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Rehén de las pandillas y de los políticos

ELSALVADOR

Una de las peores desgracias del pueblo salvadoreño es el sistema electoral, o más bien la alcahuetería de la Fiscalía General de la República, que permite a los partidos políticos vivir en un un permanente, ilegal y pornográfico aquelarre electorero financiado por el Estado, entre período y período de comicios.

A pesar de la sangría para el presupuesto nacional, y la tortura psicológica para el pueblo, que significa el carnaval electorero de los políticos, sucede que los más urgentes problemas de la nación pasan a una especie de congelador, condenados ahí a la irresolución. Se debe a que los fantoches que amenizan el circo de los políticos, son precisamente los problemas irresolutos del país, alrededor de los cuales giran enloquecidas las promesas que atontan, embriagan y narcotizan al pueblo llano.

Es de este modo que ha sido atrapada la problemática pandillera y convertida en rehén por el demagógico torbellino electorero. No es para menos. Los pandilleros están demostrando haber despertado a la conciencia de lo que es su peso específico en el concierto político nacional y a su potencialidad de dirigir significativo caudal de votos en determinada dirección; capaces esos votos de definir elecciones municipales y aún nacionales. ¿Porqué?

Porque, además de la evidente toma de conciencia y el interés de esos grupos delictivos por influenciar el régimen gubernamental que les afecta y les rodea, los cálculos demográficos en relación a los salvadoreños pertenecientes a la cultura pandillera y obediente a sus máximos jefes, hasta ahora han sido inexactos. Veamos.

Organismos internacionales vinculados a la ONU y a la OEA, que monitorean lo que sucede en nuestro conglomerado social, consensúan en que existen alrededor de 60 000 pandilleros activos en El Salvador. Unos 50 000 en libertad y otros 10 000 en la cárcel.

Estos organismos obvian que en en nuestro país como en Centroamérica, ya no es válido el concepto tradicional de pandillero. Una suerte de joven escapado del control paterno, que pasa la mayor parte de su tiempo en la calle, involucrado en actividades ilegales relacionadas con drogas y violencia juvenil en contra de grupos similares.

El fenómeno salvadoreño en la actualidad es de varias generaciones de jefes de familia que han transmitido a sus hijos; y estos a sus hijos, sucesivamente, la forma y la filosofía pandillera de entender la existencia propia y la de los demás seres humanos. Esto nos lleva a la ineludible realidad que esos 60 000 pandilleros activos que ven los organismos internacionales, en realidad son 60 000 familias integradas a la cultura pandillera. Y si éstas se encuentran en el rango de familias jóvenes de cinco miembros, de los cuales dos tienen edad de dar su voto en comicios electorales, significarían por lo bajo unos 120 000 votos a nivel nacional, dirigidos según la indicación de sus caudillos.

Es decir, en El Salvador no se trata ya de analizar ni enfrentar la realidad pandillera como grupos de jóvenes inadaptados. De lo que se trata es que tales agrupaciones con el tiempo llegaron a conformar una amplia casta social de condición hereditaria, que gobierna (con cierta complicidad del Estado), de manera despótica, salvajemente asesina y sin ningún tipo de reglas, a los amplios estratos marginales de la población en donde tienen arraigo domiciliar estas camarillas delictivas. Ahora bien. La población de los miserables estratos sobre los cuales ejerce su infame gobierno esta casta nefasta, ya no se cuentan por decenas de miles.

Calcular en un rango de dos a tres millones, los salvadoreños que viven bajo el umbral de pobreza, totalmente desprotegidos, pero explotados por el Estado y sectores privados, a merced del gobierno pandillero, no es una exageración.

La problemática pandillera a estas alturas de la historia, no es por desgracia únicamente un dilema demográfico. Se ha transformado ya, en este país, en un insoslayable actor político en el marco nacional, y tajante juez dador de vida o muerte para los salvadoreños que gimen bajo su inculto y absolutista gobierno. En ésto, no muy diferenciado del gobierno legal.

Rol de la autodeterminación

En cuanto como país no recuperemos una decente cuota de autodeterminación respecto de Estados Unidos, ningún gobierno, fuere del signo que fuere, será capaz de eliminar la realidad y el poder de las pandillas en El Salvador. ¿Porqué?

Porque es de gran importancia económica para los estratos dominantes de la sociedad norteamericana, el comercio y tráfico de armas en la región, así como el libre paso de la cocaina hacia ese país. A la vez, la libre circulación de armas y el tráfico de cocaina hacia el norte son el hálito que da vida y fuerza a las pandillas.

