23
Mar
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La primera caída de Baldach

I
No por desconfiar de sus espías, sino para mostrar arrojo y valentía, se disfrazó el propio Gran Jan del Sur, de mercader, a fin de acceder al interior de los inexpugnables muros que le quitaban el sueño desde hacía diez años.

Deambulando por el laberinto de zocos y callejuelas, sus escrutadores ojos ocultos bajo las alas de un sombrero tejido de juncos, hacían cuentas del número de guardas que protegían la gran puerta del lado este; la del oeste; las puertas menores del norte y del sur; las guarniciones y el número de almenas que coronaban las colosales defensas periféricas; las entradas de acceso al palacio puertas de oro del califa y el número de hombres que las custodiaban; las horas de cambios de guardia, en fin….

Seguido disimuladamente por sus escoltas (comandantes de ejército también disfrazados), días después, habiendo agotado sus observaciones, confundido entre los buhoneros que abandonaban la urbe, salió el Gran Jan por la puerta este dejando tras de sí los obsesivos muros. Cruzó el río por un vado de piedras y se encaminó hacia el monte donde oculta le esperaba su retaguardia. Reecontrado con sus hombres, cabalgaron luego hacia el norte durante dos días hasta alcanzar el campamento avanzado de su cuartel general.

Inmediatamente y sin darse tiempo a descansar, reunido con sus comandantes alrededor de una maqueta de arena tendida sobre el suelo, corolario de su objetivo, resumieron sus observaciones y deliberaron sobre la estrategia a seguir.

Al interior de los vastos muros, en tanto, resultado de el demasiado hacer caso omiso a los consejos del imam sobre el dictamen del libro sagrado; de vivir encambio entregado al perpetuo placer del buen comer, los buenos vinos y las delicias del sexo opuesto, el Gran Califa se había amujerado. Los asuntos de la administración del Estado dejaba al libre albedrío de sus ministros sin ocuparse de examinar, aprobar o desaprobar sus decisiones.

En lugar de invertir en fortalecer el ejército, reparar las infraestructuras de la ciudad, y en el bienestar de la población; acumulaba el soberano los altos tributos a que sometía a sus vasallos, en una torre construída exprofeso adyacente al palacio de gobierno; su residencia.

Reunido sobre la plaza principal, el ejército, daba la impresión de un numeroso conjunto de menesterosos empeñados en remedar cierta formación militar. Unos descalzos, otros harapientos y enfermos, equipados con armas defectuosas…. El aspecto de la caballería no era superior respecto de la infantería.

Cundía la indisciplina entre soldados, oficiales y altos mandos, igual que en los funcionarios estatales quienes echaban manos a las arcas del tesoro a placer y sin control alguno. Las puertas y murallas de la ciudad eran custodiadas según el particular arbitrio de los soldados. Confiaban los generales en las ciclópeas dimensiones de la muralla periférica y de sus gigantescas puertas, para conjurar cualquier intento enemigo. Y más que en el ejército, confiaban en las miríadas de hombres y mujeres que pululaban a diario entre zocos y callejuelas, para neutralizar cualquier fuerza intrusa que hipotéticamente lograse penetrar al interior de la sobrepoblada urbe.

A menos de media jornada a pie, en dirección a lo que fue la puerta oeste se llega al margen del tupido bosque, cruzado por un arroyo del mismo nombre. Allí, en un incesante goteo, noche tras noche arribaban periódicamente contingentes de fuerzas enemigas.
Cuando hubiéronse completado 70 000 infantes y 30 000 caballeros, ocultos bajo el follaje del margen este de la arboleda, envió el Gran Jan, de madrugada, un pequeño contingente de caballería que se situó frente al acceos del lado oeste de su objetivo. Lanzaban éstos piedras contra las grandes portones; improperios e insultos denigrantes en contra del “bastardo y afeminado califa”.

Por tal hecho se abstuvieron los guardas de abrir las puertas de la ciudad a la hora acostumbrada. El rumor del alboroto penetró al interior del palacio de gobierno. Había el califa pasado la noche en orgiástica vela con sus concubinas, eunucos e invitados de confianza.

–¿Qué sucede? –inquirió entre bostezos.
–Es un grupo de tártaros borrachos que lanzan piedras y juramentos contra el acceso del lado oeste.
–¿Cuántos son?
–No pasan del medio centenar!
–¡Reunid de inmediato la caballería! Yo mismo iré a dar la lección de su vida a esos malvados –apostrofó el monarca, obnubilado aún por el desvelo, sin embargo envalentonado por el efecto de los vahos del mosto fermentado.

