18
Maj
13

El beso de la paz

Separados por la mampara del confesionario, concluían la sacra confidencia de la siguiente manera:
–He desobedecido a papá. Me prohibe frecuentarte. Te acusa de andar entre comunista! Que quizás sos ya, dice, uno de ellos!

–Hija! Son peor los anarquistas porque carecen totalmente de religión. A todas las religiones del mundo nos hermana la fe. Las contradicciones entre religiones son de carácter secundario. Los comunistas tienen su fe, sus santos, sus ceremonias, sus lugares de peregrinación, su iconografía y su biblia; en fin su religión. Y lo más importante es que en momentos determinados son útiles a la obra del Señor; no debemos extrañarlos del redil…
Ahora bien, tus pecados no son pecados, hija mía, son tan solo ocurrencias de niña traviesa. Vé, dedica un Padre Nuestro y un Avemaría a la gloria del Señor, y espera el momento de la comunión.

¡No puede ser! Acabo de verlo de pelo recortado y hoy veo rizos amarillentos colgando de su cabeza!

En un extremo de la baranda frente al altar mayor, en donde se arrodillan los feligreses para tomar la comunión, después de la confesión, veía Jakeline venir al sacerdote hacia ella con el copón de oro en la mano izquierda y en la derecha la hostia.

Cualquiera diría, después del episodio, que cumplieron con el rito de: –Ave María purísima!–. –Recibe hermana el cuerpo de Cristo!

El susurrado diálogo, sin embargo fue así: –¿Quién sos vos en realidad? ¿Angel o Demonio? ¡Decime la verdad!
–Las dos cosas hija mía, pero ahora abrí esa preciosa boquita para recibir esto que te va a entrar!

La disimulada irreverencia sobre un asunto sagrado no le sorprendió. Pertenecía a las cosas que le fascinaban de él. Abrió la boca, recibió la comunión, juntó las palmas de las manos, pero no inclinó la cabeza como debería una ferviente devota. Siguió con la mirada las ceremoniales evoluciones del joven cura cuyas pupilas destellaban cierto verde esmeraldino cuando sonreía con la sonrisa de una máscara de comedia griega. Esa permanente sonrisa parecía mofarse de todos y de todo, aún de la existencia misma del hombre y sus veleidades.

Hará cosa de cuatro siglos y medio que llegaron a Suchuchito los soldados de Diego de Holguín, con el objetivo de dar a ese caserío indígena perfil ibérico: plaza central alrededor de la cual, la iglesia, el ayuntamiento y la cárcel. En el centro de la plaza, la ceiba, a la sombra de la ceiba el cepo, y eventualmente el cadalzo. Era la manera de convencer a los indios, de abandonar su organización social y económica tradicional, a fin de que se sumaran al cultivo de algodón y caña de azucar en calidad de esclavos.

Aparcó su destartalado Volksvagen a un lado de la plaza.
De casta burguesa, educada en colegio católico de élite, alta, trigueña, piel blanca y ojos claros, Jakeline Dueñas, sin embargo no llamaba atención en ese pueblo por otra cosa más que por sus atuendos estilo hipie.

Desde la época de la independencia, europeos pobres e indígenas convivían dando marco a las tortuosas y estrechas calles de la parroquia, entreverados; mestizados. Al final de la primera guerra mundial se agregaron súbditos otomanos huídos hasta este lado del mar. Con éstos el Estado se mostró severo: -Podréis en estas tierras vivir en paz; eso sí, nada de mezquitas, abrazaréis la fe cristiana.

De la misma manera se negaba el Estado a permitir sinagogas, a pesar de la decisiva influencia económica y política de los judíos. Tampoco aceptaba la idea de negros en las plantaciones.
El correr del tiempo se encargó de cocinar a fuego lento ese peculiar sincretismo: indios europeizados y arabizados; árabes y europeos aindiados. Por su parte los judíos como suelen, se acogieron a la secularidad de su endogamia desde donde sujetaban no pocos hilos del poder, sin complicaciones.

Al fondo y hacia el ala izquierda, todo templo católico comunica el altar mayor con la sacristía, hacia donde se dirige el oficiante al final de la misa. Es una especie de depósito de objetos sacros, y donde el sacerdote se despoja y coloca los atuendos de la celebración. Hay en la sacristía una puerta lateral que comunica al exterior del templo.

