20
Apr
13

La gran fiesta

Hijo de nihilistas, padre de nihilistas. Pronto será abuelo de nihilistas. En lunfardo llaman a ese viejo, Leonardo, mas en su propia cultura araucana su nombre correcto es: Toki Ikako (el hombre de la montaña, la montaña del hombre o la montaña hecha hombre).

He supuesto que Toki comienza a estar afectado por la demencia senil. Es que sólo un argentino demente es capaz de dejar enfriar su té de hierba mate y beberlo en frío, mientras se dá a monologar a su interlocutor con aires de gran shamán.
–Eso de bailar sobre la tumba del enemigo muerto es vulgar. Lo correcto es entregar sus despojos al seno de la Pachamama y dejarlo en paz”. Aludía a los que al deceso de Hugo Chávez, bailaron por las calles de Caracas escribiendo sobre las paredes, “Viva el cáncer”.

–También han habido danzas sobre el lecho mortuorio de la baronesa –dije en afán provocativo.

–¡Ah! Esta historia es más larga –iniciaba otro monólogo–. Se trata de un vaso que de mucho antes fue llenándose gota a gota hasta rebalsar. Historia que no fue echada a andar por ella misma, sino por Milton Friedman. Todo un fiasco… Un discurso que no nacía de su propia, cabeza sino de cabeza ajena. Ronald Miller preferido guionista de telenovelas de su majestad británica.

“Todo el poder al mercado; ningún poder a los prestatarios; ningún poder a los consumidores. Menos impuestos a los ricos; mayores impuestos a los pobres. Todo el poder a la patronal; ningún poder a los asalariados….” Los pobres del mundo fueron más pobres, muchos morían víctimas del hambre en tanto los grandes ricos fueron aún más ricos… Continúa llenando el vaso.

Reclamaban los diez prisioneros de Long Kesh, únicamente mejoras carcelarias. Huelga de hambre; su último recurso. Cuando Irlanda llorosa les daba sepultura; en voz alta para que se oyera más allá de las brumosas islas, –¡aquellos que por su gusto mueren no merecen condolencias! –exclamó su excelencia, la baronesa.

La gran industria armamentista estaba al tanto. El ejército argentino era altamente preparado para disparar y torturar a ciudadanos indefensos; no para enfrentar algún eventual enemigo externo. Fue así que determinose probar el nuevo armamento de su majestad en humildes soldaditos argentinos. –¡Totalmente de acuerdo! ¡Es una idea maravillosa! –se oyó decir, una vez más a la señora.

En Armthorpe, en Yorkshire, en fin en el norte todo, veintiocho años después de las grandes batallas libradas aún persisten los rencores.

“Quisieron desafiar las leyes del país y oponerse a las leyes de la economía. Fracasaron”. Esta vez se refería, su excelencia, a los mineros lanzados por ella a la desocupación; a la miseria.

Corrió incesante el río bajo el puente. Obligaron los años a la intimidad de sus aposentos, más allá de los palacios del poder a la ahora anciana…; Inexorables gotas desatadas por las consecuencias continuaban, no obstante, colmando el inmutable vaso.

Embarcó el pequeño principito hacia aniquilar terroristas en las montañas de Afganistan. Mujeres y niños, labriegos, cabras y camellos persistían en aparecer en la lista de los aniquilados.

Inaudita se tornó la tarde que la policía desalojó a parias indigentes, alcohólicos, drogadictos, proxenetas y prostitutas de Ripper Alley . Al desalojo sucedió la desinfección para que la hediondez de mierda y orines trastocara a aroma de lavanda. En el centro del callejón se colocó un lecho relleno de plumas de ganso; a la altura de la cabecera, luz adecuada que invitase a reconfortante lectura en sosegada espera de un apasible sueño. En los recónditos rincones, porrones colmados de rosas encendidas en su propia fragancia.

Con las sombras de la noche sobrevino también la explicación.
En un arranque de mística inspiración, el príncipe heredero había decidido pernoctar una noche en el más lúgubre callejón de Whitechapel.
Demostrar al turismo, era el propósito, que aún las zonas más deprimidas de la capital del reino, son dignas de los aposentos reales.

Tres anillos concéntricos de inexpugnable seguridad especial, habían, durante toda esa noche, rodeado herméticamente el sombrío callejón, antiguo cubil del aciago Jack.

Los extraordinarios acontecimientos de la noche hacia el nueve de abril, fueron sin embargo, muy otros. Contrariamente a la congoja y luto que podría esperarse, algo insólito intuía la policía en el ambiente… Un aroma de lúpulo pugnaba por abrirse paso sobre las calles de la capital… Miles de miles de londinenses se apretujaban frente a los aparatos de televisión. El ministro estaba siendo entrevistado. La periodista se mostraba sin complejos, ágil, sarcásticamente incisiva… Había agotado sus no escasos argumentos el funcionario al ella lanzar la estocada pacientemente preparada. –¿Has desempeñado alguna vez alguna labor productiva fuera de la política?

Fue el entrevistado absorbido por un torbellino que le arrastraba hacia el insondable abismo de una laguna negra.

–¡No! ¡No! –exclamó retorciéndose en su asiento– ¡De ninguna manera! ¡Soy un profesional de la política! ¡Siempre lo he sido! Siempre!

Algo facultó al interpelado a caer en cuenta que el abismo que le succionaba era, no físico sino psíquico. Se permitió entonces retomar cierta precaria compostura que le concediera el contraataque. –¡De igual manera que el primer ministro, estudié y diplomé en una escuela de élite privada! ¿Y qué? ¿A tí qué te importa?

He aquí que sobrevino la gota que rebalsó el vaso. Miles de miles de cervezas fueron al unísono descorchadas… La gran fiesta no inició en Buenos Aires como era de esperarse, sino en Londres. De aquí se extendió a Bristol, Glasgow, Dublín, Berlín, Amsterdam, Estocolmo… Y así sucesivamente…

Lobo Pardo


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