28
Feb
13

Satanás

Satanás

Advertencia:
El presente relato está basado en hechos reales recientemente acontecidos (enero-febrero-2013). Sin embargo han sido cambiados nombres y términos, a fin de proteger ciertas identidades; y puesto que los doctores de la ley no han vertido aún su veredicto definitivo, proteger asimismo, la presunción de inocencia.

El hecho no es inusual en ese país de milenarias tradiciones; lo inusual son los tiempos que se viven, en los que conspiradores de toda laya pretenden que las bárbaras costumbres extranjeras tomen predominancia sobre las leyes de Dios!

Con la parsimonía habitual se reunieron los doctores de la ley por tercera vez sobre el mismo caso (¡inaudito! ¡Debería ser una sola vez!). La defensa del acusado insiste en la suficiencia de la compensación económica por un hecho de sangre a la madre de Alm (seis años, sexo femenino).

La parte acusadora, acuerpada por un movimiento de mujeres, pedía por el contrario la pena máxima. Muerte por horca o cadena perpetua; algo más que improbable, pues no se está ante un atentado plebeyo en perjuicio de la familia real ni del alto clero.

–¿A qué más? ¿No es ya suficiente castigo la pérdida de una hija?… Que se agote el irreverente ímpetu de esas impías mujeres inspiradas por el demonio que alborotan en la calle; entonces; cuando las aguas hayan vuelto a su cauce, resolveremos –concluyeron los encanecidos sabios, y se avocaron a otros casos más urgentes ventilados por el tribunal.

Consecuencia del divorcio matrimonial, el predicador callejero Khatm vivía solamente en compañía de su hija Alm. Para los cuidados de la niña se hacía auxiliar de su prima soltera Aix, quien hacía las veces de nodriza a cambio de una modesta paga.
Cierta ocasión, viniendo el predicador de sus menesteres, entrando a casa oyó venir del patio las risas alborotadas de Alm y su nodriza. Asomó la cabeza el jefe del hogar por el quicio de la puerta que da al huerto para contemplar la escena, cuidando no ser descubierto.

Bajo el almendro un recipiente con agua. A la par del recipiente, de pié sobre un par de baldosas, completamente desnuda recibía alborozada con pequeños brincos y fingiendo tiritar, Alm, el agua que vertía sobre ella Aix, utilizando para ello un pequeño cuenco.
Friccionó el jabón sobre el pelo y con sus manos jabonosas estregó la nodriza de pies a cabeza la piel de la pequeña. Volvió a enjabonar sus manos, antes de asear con ellas las partes íntimas de Alm, a fin de que el baño fuera completo.

Fue ese el momento que el predicador sintió que el corazón le salía del pecho. Corrió hacia ellas. –¡No! ¡Nó! Aix! ¡Así nó! –gritó fuera de sí y empujó tan bruscamente a la nodriza, que ésta cayó sentada sobre el suelo, completamente asustada.

Volvió hacia los aposentos de la niña, el predicador, tomó un camisón y unos calzoncitos; regresó al patio, colocó esas ropas a la pequeñuela y dijo a Aix: –¡así es como tienes que bañarla! ¿No te das cuenta que las manos de un adulto son impuras; que no deben mancillar de tal modo las intimidades de una virgen? ¡Limítate a vertir agua y jabón sobre la cabeza de Alm! El líquido elemento, por sí solo, sin necesidad de manos impías hará su trabajo purificador!

Cierto, en absoluto recordaba Khatm, que durante su infancia necesitó el concurso de manos propias o extrañas sobre sus intimidades para que éstas quedaran limpias después del baño. ¡No existía tal necesidad!
–¿Acaso no te compenetras de lo que mandan las escrituras? –reclamó el predicador a su prima– ¿A qué dedicas entonces tu tiempo? ¿A simplemente divagar eh?

En ningún párrafo del libro sagrado habían reglas explícitas de cómo debe procederse con el aseo de las niñas durante el baño. Y sin embargo, es la iluminación que esa lectura provoca en los hombres justos, lo que les induce a entender cláramente lo que no está expreso ahí, en las páginas sagradas, en forma escrita.

