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Carne de caballo

I
En aquella reunión de despedida embargaba la vergüenza a la pundonorosa Anneli Quinslig. Gracias a las excelentes relaciones políticas de su padre, antes de recibir su título de laboratorista ya tenia trabajo asegurado, en tanto sus compañeros de curso, varios de ellos con mejores notas, apenas se preparaban para una larga batalla al interior de los oscuros intestinos de la agencia de empleo.

En el marco de la recesión de la economía, de cada cinco jóvenes graduados en esa universidad, únicamente dos lograban colocarse en un empleo acorde a su línea académica. El resto, a pesar de la enorme deuda por estudios adquirida, deberían olvidarse de la formalidad profesional y buscar trabajo en áreas laborales para las cuales carecían de cualificación y tampoco necesitaban estudios universitario.

Las tertulias que alternaban los jóvenes con sus sesiones de estudio, despertaron en ellos un buen nivel de conciencia social. Anneli no fue la excepción; en contrapartida a su buena suerte se prometió a sí misma trabajar honestamente. La vacante que esperaba por ella estaba ubicada en pleno corazón del instituto contralor de calidad de alimentos.
Algunos términos de las polémicas que se generaban en las veladas estudiantiles no entendió en absoluto.

¿Que habría querido decir Ulrika con que “el marxismo había sido derrotado políticamente, pero que su victoria moral sobre el capitalismo le auguraba el resurgir del ave Fénix”… ?
Y ¿qué habría querido decir Jonas con que “necesitamos dar vida a una generación de dirigentes marxistas que tengan la decencia de negarse, una vez en el poder, a reconducir la nave de nuevo hacia el capitalismo”…?
Ella, Anneli Quinslig no era experta en temas político filosóficos, pero sí creía en la inmensa potencialidad de honestidad que hay en el ser humano.

II
En Mánchester, territorio insular, funcionaba las 24 horas del día el Bodybuilding Olimpia Club. De éste, entre los más asiduos clientes: Carin Petterson.

Pertenecía Petterson al universo de los hombres que nacieron prisioneros en cuerpo de mujer y ahí entre las máquinas de ese gimnasio encontraba todo lo necesario para librar una de sus cotidianas luchas por abrirse paso en un medio adverso.
Los azares de su controvertida existencia le obligaron a prescindir de su deporte halterofílico un mes entero.

Inesperadamente se presentó de nuevo Carin al Club, dispuesta a recomenzar igual que el griego Sísifo, una vez más de cero. Llegaba irreconocible. La turgente masa muscular lograda a través de mucho tiempo y esfuerzo, era ahora un conjunto de bolsas flácidas y acuosas cubiertas por una piel reseca y estriada.

Ni los clientes que la conocían de antes ni el personal de servicio preguntaron nada. El anglosajón abandona su arraigada flema únicamente por razones económicas o militares. La administración revisó las cuentas. Todo estaba en orden. Las puertas del Olimpia le fueron abiertas a Carin como de costumbre.
Sólamente ella conocía la razón de su eventual ausencia. Diagnóstico: inflamación hepática aguda. Consecuencia: semanas enteras de internamiento hospitalario. Durante ese tiempo hubo de someterse a tan intensa terapia hepatodesinflamatoria tal, que esa misma terapia se llevó por delante, además, hasta la última fibra de su artificiosa musculatura.

–¿Me veré sometida a alguna dieta especial? –preguntó al médico en el momento de ser dada de alta.
–Podrás mantener tu dieta normal a la que estás acostumbrada –contestó el galeno–, pero nada de esteroides anabolizantes! Eso es lo que está destruyendo tu hígado!
La Petterson salió hambrienta del nosocomio, feliz de poder continuar con su acostumbrada dieta esencialmente carnívora.

III
Torsten Dahl era en verdad albanés de nombre impronunciable, pero de su amplia colección de pasaportes prefería utilizar el noruego. –Los noruegos son ángeles del señor. Nadie sospecha de ellos –explicaba a sus camaradas cuando éstos le interrogaban la razón de su preferencia.

