10
Apr
13

El enemigo interno

Las órdenes del capitán Paniagua habían de cumplirse al pie de la letra. De otro modo arriesga el soldado perder la propia vida.
Paniagua se mostraba extremadamente nervioso. El enemigo no daba muestras de vida por ninguna parte, pero él había perdido su frasco de anfetaminas y le atormentaba el síndrome de abstinencia. Era el mejor estimulante en situaciones combativas y precombativas que había probado en la vida jamás. Mil veces superior a esa mierda sintética que se da a los soldados por prescripción de los psiquiatras del ejército gringo. Conoció la ruta hacia las anfetaminas por medio de la biografía de Gustavo Adolfo escrita por otro capitán. Törstein Zchwarzt. En esas dosis diarias, leyó del capitán austríaco, enraizaba el “incombustible dinamismo, ingenio y don de mando del luminoso arquitecto del Tercer Reich”.

Así que cuando en mitad de la mañana, en posición fetal desde su hamaca ordenó Paniagua: Sargento! Haga callar esas malditas mujeres a cualquier precio y de cualquier forma!; por más que intentó, no pudo el sargento encontrar otra forma que mandar a ahorcar a las últimas diez mujeres que aún se encontraban con vida en ese caserío perteneciente a la etnia ixil.

La pequeñaTekuj (10 años) sobrevivió fingiéndose muerta entre las ahorcadas. Su verdugo le enrolló un cordón al cuello, pero le perdonó la vida. –Estate ahí callada y quietecita hasta que estés segura que nos hemos ido –dijo el soldado, en un dialecto que ella entendió más por señas que por fonética.

A Paniagua había exasperado el interminable lamento de esas mujeres que lloraban a la vez que preparaban el almuerzo para la tropa.

El sol alcanzaba el cenit cuando despertó el capitán de su temprana siesta. Sintió hambre y se dio cuenta que no había qué comer. Entonces dio la orden de abandonar el valle.

Sediento, hambriento, desvelado, escondido entre los matorrales a la orilla de la vereda, vio pasar a escasos centímetros de él, Tekun (12 años), la fila de soldados que se retiraban. Iban cantando canciones obscenas.

Un par de años atrás oyó decir Tekun a su hoy difunto abuelo, que los enemigos de los pueblos mayas eran los ladinos y los gringos. Pero él miraba únicamente dos o tres gringos, unos cuantos ladinos y unos cuantos afro. El grueso de la tropa que había cometido la masacre estaba formado por indios igual que él, con la única diferencia que hablaban dialectos mayas disímiles al ixil.

Empujados, por la curiosidad Tekun, y por la sed Tekuj, pudieron reencontrase. Recorrieron los chamuscados restos del caserío hediondos de sangre y muerte. Lo que vieron terminó de destrozar por completo su infantil inocencia; la confianza en el ser humano. Cadáveres de hombres y mujeres de todas las edades yacentes por doquier. Unos muertos a tiros de fusil o de pistola, otros mutilados a machete. Algotros pendían ahorcados de vigas y árboles. Muchas niñas yacían desnudas con el sexo destrozado. Otras tantas mujeres embarazadas desnudas también, con el feto entre las piernas.

Los chicos abandonaron el valle en pos de la huella dejada por los ixiles que lograron escapar. Caminaron dos días. Se alimentaban de raíces y hojas comestibles. El rastro los condujo al interior de la selva Lacandona. En el profundo vientre de la montaña se reencotraron con los sobrevivientes y les relataron lo que habían atestiguado. Desde el más viejo hasta el niño de más corta edad lloraron una vez más. Lloraban de miedo, de frustración, de impotencia; de hambre. Esa noche llovió sobre ellos que no tenían más techo que las hojas de los árboles. Era una lluvia helada. Los viejos y los niños más debilitados amanecieron muertos.

La diáspora que los empujaba al otro lado de la frontera fue la última oportunidad que Tekun y Tekuj se vieran juntos. No volvieron a encontrarse hasta treinta años más tarde de aquellos terribles acontecimientos que sucedían no sólo a los ixiles, sino también a los Kaqchiqueles, Pokomames, Tzutuiles, Kichés, Xincas, Chortíes, Jakaltecos…

Aquellos dos sobrevivientes, antes niños hoy abuelos, estaban sentados entre otros ixiles en asientos destinados al público, en la Sala Primera de Justicia de Ciudad Guatemala.

Deliberaban frenéticamente en busca de una respuesta que les tranquilizase una congoja que por antigua, en ellos se volvió congénita. Cincuentitrés años de recurrentes matanzas sobre los pueblos originarios de aquellos extensos y ricos territorios…. Docenas y docenas de altos militares y políticos involucrados… Alrededor de medio millón de hombres, mujeres y niños muertos o desaparecidos… No obstante únicamente un ex alto militar, viejo y decrépito ocupaba el banquillo de los acusados…

“… Es la justicia de los ladinos”, concluían.

Subió la jueza al estrado del tribunal y pidió silencio en la sala. Leyó el extenso pliego de acusaciones. Antes que entrara en acción la defensa preguntó al acusado si tenía algo qué decir.
El arrogante octogenario general, ex presidente por la vía de la usurpación, se mostró de repente minúsculo; con el temor de un chimpancé desconcertado reflejado en el rostro.

La rotunda franqueza con que se dirigía hacia él la juzgadora le sumergió en la duda de que todo aquello no fuese a estar en consonancia con el mensaje recibido de la logia secreta de su pertenencia, al cabo de todo lo cual había un sol luminoso al final del túnel; o que hubiese incurrido en una decodificación errónea provocada por el estrés.

“Tomad en cuenta”, dedujo con claridad de el aparentemente caótico criptográfico que se le hizo llegar a la celda en que se había convertido el lujoso palacete en que vivía. “Entramos al apogeo de la era por siglos y siglos modelada” … (el glifo de el cuchillo sobre el madero, significa además, tallar, estructurar; el de la columna románica en cuyo capitel destaca una rosa de los vientos, significa también, cenit, consolidación, reafirmación)… “Política – justicia. Fantástico reino de la farsa y el teatro: guerra antidrogas; guerra antiterrorista; primavera árabe; guerra de las Coreas; supreción del hambre y la pobreza; salvación de la Amazonia; prevención ante el Cambio Climático; acaecer de la democracia; fin de la impunidad… ”.

–Sí! Más claro no puede cantar el gallo!

Se irguio en su corta estatura el interpelado haciendo acopio de toda la marcial compostura a que pudo recurrir.
“Hablar de genocidio es excesivo” dijo. “No hubo tal. Grande es la ingratitud a que os atrevéis conmigo. Solamente cumplí con mi deber: defender esta patria que es vuestra, señora jueza, y mía… Rechazar, fue lo que hice, la pérfida agresión del enemigo interno… Tarde o temprano me lo agradeceréis… He dicho!

Lobo Pardo


1 Response to “El enemigo interno”


  1. april 12, 2013 kl. 1:57 f m

    Epeluznante, dolorosa e injusta realidad sufrida por nuestros pueblos!!


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