Hacía mucho tiempo que desde la infancia y juventud, trató Aix de tú a tú a su primo. Hoy le trata con respeto y baja la vista ante la mirada de él. Las prédicas de Khatm (limitadas al zoco y a un canal local de televisión), eran seguidas atentamente por los doctores de la ley. Pronto sería elevado a la condición de clérigo, y como tal, tendría derecho a predicar desde un auténtico púlpito, y para bien o para mal pasaría a ser uno de los tutores del destino de cada uno de los miembros de la grey.
En ese país no existe escrito código civil alguno, penal o mercantil de leyes. Hay un único códice y es de alcance universal. Su jurisdicción se alza incluso por sobre los infieles, apóstatas, conversos y renegados; sobre los idólatras e ignorantes. No es producto de la inspiración de ningún iluminado calenturiento; es el libro directamente dictado por Dios al único profeta, para el conocimiento de los hombres.

Son los jueces que comenzaron el camino como clérigos, los únicos que poseen el don de formular las leyes que se derivan de la correcta interpretación de los versos sagrados.
En adelante Aix adoptó la precaución de, durante el baño, vistiera la pequeña calzoncitos y camisón, evitando que sus manos de nodriza tomaran contacto lo menos posible con la piel de Alm, mucho menos con sus intimidades sexuales.

Cierta vez que Khatm conducía de la mano a su hija, hacia la oración, yendo en plena calle, detuvo bruscamente su caminar, la pequeña, arqueó sus piernecitas lo más que pudo y se llevó la mano libre hacia el sexo con desparpajo.

Sorprendido, –¿qué pasa Alm? –preguntó el predicador a su hija.
–¡Me da comezón en la bicha! –respondió la inocente.
Impulsado por un acto reflejo asestó una sonora bofetada, khatm a la chica, y se acuclilló ante ella. –Dónde has aprendido semejante lenguaje? –inquirió–¿Quien te ha enseñado a decir tales vulgaridades? ¡Ha sido Aix! ¿No?.

La pequeñuela no entendía qué estaba pasando. Se limitó a sollozar. Antes de llegar al templo, tuvo el predicador que abofetear y amonestar a su hija, por la misma razón en repetidas ocasiones, a grado tal que lleno de vergüenza por la conducta pública de la chica, desistió de asistir a la oración y regresó a casa.

Bajo ese techo, entre esas paredes, entendió Alm por primera vez que para evitar las consecuencias de la imprevisible e inexplicable cólera paterna, por mucho que sufriera comezón en sus partes pudendas, debería abstenerse de aliviar el malestar de manera ostensible. Hubo, sin embargo un dejo de lucidez en Khatm, que le hizo descubrir mediante los violentos interrogatorios a que sometió a la pequeña, que no era de Aix que había escuchado semejantes expresiones, sino de otras niñas de la escuela parvularia a la que asistía cotidianamente.

La nodriza continuó bañando a Alm, siguiendo estrictamente las indicaciones de su primo. Ignoraban ellas y Khatm que era el agua jabonosa acumulada en las partes íntimas de Alm, y que la nodriza se veía impedida de remover con una toalla, la que provocaba eczema en las intimidades de la hija del predicador.

Cernía la fecha de la consagración de Khatm como clérigo de pleno derecho. Por consejo de los doctores, ayunaba largos días. El ayuno prolongado, provocaba en él un estado de gracia en el que la inspiración acudía a raudales a su mente, y su capacidad de convencimiento llegaba a fascinar hasta las mismas doctas santidades que le preparaban para el crucial momento.

Yendo a casa, la hora de la cena había pasado. No había probado el padre de Alm más que agua durante todo el día. Tenía la sensación que la santidad que le invadía en cada ayuno le hacía levitar de modo imperceptible para extraños, pero evidente para él. Entró sigilosamente, como siempre, a fin de sorprender cualquier demonio que se hubiese introducido en sus aposentos, furtivamente durante su ausencia.

Todo parecía en orden. En el sillón de la sala esperaba Aix en actitud meditabunda con el libro sagrado entre las manos. –¿Alm ? –preguntó a la nodriza– ¿dónde está?
–En su cuarto, es hora de que los niños duerman ¿no?
–Sí, así es, puedes irte a casa Aix. Por hoy has trabajado más de la cuenta.

Salió a la calle la nodriza. Khatm se dirigió de puntillas al cuarto de su hija. La puerta no estaba cerrada del todo. Ofrecía una rendija, por la que el predicador asomó un ojo para escudriñar. Lo que observó le dejó pasmado.