Se abrieron de súbito las gigantescas puertas de par en par, dando paso al galope tendido de la caballería al frente de la cual, blandía su espada en persona, el príncipe y señor de la ciudad y sus alrededores.

Volvió grupas el contingente de tártaros dándose a la fuga, perseguidos de cerca por el tropel enemigo.

Aproximadas ambas fuerzas al margen boscoso, ordenó el Gran Jan envolvente maniobra por ambos flancos a la totalidad de sus fuerzas. Frenaron de modo tal sus cabalgaduras ante la trampa tendida, los perseguidores, que no pocas de ellas calleron al suelo con todo y jinete.

Rodeado de su Estado Mayor, avanzó hacia ellos, pausado, solemne, el Gran Jan; sonriente y con la mano tendida en petición de la espada del califa . Entregado que fue al peticionario el regio sable, descabalgaron los jinetes emboscados, depositaron sus armas en el suelo y entregaron sus cabalgaduras al enemigo.

Se encaminaron, rendidor y rendido, hacia los muros charlando como dos viejos conocidos. Juntos ante la gran puerta del costado oeste, demandó imperiosamente el califa, fuera abierta. En ésto, las fuerzas asediantes se dividían en dos. La mitad formaba un gran círculo alrededor de los anchos muros de la urbe; la otra mitad penetraba al interior, en cortejo, al frente del cual cabalgaban codo a codo, el Gran Califa y el Gran Jan.

La matanza, el incendio, la hecatombe, vinieron pocos días después. Sucedió luego que un eunuco que salía del palacio fue descubierto por los agentes del jan llevando un pergamino sellado y firmado por el califa. En él ordenaba a sus espías, que procurasen por todos los medios el asesinato del Gran Mogul, y a sus generales que provocaran y encabezaran del pueblo la rebelión…; lo cual era innecesario, pues ya cundía el levantamiento popular en numerosos puntos de la ciudad.

II
Habiendo dejado atrás los antiquísimos vestigios del primer imperio que padeció la raza humana, jefeada por los tres mercaderes blancos, había aumentado su volumen la caravana lo suficiente para verse impedida de navegar, obligándose a avanzar por tierra. Bajaron entonces en paralelo al borde poniente del ancho caudal que bordea por lado del levante al valle eterno. Intentaban llegar al puerto situado justo en la conjunción y desembocadura de los dos grandes afluentes que irrigarán ese valle hasta el final de los tiempos; alcanzar Ormz por vía marítima y saltar de ahí al Asia Mayor.

Los peligros eran muchos. La proliferación de tribus sin ley dedicadas al asalto, secuestro y saqueo, infestaba los caminos. Una guardia contratada de guerreros selyúcidas, y un pergamino con el sello del Gran Jan de Oriente (su destino), sin embargo, dotaba a los mercaderes de un disuasivo margen de seguridad.
Nadie se dió por enterado cuando la recua ingresó al interior de las ruinas, porque en ese momento, viajeros de paso y habitantes; unos se prosternaban hacia el planeta Venus que iniciaba su vespertina visibilidad; otros se prosternaban en dirección a la ciudad sagrada. Por respeto a los que oraban, ingresó la caravana en un silencio unicamente quebrado por el resoplido de las agotadas bestias.

Se protegían las gentes bajo toldos, pero los que ahí vivían de perenne, se diferenciaban de los viajeros en que mimetizaban entre las ruinas igual que hacían las salamandras. Sus toldos, sus ropas y su piel habían adquirido la misma tonalidad de los muros derruidos y chamuscados. Gastaban su días en errar como fantasmas, o hurgando como ratas incesantemente entre los escombros.

A un costado de lo que había sido la gran plaza encontraron los recién llegados un adecuado espacio para levantar su tienda mientras el oscuro manto de la noche caía sobre ellos. Hecho ésto, alumbrándose de teas, con intención de encender fogata, se dirigieron tres de los cuatro sirvientes a aperarse de ciertos maderos que se apilaban en un recodo al frente de una tienda de toldo tiznado y grasiento. Bajo el toldo ardían un brasero y un mechero de brea. De esa tienda salió de ellos al encuentro, una figura fantasmal de luenga barba que le alcanzaba la cintura. Ante la imposibilidad de darse a entender en su propia lengua, a señas indicó a los sirvientes que debían pagar un dinar de cobre por los leños que estaban por llevar. –Por otro dinar similar tendréis dos medidas de dátiles, dos medidas de té; y por otro más os mostraré abrevadero y pastizal en las cercanías, para vuestra recua –intentó explicar el fantasma, siempre a señas.
Los mercaderes blancos vieron así aliviadas las necesidades de la caravana esa noche.