Tenía bajo su comando, el supuesto noruego, diez hombres. A cada uno de éstos obedecían diez camioneros. No era una, sino múltiples flotas de transporte pesado de diferentes usos, que el mismo equipo de hombres utilizaba según la tarea encomendada.
Mejor dicho la tarea era una sola: devorar kilómetros, superar fronteras, evadir registros aduanales. Lo que hacía diferencia entre tarea y tarea era la mercadería que se transportaba.
Estamos ante la capacidad de apenas una sola de las, para profanos, incontables ramas de la vasta “empresa”.

Dahl era un hombre leal a toda prueba, pero desconfiado. No desconfiaba de él, sino de sus semejantes. Le llamó la atención que se utilizasen camiones frigoríficos para la ocasión. Hizo las llamadas telefónicas e intercambió los mails pertinentes; auscultó la página web clave y le asaltó la sospecha que absolutamente toda la capacidad operativa de la empresa estaba siendo movilizada.
Simples sospechas, no había manera de confirmarlo. Se actúa con reglas conspirativas. Cada quien debe conocer lo necesario, ir más allá de los límites es peligrosísimo para la existencia humana.

Y sin embargo a Torsten Dahl le intrigaba que la enormidad de aquella capacidad estuviese involucrada al completo con el mismo tipo de transporte; que los puntos de partida se ubicasen en países del este y del sur, además que los puertos de llegada, las más grandes cadenas carniceras del centro y la periferia del continente.

… –En fin –dijo en voz alta–, únicamente el “alto mando” sabe porqué y del porqué de las cosas; y hasta ahora no me ha fallado una sola vez. Todo es cuestión de mandamases. La clave del asunto es ir, como en una escalera o una pirámide, de mandamás a mandamás, siempre hacia arriba hasta llegar al tope de los topes… Por supuesto! Ahí son ya territorios de la alta política, en donde tampoco es conveniente especular, investigar o informarse más de la cuenta…

Conversaba con nadie, únicamente consigo mismo en voz alta. De súbito le asaltó la reflexión que por aquello de los ocultos artilugios electrónicos, en este oficio tampoco conviene pensar elevando la voz. –Manos a la obra! –dijo, y se puso en movimiento.
Dahl y los diez capitanes bajo su mando no conducen camiones, sino modestos vehículos para no llamar la atención. La función de ellos es recorrer las rutas, comprobar los contactos fronterizos y puertos de descarga.

Otra sorpresa más para el “noruego”: no era pienso (hachís), melaza (opio), ni talcos (heroina y cocaina refinadas), lo que transportaban esta vez, sino carne.
¿Había la empresa abandonado lo tradicional para incursionar en el noble negocio de la industria alimenticia? Tampoco había forma de averiguarlo. Lo único certero era continuar laborando según las indicaciones recibidas por Ipad, e-mail y la página web clave.

–Pobres ilusos! Pobres almas! –decía entre labios, compadeciéndose de este modo por aquellos aprendices que carecen de vínculos con las altas esferas del poder político.

IV
En uno de esos rifi rafes que se dan en la complejidad de los circuitos electrónicos de la red, la dirección de uno de los puertos de salida en donde se recogería uno de los fletes, hacía link (vínculo), con una página de análisis económicos. Se abordaba un tema hasta cierto punto no muy peculiar:

Ostentoso símbolo del status de las clases medias que crecieron como espuma en los países del este y del sur, bajo la sombra del Euro, fue hasta hace pocos días, su recién descubierto gusto por la equitación. Tal gusto les colocó en su breve momento, al mismo nivel estético de las encumbradas burguesías anglosajonas, a la vez que les introdujo al negocio de la crianza de caballos, las escuelas de equitación y los hipódromos.
Y sin embargo, según el artículo tomado del “Society and Economy”, la burbuja que elevaba a estas clases medias a las alturas olimpicas, se mostraba pinchada.
La gestión de los hipódromos del este y del sur se adentró al ámbito de los números rojos.
Entre otras, tomaron en mitad de su naufragio esos nuevos ricos, la urgente medida de liquidar todo lo que tuviese que ver con la equitación; con equinos de ocio cuya exclusiva alimentación estaba costando un ojo de la cara.

