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Pacto social ¿Quién salvará a El Salvador?

Múltiple, grave, catastrófica es la tragedia cotidiana de este país:

indetenible debacle económico-mediambiental; epidemia de insuficiencias hepáticas y renales provocadas por la descontrolada contaminación; inseguridad alimentaria; acelerado agotamiento de los recursos acuíferos potables y de la productividad del suelo; caos y violencia social; desempleo crónico e insoluble como insaluble y crónica es la corrupción político administrativa…; evasión fiscal por parte de la clase política y la clase empresarial…

Luego de un largo etcétera en esta materia, al ser consultada la población por casas encuestadoras, ocupa el lugar más grave de la problemática, la seguridad pública, que en otras palabras significa la preeminencia del crimen, por sobre la autoridad del Estado y las leyes de la república, a grado tal que los delincuentes de todo tipo, callejeros y de cuello blanco, son tratados con grandes garantías y consideraciones por parte del aparato policial-judicial, contrariamente a lo que hace con el pueblo humilde, trabajador y principal contribuyente a las cajas del fisco.

Subyace en este ámbito la cada vez más irrefutable realidad que es el Estado mismo el que propicia su propia impotencia ente el crimen, debido a que tal impotencia arroja grandes beneficios económicos a la clase política y a sus clientes del gran empresariado (vendedores de armas y de seguridad, entre otros).

Se ha transformado con el correr del tiempo en una verdad de perogrullo que el auge delincuencial tiene sus causas en las obsoletas estructuras económico sociales que no se lograron desmontar, y que fueron principal objetivo de las fuerzas revolucionarias que protagonizaron el recién pasado conflicto armado en nuestro país.

La verdad es que estas carcomidas estructuras son las directamente responsables de absolutamente todo el conjunto de la compleja problemática social que hemos bocetado al inicio de esta nota; las responsables directas de haber transformado al adorable Pulgarcito de Gabriela Mistral, en el peligroso, desigual, fantasmagórico, insalubre, arruinado, territorio sin ley gobernado por pandillas delincuentes que es hoy El Salvador, habitado por uno de los pueblos más hambrientos, desnutridos y analfabetas del planeta.

La realidad de la guerra fraticida y sus crueldades llegó a sensibilizar de algún modo al partido político de los oligarcas, de modo que posteriormente a los Acuerdos de Paz, los gobiernos de Alfredo Cristiani y Calderón Sol, juzgaron como aceptable un debate bajo el tema: “Proyecto de Nación”.

Correspondía entonces a los jefes revolucionarios introducir la cuña necesaria en esta pequeña fisura provocada en la sensibilidad política de la oligarquía, para que esa situación desembocara en un serio cuestionamiento a las auténticas causas del conflicto armado. Pero no fue así, dejaron los ex comandantes pasar esa oportunidad de oro y el debate sobre la nación que anhelan los salvadoreños para sí, cayó en el olvido.
Durante el gobierno Funes – fmln, el Ministerio de Seguridad se transformó en un agujero negro devorador de ministros y viceministros. El fracaso de éstos deviene, sin lugar a dudas, de que evitaron cuestionar las injustas estructuras del sistema, como punto de partida para acometer la problemática de la seguridad pública del país.

Se torna inevitable que los funcionarios gubernamentales comprometidos con los cambios esperados por el pueblo y que eluden enfrentarse a las anticuadas estructuras del país, se vean contaminados con la obsolescencia de el andamiaje mismo del sistema, y les coloque la opinión pública, justamente en la misma categoría de los funcionarios tradicionales de El Salvador, que llegan a las instancias gubernamentales, únicamente con el afán de devengar onerosos salarios estatales impropios de un país siempre al filo de la crisis y la bancarrota como El Salvador.

Los asimétricos salarios devengados por improductivos funcionarios que medran en la característica sinecura del Estado son otra de las causas que abonan a la miseria en que vive el pueblo salvadoreño.
Es de notar que igual que sus antecesores, el actual gobierno, a pesar de adjudicarse el apellido de “Cambio”, ha demostrado total falta de eficacia ante el problema que más agobia la vida de los salvadoreños: la seguridad pública.

La notoria disminución de los homicidios, son resultado de la mentada tregua, en la que las pandillas se comprometen a no agredirse mutuamente, mientras que la agresión de estas agrupaciones en contra del salvadoreño productivo, continúa indetenible.

He aquí pues que cualquier observador del acontecer, se da cuenta que la violencia pandillera es uno de los factores del estancamiento económico del país. Otro factor contributivo a este estancamiento es la mala voluntad inversora de los oligarcas, con el único afán de perjudicar la gestión del gobierno Funes-fmln.

Ha tomado posesión el nuevo titular del controvertido Ministerio de Seguridad, Ricardo Perdomo, quien seguramente, mientras la delincuencia continúa atormentando a los ciudadanos más humildes por los cuatro rumbos de este país, maniatado por la misma impotencia, no jugará otro papel que el de llenar el vacío dejado por sus antecesores, durante los pocos meses que quedan de mandato al gobierno actual. Y sin embargo, a lo mejor sin querer, en su discurso inaugural, ha pronunciado este funcionario una frase ante los medios de comunicación, que inmediatamente ha redundado en un eco inesperado en diferentes ámbitos de la vida nacional e internacional.

Dijo el nuevo ministro algo asi como que, sólo mediante un pacto social se podrá poner paro a la violencia que sufre El Salvador.
Las instancias que han echo eco a las palabras de Perdomo, les otorgan a éstas la categoría de propuesta o plan ministerial. Nada de lo dicho o hecho después de ese discurso por el alto funcionario, deja entrever que haya detrás de la novedosa frase, un plan concreto a seguir.

Lo que sí sucede es que se ha vuelto a abrir una pequeña hendidura a nivel estatal, y la oportunidad de introducir en ella la cuña del debate acerca de la nación que desean y necesitan los salvadoreños; impedir de este modo que esa pequeña rendija abierta se vuelva a cerrar y caiga en el olvido.

Es una tarea por antonomasia, responsabilidad moral de los altos ex comandantes que, por voluntad propia colocaron sobre sus propios hombros, la responsabilidad de llamar y conducir al sacrificio a las masas populares con el fin supremo de provocar el cambio de estructuras en El Salvador. Hoy día las palabras de Perdomo, invitan a reacometer ese revolucionario objetivo en terrenos de la paz entre los políticos.

Sólo hace falta ver si los altos ex comandantes están moralmente dispuestos a recoger el guante lanzado por el nuevo ministro de Seguridad.
Y si ese conjunto de brillantes intelectuales y dirigentes políticomilitares, que un día de manera vidente y preclara anunciaron al pueblo la inevitabilidad del choque armado, y que invitaron a unos y obligaron a otros a seguirles, se desatiende de aprovechar las oportunidades que surgen de retomar el debate sobre las caducas estructuras que provocan la miserable tragedia que padecen los salvadoreños pobres día a día; tendríamos entonces que preguntarnos:

¿y ahora quién salvará a El Salvador?

Pablo Perz


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