02
Jun
13

La dispersión

Como en toda conmemoración, en la del primero de mayo, año con año se acumulan nuevas tradiciones. Y quizás la más antigua y más arraigada de éstas es la de que cada una de las tendencias que conforman el espectro popular, marchan y celebran por separado. En los primeros años de conmemoración marchaban juntas; pero muy temprano aquellos colectivos que se veían a si mismos menos contaminados, sintieron la necesidad de separarse de la muchedumbre impura. Así lo hicieron, y para demostrar su elevado estado de pureza, procuraban confeccionar sus banderas con un rojo o un negro más intenso que el rojo o negro de las otras agrupaciones, antes hermanas ahora rivales. Los comerciantes con mayor olfato competían ferozmente entre sí para colocar en el mercado cantidades industriales de telas de rojos y negros más encendidos que las que ofertaban sus propios rivales. Desde entonces, salían las organizaciones desde diferentes puntos de la ciudad con metas de llegada asimismo diferentes y diferentes discursos; y sin embargo, pregonando cada una de ellas, la unidad.

Con la tradición de marchar por diferentes rumbos, también vino la tradición de enviar espías a que observaran para luego informar al comando central, si el número de marchantes que acompañaron a los otros había sido mayor o menor que el número de los propios. Generalmente los espías suelen ser más astutos que sus jefes, de tal modo que para congraciarse y ascender en el escalafón organizativo, minimizaban la cantidad numérica de los rivales.

No pocas veces la lucha política adquiere la apariencia de una esfinge que nos formula contradicciones hasta cierto punto inauditas. Las inteligencias de las diferentes organizaciones no dejaban de reprocharse a si mismas que marchar por separado, era la mayor debilidad ante el establecimiento.
Paradógicamente, el establecimiento hacía votos para que los manifestantes retomaran la tradición de marchar unificados. “Si marchan en un solo frente” decía el status quo, “se nos facilita su control”.

En efecto con una columna de banderas rojas por el norte, otra de banderas menos rojas por el este; una columna de banderas negras por el sur, y otra de banderas rojinegras por el oeste, se sentía el orden establecido como un toro abatido por un enjambre de abejas.

Este año, la celebración del primero de mayo prometía el mismo esquema de siempre. Diferentes estructuras orgánicas que marchaban hacia las antípodas, las unas de las otras, preconizando a los cuatro viento la ación unificada. Así se hizo, pero en horas de la tarde sucedió de la regla, la excepción. Las difernciadas columnas convergieron en un sólo punto por primera vez en muchísimos años. Parecían darse la mano al interior de un enorme galpón en donde se había instalado una feria para recoger y enviar fondos a las víctimas del terremoto-maremoto. La feria se mostraba nutrida de trovadores, bailarines, declamadores, rifas, bebidas, bocadillos, saltimbanquis…

Es sabido que los actos artísticos ablandan el frío corazón de los dirigentes políticos. De modo que pudo ser visto hasta con cierta naturalidad que el cacique Tres Plumas se daba la mano y conversaba con el cacique Maravilla. Eso los envalentonó, y ya envalentonados trataban de subyugar al aprendiz, Coyote Cojo, quien como siempre escuchaba las razones de éstos aguerridos jefes, mostrando humildad con la cola entre las patas. Merodeaba alrededor de ellos, también con ánimos de tregua el poeta discípulo del autor de `Secuestro y capucha´ (quien también ostenta el grado de cacique).

Las masas del pueblo se dieron cuenta de aquella que, tan solo por la mañana todo mundo consideraba era, una imposible conjunción y se sintieron connmovidas. “Ojalá que se mantengan así todo el tiempo, que ya no haya más disolución!” murmuraba la gente, “…unificados ellos, el pueblo se unificará y dirá, nó a la descongregación”.
Viéndolos compartir en plena camaradería, las masas irredentas y desarrapadas les contemplaba con arrobo.

En esto, uno de los saltimbanquis que se dedicaba a hacer malabares con teas encendidas, acercó demasiado las antorchas a uno de los sensores del dispositivo de seguridad, y se disparó la alarma de incendio.

También es sabido que los dirigentes políticos por naturaleza son hipersensibles a todo tipo de alarmas, así que los caciques ahí reunidos, al ulular de la sirena, y como activados por el mismo resorte, gritaron al unísono: “¡Sálvese quien puedaaaa!!”, y se dieron a la desbandada.

De este modo pues, sobrevino, explosivamente, una vez más, de manera irremediable y por tiempo indefinido, la fatídica dispersión.

Lobo Pardo


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