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Navidad en la corte del Rey Harald

La crónica ofrecida por F G  Bengtsson, propone contundentes pruebas que justo una semana antes de la Navidad del año 999, arribó a las costas de la Isla Saellän, la nave de lineas sarracenas, conducida por un grupo de guerreros vikingos obedientes a Röd  Orm (Serpiente Roja). Una nave de aspecto miserable, a punto de zozobrar corroída por las bromas, con algunos remos quebrados y la vela hecha girones  por el viento del mar.

Hacía poco más de dos meses que había bajado por una corriente fluvial ancha y navegable, al este de la península ibérica, impulsada por esclavos cristianos hasta el océano, navegando después a vista de la costa en dirección noroeste, alcanzaron un cabo habitado por tribus salvajes, y al reconocer de nuevo las crestas más elevadas de las montañas cantábricas remontaron en línea recta todas las latitudes que les fue posible hacia el norte, sólamente calculadas, esas latitudes, en referencia a las constelaciones nocturnas y las evoluciones del sol, porque, en general los vikingos carecían de instrumentos de navegación. Recalaron brevemente en Irlanda hacia donde sin saber ellos, los había conducido el azar, y las reparaciones hechas allí a la nave, eran parches que no resolvían nada, sino que le acentuaban su aspecto espeluznante enmedio de la neblina invernal y los témpanos de hielo.

Y sin embargo, continuaron navegando hacia su tierra de origen.

 Tiempo más tarde, los lugareños relatando los acontecimientos, aseguraban que arribó allí en la ensenada de Köpenhamn, una nave fantasma con una tripulación de  famélicos fantasmas.

 Echaron el ancla, y amarraron la nave al embarcadero donde atracaban las naves de los súbditos del Rey Harald. Extenuados todos, los remeros (esclavos cristianos) fueron obligados a descansar sentados junto a los remos; los tripulantes vikingos recorrieron las chozas cercanas en busca de agua y comida. Cuando hubieron recuperado alguna energía, ordenó Röda Orm a combatientes y remeros, se aunaran para desembarcar la enorme campana de poco más de una tonelada de peso, de bronce fundido, que venía fletada en la nave. Curiosos, los lugareños del puerto, se unieron al esfuerzo.

 Se formó un hormigueo frenético de gentes que conducían la enorme campana hacia el palacio real. Querían congraciarse los recién llegados con el Rey Harald, que hacía un par de lustros se había convertido al Cristianismo. Nunca habían estado ante su presencia; por supuesto, todos ellos, originarios de Blekinge y Gotland, le aceptaban como su legítimo soberano.

 Pero el Rey Harald, no pudo ni quiso recibirlos inmediatamente, a pesar de lo extraordinario del episodio. Aunque nunca se había visto en la corte una campana a la medida de una catedral, la no inmediata aveniencia de parte del Rey, se debía a que se hallaba en plena crisis de dolor de muelas, provocada por el molar superior derecho, cuya infección había comenzado a invadir el maxilar, y había inflamado la hemicara del soberano.

 Sin embargo el fraile de la corte, el irlandés, hermano Willibalds, se regocijó en extremo, porque era él, precisamente quien se había comprometido a curar definitivamente la crisis molar del Rey, que lo volvía loco de ira, y esa ira, volvía loca y desesperada a toda la corte. Tan astuto como era, proclamó el frailecillo que aquella campana era un envío de la providencia, y que se demostraría en la decisiva influencia que tendría en la cura definitiva del dolor de muelas real. 

 El hermano Willibalds mandó a eregir dos pequeñas torres de madera, en el amplio interior de la estancia principal del palacio de adobes techado con paja de alfalfa, y sobre un travezaño que unía las torres por su parte superior, mandó a colgar la campana que habían traído Röd Orm y sus hombres. Preparó un mazo de madera fina, pequeño pero muy macizo, puso a calentar al rojo el cincel puntiagudo, de puro hierro que había sido forjado en Malmö (La Isla de Metal). La circunferencia del faldón de puro bronce macizo, quedó a poco menos de dos metros sobre el suelo.

