieron las yeguas de Diómedes.

Aseguró aún más, bridas y riendsas, el hijo de Alcmena y Zeus en los arbustos, a fin de inmovilizar el carro. Luego bajó cuidadosamente, aferrándose de las rocas, hasta donde yacía el cadáver de su compañero. Con él a cuestas, remontó penosamente hacia la cúspide de la colina.

Guardó ahí luto y ayuno por espacio de tres días.
El primer día recogió suficientes maderos para un pira funeraria. En el segundo día cremó el cuerpo de su amigo. Recogió las cenizas, las envolvió cuidadosamente en hojas de higuero y las maniató con mecates de corteza de musáceas que crecían en el lugar. El tercer día lo ocupó en meditar sobre la insignificancia de la existencia humana, totalmente a merced del capricho y voluntad de los dioses del Olimpo.

Ante la imposibilidad de alimentarse de carne humana, durante los días que transcurrieron, las voraces yeguas se vieron obligadas a pacer de la hierba que les rodeaba.

Al amanecer del cuarto día colocó Heracles las cenizas de su amigo en el carro, desató las bridas lentamente, temeroso que las yeguas emprendieran furiosa carrera. Pero no hubo tal; mansamente las brutas esperaban la órdenes del auriga.
Reparó entonces Heracles en la predicción del rey Admeto: “obligadas por un tiempo a su dieta natural, las yeguas recuperarán su dieta herbívora”.

Tomó entonces el hijo de Alcmena rumbo a la Argólida por la vía de Opunte a través de Lócride, de donde era originario Abdero. En esos feraces pastizales se encontró con una tribu de pastores nómadas, que buscaban un lugar donde establecerse permanentemente y convertirse de nómadas en sedentarios. Con ayuda de ellos abrió una tumba a fin de enterrar las cenizas de su fiel amigo.

En agradecimiento, el hijo de Alcmena y Zeus, unió esfuerzos con esos pastores para construir los cimientos de una ciudad. Esa Ciudad fue llamada Abdera. Sus habitantes se dedicaron desde esa época a anualmente, celebrar olimpíadas en honor de Abdero.
Heracles continuó conduciendo el carro tirado por las yeguas de Diómedes hasta Micenas. Ahí, completamente domesticadas las entregó a Euristeo.

El rey de la Argólida organizó alrededor de las cuadrúpedos hermafroditas, una solemne peregrinación hasta las bajas estribaciones del monte Olimpo, en donde las dejó en libertad, en honor a Hera.

Lobo Paedo


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