Sólo a monaguillos, sacristanes, monjas y devotos de confianza concede la tradición acceso a ese lugar, pero tampoco hay guardias que lo impidan a otros.

Por esa puerta entró Jakeline intrigada.

Casi se fue de bruces. ¡Como dos gotas de agua Chinio y Yinio!
Ahora era Yinio quien se dirigía al confesionario mientras Chinio se preparaba para oficiar el siguiente servicio dominical.

Ambos acogieron a Jakeline como una vieja conocida. Con la premura de los sacros deberes que les ocupaban la volvieron a dejar a solas. Se dirigió de nuevo al interior de la capilla a fin de meditar en todo aquello.

¿Cuál de los dos era su amante? ¿A cuál de los dos amaba ella? ¿Había amado a los dos al mismo tiempo? ¿Estaba atrapada en un triángulo incestuoso?

Concluyó que no se sentía para nada agraviada; por el contrario, ahora le invadía la extraña sensación de estar doblemente enamorada. Concluída la segunda celebración, volvió a dirigirse a la sacristía con el objetivo de continuar sus indagaciones, pero no encontró a ninguno de los dos. Habían partido a celebrar a otras parroquias vecinas.

Presa de la frustración llegó a ella un grupo de jóvenes en tropel, de ambos sexos.
–¿Sos vos Jakeline?
–Sí soy yo.
–El padre Chinio dejó dicho que te agregaras con nosotros al Círculo Juvenil de Jesús Obrero!

La condujeron alegremente a la casa conventual en donde luego de un refrigerio, se entregaron a discutir la temática, “Jesús, carpintero aprendiz, pescador y revolucionario”.

Conducía Jakeline su Volksvagen de regreso hacia la capital. Le había parecido raro el pulular en la casa conventual de no pocos niños y adolescentes con los mismos rasgos faciales de Chinio y Yinio (una suerte de rostros fauno dionisíacos). Meditaba además sobre el indisimulado entusiasmo con que particularmente las chicas del Círculo Juvenil, se referían por igual a los atributos físicos de los curas gemelos, los cuales describían, entre risas, hasta en sus caracteres más íntimos.

Su ascendencia familiar le permitía viajar en un auto de modelo reciente, sin embargo le resultaba sabio el consejo de alguno de los gemelos. Ahora no sabría decir de cuál de los dos. Cernía el Armagedón. Era preferible utilizar un auto que no llamase la atención. Si la detenía un retén gubernamental mostraba sus credenciales legales, en donde el peso específico de su apellido era decisivo. Si la detenía un retén guerrillero mostraba fotografías autografiadas por alguno de los curas de la parroquia en donde aparecían juntos.

Persistía un ambiente de terror generado por las élites de la economía y la política que sentían amanazada una supremacía de siglos. Todo mundo buscaba refugio en la cercanía de sus seres queridos. Jakeline buscaba en los pobladores de Suchuchito un calor que no encontraba entre sus parientes. A pesar de su distinguido apellido, la permanente ausencia de su padre y los calificativos de bastarda, natural…, ilegítima…, martillaban su cerebro de tal manera que pasaba noches sin dormir.

Sólamente las melosas palabras al oido, al regazo de alguno (ahora no sabría decir si de uno o de los dos), gemelos, eran capaces de devolverle la paz que le robaban las noches insomes.

El contrato social se deterioraba a pasos agigantados. A las consignas obrero campesinas “!Tierra! ¡Pan!¡Trabajo!” respondía el gobierno tapizando cantones, pueblos y ciudades, de cadáveres. Del municipio y sus alrededores, huían familias enteras hacia el cerro en donde esperaban defender, entre espesuras y quebradas, de mejor manera sus vidas amenazadas.

A fin de alejar a los jóvenes de alcohol y drogas habíanse vuelto permanentes las vigilias diurnas y nocturnas de el Círculo Juvenil de Suchuchito, en las cuales se preparaban los participantes, espiritual y materialmente para enfrentar la situación.

El momento culminante de las vigilias llegaba al improviso del azar, cuando hacían acto de presencia Chinio o Yinio. Pronunciaban una inspirada relación de los evangelios o del Concilio Vaticano Segundo, para concluír en la misma poderosa exhortación de siempre: “¡Amaos los unos a los otros del mismo modo que yo os he amado!… Y ahora, ¡daos el beso de la paz!”. Entonces los jóvenes se fundían mutuamente en cierto místico ósculo generalizado.