 Asímismo, mandó el fraile a colocar el trono regio justo abajo de la campana que colgaba, a la cual le había sido quitado el bandajo para la ocasión, mandó a sentar al Rey Harald a la silla real, le amarró al trono firmemente con un lazo y la ayuda de varios cortesanos. Le vendó los ojos. El Rey consintió de buena gana porque el fraile le había hecho beber previamente veinte litros de cerveza fuerte, y le había prometido que de fallar el método, ”el soberano podía disponer de su miserable humanidad, como le diera la gana a fin de ejercer su real descontento”. El fraile instruyó a Åsa, la mujer más vieja del Rey, repetidamente hasta volverla experta en dar a morder un tabique de madera a su marido, que le obligaba a mantener la boca lo suficientemente abierta, y levantarle el labio superior, con una astilla de cáscara de abedul impregnada de agua de Kamomill (Campanilla) para dejar al descubierto  la muela infectada.

 Mandó a colocar el fraile cuatro caudillos con sus hachas de guerra en derredor de la campana, en dirección a los cuatro rumbos cardinales, formando una cruz, con la misión de golpear a rebato la campana en cuanto él colocara el cincel ardiente sobre la podrida muela. Estando Åsa a punto con su cometido, sacó el hermano Willibalds el cincel ardiente de la fragua, lo enjuagó en un recipiente con agua fría, y enmedio de la humareda provocada lo apoyó firmemente en el lugar preciso sl borde de la encía del Rey y con ayuda del mazo le dió un calculado golpe en posición horizontal, de afuera hacia adentro de la boca real, al tiempo que los cuatro caudillos comenzaron a golpear la campana, enardecidamente, con el reverso de sus hachas , mientras lanzaban juramentos y maldiciones que no se podían escuchar por la ensordecedora vibración que se desprendía del faldón de bronce. -Gävla Fi Fan! Dra Hélvete! -Dra Hélvete! Gävla Fi Fan! (Diablos cerotes íos al infierno!) -gritaban furibundos, enloquecidos, embriagados de cerveza, excitados por las ondas sonoras y por lo extraordinario de los acontecimientos.

 Sin aflojar la presión del primer impacto, el fraile, inclinó hacia arriba la cabeza del largo cincel de hierro y dió un segundo y definitivo golpe en la misma dirección. Cuando el Rey Harald escupió la muela hecha pedazos entre esputos de sangre mandó el hermano Williblads a soltar las amarras que le ataban y a cesar el infernal  repique de la enorme campana.

 Todos los presentes estaban completamente sordos y el ilustre soberano rodaba por el suelo tapándose la boca con ambas manos, así que los cortesanos y él mismo, apenas escuchaba el bramido estentóreo y gutural que salía con gran dificultad de su propia garganta, profiriendo entre lágrimas y sangre: “Qué me habeís hecho fraile del infierno? Te voy a descuartizar Fraile malditoooo!!!”. Se levantó como un oso herido y avanzó dando traspiés al fondo del salón en busca de sus armas de guerra.  El hermano Willibalds, todos los cortesanos participantes, y hasta el más fiero de los caudillos, se retiraron a una distancia prudencial, hacia las afueras de la estancia para quedar a salvo de la cólera soberana.

 Todos miraban con desconfianza y sospecha al frailecillo irlandés, no tanto por el tratamiento dado al Rey de Dinamarca, sino porque a partir del caótico repicar de la campana, habían quedado con un molesto zumbido en los oídos, aunque sentían recuperar la audición paulatinamente.

 Al cabo de una hora, salió el Rey Harald tambaleante, desde el interior de la estancia, no traía arma alguna, se sentó sobre la grada superior de la entrada principal del palacio, protejiéndose el carrillo dañado con la palma de su mano enorme, y ordenó a grandes voces que le trajeran una jarra de la cerveza más fuerte para enjuagarse la boca, a lo que el fraile Willibalds asintió con gran alegría de su espíritu. Se había salvado de terminar destazado por las armas reales una vez más!