Con los primeros rayos del sol pudieron ser testigos que el ambiente que les rodeaba era mucho más deprimente del que habían percibido al llegar. Habían levantado toldo enmedio de una vastedad de excrementos humanos y de perros. No había forma de avituallarse decentemente entre gentes que viven de manosear la devastación. Los caminantes que sabían eso procuraban pasar ahí de largo; pero ellos necesitaban que la recua pastara y bebiera en paz almenos un par de días.

El fantasma que los había atendido la noche anterior volvió a ellos con toda la desfachatez de su mugroso turbante, lamparosa vestimenta y de su enmarañada barba encanecida. Dijo llamarse Ur al Tkri. El más maduro de los hombres blancos percibió en él una suerte de dialecto mezcla de árabe, mongol y turcomano; entonces pudieron entenderse. Les ofreció para el atardecido, más leña, más dátiles, té, pan ácimo y un medio trasero de cordero. Cerraron el trato.

Justo después de pasada la oración vespertina, llegó al Tkri acompañado de dos sirvientes con lo prometido y un poco más, con la intención de darse por invitado a tomar cena y té junto a los ahora huéspedes suyos. Le había llamado poderosamente la atención el porte y aspecto de los tres comerciantes blancos que encabezaban la caravana, y la lengua en que se comunicaban entre sí. Sospechaba fuesen espías al servicio de los ejércitos que devastaban la región, al sur este de donde lo hacían los tártaros, y que ahora habían asaltado y saqueado una de sus propias ciudades santas.

Alrededor de una estera rectangular tendida sobre el suelo y alumbrados por candiles de brea, tomaron asiento frente a una bandeja de trozos de carne asada a las brasas, una pila de pan y un cuenco de dátiles, los tres mercaderes blancos y su obligado invitado. A un costado de la estera, un pebetero de carbones encendidos calentaba una jarra de té. En tanto, al otro extremo de la carpa hacían lo propio, sirvientes y guardas de la caravana.
Ante la inevitable pregunta de al Tkri, mientras comían, quiso explicarse el mayor de los mercaderes con sinceridad. –Si os hacéis a la mar desde algún punto de las costas de Líbano, navegáis tres días siguiendo el sol y bordeáis hacia el norte la costa oeste de Grecia, en tres jornadas de navegación con viento favorable, llegaréis al archipiélago que es nuestra patria –contestó.

Al más joven de los mercaderes, que no conocía la lengua en que se hablaba, traducía la conversación, el otro de los mayores al que al parecer unían lazos de consanguinidad con el que llevaba la voz cantante.

–Se dice que ante los muros de esta ciudad perecieron decenas de miles de tártaros.

–¡No absolutamente! –replicó al Tkri– ¡Al exterior no hubo batalla alguna! Lo que hubo fue una verdadera carnicería, y ésta sucedió intramuros. El Gran Mogul amaba el alma que encerraban estos muros de piedra, que era para él, tan bella y delicada como una orquídea de porcelana; por eso la quería intacta y sumisa como la más graciosa flor de su harem. Por ello mismo, de igual manera que desataría su cólera ante la traición de la más amada de sus concubinas, desató su cólera el dios tártaro de la venganza, ¡sobre el barrio de los ricos y sobre los barrios pobres por igual, sobre lujosos palacios y humildes viviendas; por los zocos, las callejuelas, sobre hombres, mujeres, niños, y sobre los cimientos y muros de esta ciudad que se creyó esbozada por la mano de Dios!

Toda esa desgracia sobrevino en despiadada respuesta a la ingrata felonía del califa y a la insensata rebelión de los mamelucos. Veréis…
… La relación de al Tkri duró hasta las proximidades de la Venus matutina, atrapando a los forasteros de modo tal que desapareció de ellos el reflejo del sueño.
Dos días despúes, reemprendida la marcha y cuando los chamuscados despojos de murallas apenas se veían a lo lejos, observando al más joven como ausente de todo lo que le rodeaba, el que parecía llevar el liderazgo –de qué se ocupan vuestros pensamientos? –inquirió.

–Es todo tan confuso –recibió por contestación–. Contrariamente a lo relatado por al Tkri, la versión anónima que se halla en los anaqueles de la cofradía de los mercaderes de San Marcos, refiere que el asedio de esos muros duró cerca de un año.

–Veréis hijo –replicó su interlocutor–. Cada vez que se relata la misma historia una vez más, se cuenta de manera diferente.
El axioma dirigido hacia él no tuvo otro efecto que sumir aún más, al joven, en el profundo laberinto de sus propios soliloquios, silogismos y meditaciones.

Cabalgaban en resistentes asnos onagros, cuyo andar es más suave y cómodo que el de los camellos, y aún que el de los fogozos caballos del desierto…

Lobo Pardo


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