V
Pocas semanas después de su primer paso por el hospital, y de una alimentación exclusivamente a base de hamburguesas, salchichas y albóndigas, volvió Carin Petterson al internamiento hospitalario. Su hepatopatología se vió sumamente complejizada. El desenlace fue fatal.

La autopsia reveló que finalmente el hígado de la paciente había colapsado no a causa de esteroides anabolizantes, sino a causa de la masiva presencia de analgésicos, desinflamatorios y antibióticos específicos para el ganado caballar. El hecho fue relacionado por las autoridades sanitarias con un reportaje a dos páginas aparecido en medios de circulación interfronteras: en diferentes países de la unión sumaban ya ocho centros educativos en donde los menores que habían almorzado albóndigas se vieron afectados por impulsivos vómitos y diarreas. No pocos de ellos fueron hospitalizados. Los exámenes de heces mostraban presencia de medicamentos de uso caballar.

Registraban las estadísticas hospitalarias, inusual aumento de trastornos hepatodigestivos en todos los estratos poblacionales.

“¡No puede ser! ¡Estamos hablando de carnes procesadas en el ámbito comunitario, sujetas a rigurosos controles de diseño nuestro!” Esta alocución dio inicio a la sesión en el dividido consejo de ministros. Unos se disponían a llegar a la raíz de los hechos; otros abogaban por dedicar el tiempo a problemas concretos y no a fantasiosas conspiraciones pertenecientes al mundo de lo onírico.

Entró en febril actividad el centro donde Anneli Quinslig desplegaba su labor. A estos laboratorios llegaron muestras de hamburguesas, salchichas, albóndigas, carnes procesadas y carnes molidas que se estaban consumiendo a lo largo y ancho de la comunidad y más allá, a donde este conglomerado exporta sus productos cárnicos.

Por esas cosas extrañas e inexplicables de la política y las estructuras estatales, a pesar de su novatez en el oficio, Anneli Quinslig fue la única de todos sus camararadas, capaz de detectar en la inmensa mayoría de muestras recibidas, la mutación del gen DMRT3 que afecta la capacidad de los caballos en su andadura; mutación ligada al rendimiento de los brutos en las carreras de competición. Encontró además grandes niveles de analgésicos, antinflamatorios y antibióticos para equinos, similares a los que habían colapsado el hígado enfermo de Carin Petterson, y a los encontrados en las heces de los escolares afectados.

Hubo de librar arduas batallas la bisoña laboratorista, en contra de instancias superiores que se negaban a dar por auténticos los resultados obtenidos por ella.

A la luz de la tenaz y honesta lucha de Anneli, otros de sus colegas, veteranos en sus puestos, se atrevieron a presentar análisis propios que mostraban equivalentes resultados a los de la joven principiante.

Resultado de intensísimo tira y afloja en esa facultad de control de alimentos, trascendieron los polémicos resultados generados en su interior a los medios; de los medios saltaron al ámbito político.

Finalizada la jornada laboral de ese día, ya en su apartamento y en pantunflas, tomaba Anneli Quinslig su postre frente al televisor al momento del noticiero. Ataba cabos:

La muerte de Carin Petterson; el resultado de los exámenes de heces de los escolares; anómalas tendencias en las estadísticas hospitalarias; el estallido de la burbuja en que flotaban los nuevos ricos del sistema; una colosal red cuya capacidad de superar por la tangente innumerables fronteras y aduanas, únicamente puede ser posible con el apoyo de políticos integrados a las más altas esferas del poder.

En fin, atar esos cabos sueltos permitía que las piezas del rompecabezas fueran cazando, una a una en su justo lugar, al mismo tiempo que la virginidad filosófico política de la joven laboratorista caía hecha añicos, estrepitosamente disgregada en mil pedazos.

Lobo Pardo


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