 Tampoco estuvo para inmediatas audiencias el Rey Harald, por lo que fue hasta una semana después de esos sucesos, durante el banquete de Navidad, que mandó invitar a aquellos extraños y leales subditos que le traían a obsequiar una campana gigantesca, digna de una catedral.

 Sentados todos los comensales en sus puestos asignados, alrededor de mesas y bancos fabricados con pesados tablones de roble. Mientras el personal idóneo preparaban el servicio, pidió el Rey, con gran humildad y benevolencia a Röd Orm y a su lugarteniente Toke Björn (Oso Indócil), que hicieran su relato, en nombre del grupo de vikingos tripulantes de la palangana recién llegada.

 -En la última etapa vivida de el destino que nos ha deparado Odín, primero éramos esclavos y después guardaespaldas del Califa de Córdova, el gran Almansur -dijo Röd Orm mientras Toke Björn asentía y ayudaba a recordar-; en la campaña de asedio que fructificó en la toma del Reino Cristiano de Asturias, tomó Almnasur esta campana de la destruida catedral levantada sobre la tumba de Sankt Jakob, y la destinó hacia Córdova, su capital. El caudillo sarraceno encargado de la derrota de la campana hacia su nuevo destino, hizo un trazo tortuoso que nos llevó hasta el cause del río Miño, que corre hacia el mar bordeando la cara sur de las montañas cantábricas, y como éramos nosotros los hijos de Odín, los únicos capaces de mover en buen sentido esta mole de bronce fundido, con la sóla fuerza de nuestros brazos ayudados de una palanca simple, por tanto allí, por órdenes directas de Almansur, se nos destinó a nosotros, vikingos súbditos de Vuestra Majestad Harald, como tripulación y mando sobre la nave que trajimos hasta tu puerto, oh Rey, y sus remeros, esclavos cristianos tomados en Asturias por Almansur.  El itinerario era, en llegando al mar, navegar hacia el sur, rodeando  la enorme península que es el reino sarraceno hasta la desembocadura del gran Guadalquivir, el cual remontaríamos cause arriba, porque a sus orillas se tiende la ciudad sarracena de Córdova. Al llegar al punto de reaprovisionamiento, poco antes de llegar al mar, nos encontramos frente a frente con el pelotón de soldados sarracenos al mando de Nabil Hedayat, que cuando éramos esclavos habían dado una muerte injusta a Troke, nuestro anterior caudillo antes de vuestro súbdito Röd Orm, y como a él (Troke) nos unía la lealtad de sangre de los hijos de Odín, trabamos combate con los hombres de Nabil.

 Inmediatamente, y después de la refriega, victoriosa pero con pérdidas, continuamos río abajo, para evitar la venganza de Almansur, alcanzamos la costa y nos hicimos a la mar, pero no navegamos al sur, sino hacia el norte, rodeamos la península en el sentido contrario a lo previsto, y cuando estuvimos frente a la cara norte de las elevaciones cantábricas, enfilamos en línea recta hacia el norte; el puro azar nos llevó a las costas irlandesas en donde recalamos para reabastecernos y hacer reparaciones, a la vez que nos orientamos para continuar la ruta hacia tu reino, que es nuestra patria, con la promesa de entregar este trofeo a Vuestra Majestad, Harald, Rey de todo el archipiélago de Dinamarca, Gotland y de Islandia, y sobre la tierra tierra firme hasta Skåne y Blékinge…

 Hizo el Rey un ademán inequívoco de pausa hacia los vikingos recién llegados. El banquete de Navidad estaba a punto de comenzar. A una señal del hermano Willibalds, sonó de nuevo la gigantesca campana de bronce, esta vez se hacía sonar por medio de su bandajo, moderadamente, con una cadencia tranquila y espaciada, muy distinta a cuando había sido operado el Rey de su dolor de muelas.  Cesó el sosegado repicar, entre el murmullo de asombro de los muchos nobles, guerreros distinguidos y caudillos invitados, recién llegados de todas partes del reino de Dinamarca, muchos de ellos en trineos tirados por caballos percherones, porque los ríos y caminos ya estaban helados.  Se irguió en sus dos metros de estatura y su centenar y medio kilos de peso, mesó sus largas trenzas y barbas ya encanecidas completamente, el Rey de Dinamarca, y comenzó el discurso navideño diciendo con voz rugiente:

 -Gloria en el cielo y paz en la tierra a los hombres! Ha nacido ya el Rey de todos los reyes del mundo! -Un rumor muy pronunciado en el salón obligó a Harald a hacer una pausa, que no dejó de sorprenderle, pero pronto la multitud de vikingos allí reunidos dió muestras de aprobación. Les parecía bien  que hubiese otro Rey por sobre la soberanía de Harald, para que hubiera la posibilidad de una autoridad encima de sus impredecibles y terribles arrebatos de cólera- …Aquél que me ha mandado esta campana milagrosa para curarme del espantoso dolor de muelas conque me tenía esclavizado Satanás!

 Doy por comenzado el banquete de Navidad! Por lo tanto, desde este momento aquí en el salón del banquete queda prohibido toda acción de armas! Derramamiento de sagre!

El homicidio!… A no ser de casos excepcionales que yó el Rey Harald de Dinamarca, juzgase y determinase!!…

 -Sea!! Gritó en caos aquella multitud de vikingos enardecidos que ya habían comenzado a vaciar rápidamente los grandes toneles de cerveza instalados alrededor del salón.

 -Hoy que vuestro Rey ha aceptado el cristianismo -continuó-, en verdad os digo que allá en lo mas alto del Yggdrasil, ya no estarán esperando por nosotros Odín ni Tor, el del martillo justiciero, sino Jehová y Jesús… -Esta vez el rumor de desaprobación que inundó el gran salón rayó en el desafío y se manifestaron conatos de desorden, pero su Majestad Harald deseoso de no complicar el discurso, se apresuró a añadir-: …es decir, Jehová y Jesús, son los espíritus de Tor y Odín en otros cuerpos!. -Sea!! -gritó la multitud ya medio embriagada, agitando sus jarras de greda repletas de cerveza, y se volvieron a sentar.

 -Colocad entonces vuestras armas debajo de la mesa! -ordenó el Rey con voz estentórea – y así lo hicieron los fieros vikingos, sin chistar y con grán estrépito de metales- …y comed y bebed todo lo que podais, porque este es El Cordero de Dios! -continuó el Rey-, pero hacedlo moderadamente, pues recordad: la gula es uno de los siete pecados capitales, y por eso en cada banquete mueren algunos viejos venerables, por el exceso del comer y de beber!…Incluso mi hijo Sven Tvekskägg (Sven Barba Crespa), heredero del trono, ha venido a estas festividades, más que por su fe en Jesús, a esperar que yo muera de un hartazgo, pero prometo que éso nó sucederá!-.

Sven Tvekskägg, ocultó los ojos al interior de su jarra de cerveza sorbiendo un inmenso trago y simuló no haber escuchado.

 -Sea!! -volvió a gritar la multitud de vikingos hambrientos que pugnaban ya por arrebatar de las manos lo que llevaban los servidores. El gran soberano de todas las islas de Dinamarca calló, tomó su asiento, y así dió comienzo la celebración de la Navidad en la corte del Rey Harald. El banquete duró cinco días con sus noches. Era el año 999 de la era cristiana. Así sucedió ese año un brevísimo lapso de paz entre los caudillos vikingos, que cuando no guerreaban ante el extranjero, guerreaban entonces entre sí, para la gloria de Tor y Odín, y para escalar de esa manera, más arriba por las ramas de el árbol de la vida eterna (el Ygdrasil), incitados por la visión de las flamígeras crenchas de las Valkirias, libinidosa y guerreras, que enmedio enmedio del furor, de cada combate librado, tocan con sus lanzas al que debe a morir en el campo de batalla.

 Afuera en la plaza al frente de la fachada del palacio real, la nieve se amontonaba incesantemente y un viento frío que bajaba del norte, formaba torbellinos con los suaves copos flotantes. Había un círculo de teas encendidas clavadas alrededor de una conífera gigantesca, símbolo del Ygdrasil, el árbolo vikingo de la vida perdurable.

                   Lobo Pardo


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