El Salvador necesita el margen suficiente de autodeterminación para adquirir la capacidad de prohibir la libre circulación de armas, y para sustituir la actual mascarada que es hoy la lucha contra el tráfico de cocaina, por una acción efectiva de resultados concretos. Efectivas medidas políticas en contra de las armas y en contra de la inauténtica e hipócrita lucha contra el tráfico de cocaina hacia Estados Unidos, significarían quitar el agua al pez pandillero.

Y sin embargo las esperanzas de ciertas cotas de autodeterminación en nuestro país, se difuminaron desde la pasada visita del presidente Obama (marzo 1911), ocasión en la que Salvador Sánchez Cerén (máximo dirigente de la “izquierda revolucionaria”), cambió radicalmente su discurso antimperialista , lo volvió conciliador y adoptó la actitud de asimilarse a la tónica política impuesta por el presidente norteamericano, como diría SJ Handal, de modo vergonzozamente genuflexo.

Hoy día, la principal tarea de Óscar Ortiz en Washington, en donde se encuentra de gira, según sus propias declaraciones, no es promover el voto exterior entre los salvadoreños, sino cabildear ante el senado estadounidense, sea invitado Sánchez Cerén por el gobierno de Obama al capitolio y recibido con honores de vicepresidente, con alfombra roja y toda la parafernalia del caso, con fines puramente electorales. Deseamos el mayor de los éxitos al candidato a vicepresidente por el fmln, Óscar Ortiz.

En otro orden, hoy por hoy todavía están demasiado nebulosas las causas de la política estatal y eclesial respecto del tema pandillero, como para extraer claras conclusiones de lo que ahí se cuece a partir de la llamada “tregua”. Lo que sí está claro es que se ven configuradas cuatro tendencias:

Por un lado la tendencia liderada por los jefes pandilleros con más tratamiento mediático, detenidos en diferentes centros penitenciarios y acogidos a la mediación del capellán policial Fabio colindres, del ex guerrillero Raúl Mijango y del ministro de seguridad Munguía Payés. Tales jefes pandilleros han pactado con el gobierno a través de los mediadores, trocar el alivio de las condiciones de confinamiento a que eran sometidos, a cambio de una tregua de no agresión entre sus respectivos grupos subordinados, la cual agresión estaba significando aproximádamente el 50% de los homicidios cometidos en el país. Tuvo que ejercerse, sin embargo, cierta presión para que esos jefes transmitieran la línea a sus subordinados en cuanto a disminuir las extorsiones y acciones delictivas en contra del pueblo llano, lo cual no da claras muestras de suceder, ni puede ser comprobado, al carecer el Estado de formas de hacerlo y de estadísticas fiables.

La segunda tendencia es la de otros grupos pandilleros cercanos al párroco Antonio Rodríguez de la ciudad de Mejicanos, quienes argumentan que la tregua interpandillas no puede funcionar si no es acompañada de efectivas medidas tendientes a la regeneración y reinserción social de los delincuentes; lo cual debería traducirse definitivamente en trabajo seguro y salario justo para los miembros de esos grupos. La rivalidad y contradicciones entre estas dos primeras tendencias ya han causado, por lo menos un muerto en perjuicio de este último grupo.

La tercera tendencia pertenece a la embajada estadounidense, contraria a cualquier diálogo y compromiso con pandilleros. Para ciertos analistas la posición de la embajada es coherente con la política de su país en cuanto a la liberalización de la circulación de armas en la región, principal caldo de cultivo de el caos que aprovecha el narcotráfico para operar a sus anchas con rumbo norte.

Por su parte el gobierno central salvadoreño prefiere jugar a dos bandas. Mantiene un pie en la posición de la embajada, y otro pie en la iniciativa mediadora de su ministro de seguridad, Munguía Payés que actúa junto a Colindres y Mijango.

Hay una cuarta tendencia que es la mayoritaria y que estaría favoreciendo la posición de la embajada norteamericana. Es la de los pandilleros que no están en nada, que no obedecen a los jefes dialogantes, ni quieren oír hablar de treguas, ni de disminuir sus acciones delictivas en perjuicio del salvadoreño de a pie.

En definitiva, la elección presidencial de 2014 ha hecho de la problemática pandillera su rehén, por lo menos hasta pasado marzo del próximo año. Mientras tanto, nadie en el país es capaz de dar fe, de hasta cuando el pueblo salvadoreño seguirá siendo rehén de las pandillas y del eterno bacanal electorero de los políticos.

Pablo Perz


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