Lo que la iglesia ortodoxa había institucionalizado era “El abrazo de la paz”, pero Chinio y Yinio lo declaraban en demasía, insípido, inexplícito, inexpresivo.

Había llegado el momento culminante de todo el período. De las vigilias del Círculo Juvenil resultaron brigadistas (enfermeros), nutricionistas, propagandistas, catequistas, psicoterapeutas, radistas, guías conocedores del terreno, correos, logísticos, cocineros, espías, instructores, guardaespaldas; en fin…

Amparada por las sombras de la madrugada saldría toda esa retaguardia hacia el cerro, a salvar vidas, a aliviar el sufrimiento de las masas fugitivas. A la hora del Angelus del día anterior se celebraría el gran servicio de despedida concelebrado por ambos clérigos hermanos.

La estrecha capilla abarrotaba de jóvenes. No cabía un alfiler. Al calor de la tarde el ambiente se volvía asfixiante.
El sermón se centró en la expulsión de los mercaderes del templo, en el martirio del Gólgota; en la liberación del pueblo esclavizado por el Faraón. El poder oratorio de los sacerdotes era avasallador. Entreambos multiplicaban ese poder, por dos.
Extasiados, al borde del paroxismo, los jóvenes suchuchitoenses, sudando a chorros por el calor y por el poder de la palabra inspirada, alzaban los brazos hacia el cielo. Sus gargantas emitían aleluyas en crescendo, hosannas y alegrettos de aires celestiales.

Al final del servicio, se paró en puntillas el padre Chinio para exhortar con toda la vehemencia que le fue posible: “!Amaos los unos a los otros, hermanos, de tal manera como yo os he amado!… Y ahora, ¡daos el beso de la paz!”

Hasta nuestros días, ha sido incapaz la psicología moderna de explicar porqué en momentos de gran tensión generalizada en que la vida se coloca en serio riesgo existencial, como en las grandes catástrofes o como en la guerra misma, se exacerva al máximo el impulso reproductivo del ser humano.

A la sacra exhortación del hermano Chinio, bajaron los jóvenes los brazos que mantenían en alto, buscáronse ávidamente los ojos unos a otros, se tomaron amorosamente de las manos para luego besarse apasionadamente, todos contra todos.

A los besos siguieron frenéticos escarceos; se deslizaban las manos hacia partes cada vez más sensibles y eróticas. Se acariciaban pechos, muslos, pezones, glúteos; se besaban labios, cuellos, gargantas, espaldas… Algunos comenzaron a ocultarse en los rincones de la capilla, detrás del confesionario y de los altares. Los primeros corpiños comenzaron a volar por el aire.
Yinio desplegaba satisfecho su sonrisa de fauno dionisíaco. Brillaban en él los ojos del Drack (*). Se dirigió hacia la sacristía en donde lo esperaba Jakeline temblando de emoción…

… Chinio que era el más comedido de los dos hermanos, presintiendo que aquella situación peligraba escaparse del control, sin embargo, subió al púlpito apresuradamente y gritó: “¡Basta!” “¡Ya basta hermanos!” “¡Podéis ir en paz!” “¡Escuchad por el amor de Dios!” “¡En nombre de Dios os ordeno! ¡Ya basta!” “¡Podéis ir en paz!” “¡Sí! ¡En paz hermanos!” “¡Íos en paz por el amor de Dios!”…

A estas palabras reaccionaron los jóvenes devotos lentamente como saliendo de un profundo letargo. Se recompusieron entre risitas nerviosas las ropas que estaban ya seriamente desubicadas. Los corpiños y pantalones, las camisas, los cinturones y hasta las bragas descolocadas volvieron a su justo lugar. Salieron del templo, respiraron a todo pulmón el aire fresco del atardecido antes de dirigirse a los diferentes locales clandestinos distribuidos estratégicamente por Suchuchito y sus alrededores, dispuestos a finiquitar el acomodo de sus mochilas y a descansar un poco. Se acercaba la madrugada. Les esperaba una larga jornada. La guerra revolucionaria entraba a su momento decisivo.

(*): Según Francisco Gavidia, el Drack es el equivalente de Fauno o Pan en el valle del Ródano. Es rubio, de ojos verdes; como Pan, patas de macho cabrío, y las mujeres hablan con malicia de su miembro descomunal.

Lobo Pardo


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