Apoyada de espaldas contra la pared, estaba sentada la niña desnuda de la cintura hacia abajo con las piernas recogidas. La cabeza inclinada hacia la pelvis. El abundante pelo caía sobre su rostro como una espesa cortina oscura. Valiéndose de las uñas de los dedos de ambas manos, se rascaba con fruición, tratando de aliviar de ese modo el eczema que atormentaba su pequeño sexo. Habían leves manchas de sangre sobre la blanca sábana con que Khatm, su padre, pretendía simbolizar la virginidad que acogía ese lecho.

Con el mismo sigilo con que había llegado se dirigió levitando hacia sus aposentos el predicador. Su indignada cólera ya no era habitual; transmutaba a cólera divina. Tomó de entre sus pertenencias, lo primero que le pareció instrumentos de expiación y castigo: un bastón, un grueso cable conductor de electricidad; trapos y una banda pegamentosa, a fin de impedir que algún alarido fuese a desgarrar las oscuridades de la noche.

Al día siguiente se presentó Aix, puntualmente a su trabajo de nodriza. Tuvo que llamar varias veces a la puerta. Parecía que no había nadie en el interior. Estaba a punto de marcharse cuando asomó la cabeza el padre de Alm por la ventana. Parecía demacrado y somnoliento. –Aix –dijo– este día no serán necesarios tus servicios en esta casa. –Luego de un momento de reflexión, corrigió–. Mejor dicho, de hoy en adelante, ya no necesitaremos tus servicios en esta casa.

Estaba la ya exnodriza en actitud de marcharse. –¡Espera! –Echó mano Khatm a su billetera, extrajo algo de dinero y lo tendió hacia su prima. Aquí tienes la paga de este mes, y un poco más por las molestias. ¿Vale?
–Vale –dijo ella alejándose rumbo a su casa.
Un mes después que Alm no aparecía por la parvularia, se encontró la maestra con el padre de la niña en el zoco. Inquirió ella la razón de tal ausencia. –¿Será mejor la educación que vos le dais, comparada a la que que puedo yo, que pronto ascenderé a clérigo? –respondió Khatm a secas y se alejó del lugar.

Cuando el hedor a cadáver que provenía de la casa del predicador puso todo en evidencia y pasó el caso a manos de los médicos forenses, dictaminaron éstos:
La niña sufrió almenos diez semanas de agonía. Presenta el cráneo aplastado, los brazos luxados y fracturados, igual que varias costillas. Presenta además, la criatura, el recto prolapsado, el sexo desgarrado y quemado por una especie de fierro candente.

Antes de dar su testimonio ante la vista pública, el acusado había testimoniado en privado a los sabios doctores.
Khatm insistía ante los supremos ejecutores de la ley, que lo dicho por él era la verdad y solo la verdad.

Obvio. Hay centenares de casos similares debidamente registrados en la memoria colectiva no escrita, transmitidos de generación en generación, en el marco de esa tradición milenaria.

Cierto. Cada vez que esos hechos se relatan una vez más, sufren visibles alteraciones tal que llegan a provocar el surgimiento de partidos contrarios y beligerantes entre sí. Y sin embargo los elementos esenciales de lo acontecido, los que, de acuerdo al libro sirven para mantener sometido al rebaño en el temor a Dios, se mantienen imperecederos por los siglos de los siglos.

–¿Podrías creerme, vuestras ilustrísmas santidades? –repetía como un mantram el aspirante a clérigo–. A través de la sangre que manchaba las sábanas impolutas pude evidenciar la entrega de su virginidad al maligno… Cuando ella levantó la vista hacia mí, vi en sus ojos, no a mi hija, sino la personificación de la perversidad lasciva en su estado puro, la impúdica lujuria en toda su perfidia; el pecado mortal en toda su ilimitada extensión… Estoy completamente convencido que no fue a mi pequeña Alm a la que castigué una y otra vez, en busca de su redención y arrepentimiento, sino, al mismísimo satanás.

Lobo Pardo


1 Response to “Satanás”


  1. 1 Darío Sánchez
    mars 5, 2013 kl. 5:49 e m

    Hermano Lobo, con todo lo que has escrito a tráves de los años, todos los artículos juntos, se podría hacer una impresión completa en forma de libro, digo que puede ser una buena idea, habría que pensarla…saludos! /Darío


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