22
Apr
13

¡Fariseos hipócritas!

Ha vuelto a colocarse en el tapete el tema del derecho al aborto en El Salvador, que es lo mismo decir, el derecho de la mujer a decidir sobre su embarazo.

El más reciente capítulo de esta temática gira alrededor de una joven esposa de precaria salud (lupus, hipertensión, anemia…) que lleva en su vientre un feto al que se ha diagnosticado anencefalia (carente de cerebro).

Beatriz (seudónimo de la joven) ha recurrido a la Corte Suprema de Justicia, para que se le permita un aborto terapéutico, ya que El Salvador cuenta con una de las leyes más anacrónicas e inhumanas al respecto, de tal manera que aún en situaciones como la descrita, penden sobre la mujer penas hasta de 30 años de cárcel, en caso que decida abortar por cuenta propia.

En reacción a la solicitud de amparo elevada a la CSJ por parte de Beatriz, se han alzado las conocidas voces farisaicas que tradicionalmente abogan por mantener a la mujer salvadoreña (sobre todo a las pobres y humildes), sometidas a esa obsoleta ley contrapuesta incluso a lo recomendado por Naciones Unidas. Son las voces de beatos de toda laya, de encopetadas señoras de la más rancia oligarquía, y de la alta jerarquía de la iglesia católica.

Esas voces que dicen actuar en favor del derecho a la vida, interceden para que venga al mundo un ser humano sin cerebro, aún a costa de poner en grave riesgo la vida de la joven que lo lleva en su seno, cuya fragil salud se vería exigida por esa causa hasta los límites de la existencia misma.

Pero ¿cuáles son las razones que empujan a esas señoras oligarcas, a esos frustrados beatos y a la alta jerarquía del catolicismo a la tétrica contradición de dañar severamente aquello que pretenden defender, los derechos humanos y el derecho a la vida?

Cuantas veces tratan de explicar esas razones, más se empantanan en la sinrazón de lo inexplicable, de tal manera que nos incita la sospecha que esas voces actúan movidas por instintos que yacen en su subconsciente, tan profundamente que se asemejan a esos monstruos antediluvianos que la ciencia ficción promete despertar en el momento menos pensado, de su amenazante letargo. Son gentes que encuentran algún lucro material o psicológico ante la desgracia de los demás.

En el subconsciente de las ancianas y beatos oligárquicos subyace el instinto de sentirse más seguros, cuando salen de su casa a transitar por esas calles repletas de parias miserables que les alargan las manos implorándoles caridad, y que las llantas de sus lujosos carruajes aplastan como cucarachas, o sus guardaespaldas apartan a manotazo limpio o a culatazos de pistola. Entre esos miserables, seguramente errarán cubiertos de harapos, madres e hijos a quienes un aborto a tiempo hubiese evitado una trágica existencia.

Más que en el subconsciente, en el plano consciente de las religiones debe estar que los tristes casos de minusvalía, malformaciones y monstruosidades en el ser humano, son un valioso auxiliar para su supremo objetivo de atormentar el ánima de los creyentes. Se yerguen majestuosos los prelados en su púlpito; señalan con dedo acusador la desdicha que pudo haber evitado un aborto terapéutico, y dicen exaltados: –¡ved ahí y convenceos que hay un Dios justiciero y vengador que castiga hasta el pecado que se comete con el pensamiento! Arrepentíos desgraciados y entregad la limosna que traéis en el bolsillo!!

Es evidente desde luego, que la máxima perversidad de quienes luchan a brazo partido por mantener la vigencia de la prohibición del aborto bajo penas propias de la época de las hogueras de la inquisición en El Salvador, está en el plano económico.

Ciertamente hay un camino para aliviar la terriblemente funesta existencia de los minusválidos y enfermos crónicos, producto de embarazos que debieron y no fueron interrumpidos por causa de la arcaica ley salvadoreña. Ese camino es el fortalecimiento económico y estructural de una institucionalidad nacional que se ocupe profesionalmente de ellos, ante todo de los que pertenecen a familias de economías precarias.

Todo fortalecimiento institucional, y del tipo que nos ocupa en este caso, depende de los impuestos que aporta la ciudadanía contribuyente a las arcas del Estado. Y es aquí el momento en que los salvadoreños quedamos atrapados por la más ingrata, deplorable y tragicómica de las paradojas que implican el tema del derecho de la mujer embarazada a decidir al respecto. Es que precisamente las señoras y beatos oligarcas igual que la alta jerarquía eclesiástica, que hoy se desgañitan en favor de la vigencia de la troglodita ley que prohibe el aborto en nuestro país, son preclaros paradigmas de la negativa a aportar a las cajas del Estado, y de enarbolar todo tipo de pretextos y triquiñuelas para eludir y evadir sus obligaciones fiscales.

Un poco de más deferencia y consideración agenciarían a su favor por parte de todo tipo de comentarios, esas apócrifas organizaciones como “Red Familia” y “Sí a la vida”, igual que la alta jerarquía, si el primer impulso ante las madres que se ven impedidas de un aborto terapéutico, fuese de protegerlas a ellas y a los hijos mal nacidos, económicamente, de por vida, y con la suficiente dignidad que merece el ser humano.

Froilán Sánchez


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