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Jun
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Asesinar al asesino (ficción)

Hubiera deseado resolver de otro modo; secuestrarla; llevarla consigo a un idílico lugar y hacerla su amante. Materialmente era posible, eso lo resuelve el dinero y el mando sobre un grupo de leales. Pero él era un pobre desgraciado; no tenía ni dinero, ni mando sobre nadie. El adelanto que le habían prometido, del total a cobrar, era de respeto; pero ni con toda la paga en las manos era suficiente para realizar tal fantasía.

Muy de mañana el chato Valenzuela se apostó en un ángulo desde el que dominaba, a la distancia, la puerta del domicilio de Teresa Valdivia. Estaba al tanto de la rutina de la joven señora, que cumplía con la puntualidad de un reloj suizo. A la hora prevista, divisó la silueta saliendo de su casa para dirigirse hacia la parada de buses.
La joven señora, ahora ex síndico del municipio, Laguna, nunca había pertenecido a ningún partido, aunque tenía agudo sentido del poder, la oportunidad y la manipulación.
Nadie sin embargo, podría decir que hubiese utilizado tales atributos para enriquecerse, pues vivía una vida modestamente provinciana, a esa fecha, de mujer casada.

No carecía de escrúpulos, la señora, pues aunque consciente de lo incomplicado que resultaba, manipular la voluntad de hombres situados en altas esferas de la política, no lo hacía con frecuencia, y no más allá de lo estrictamente necesario.

Cualquiera que fuese el partido en el poder gravitaba su persona en los pasillos del cabildo en ocasiones que ella misma o alguno de sus parientes o amigos íntimos, necesitaba alguna facilidad por parte del consejo municipal.

Las relaciones sociales, tejidas por ella, siguiendo el consejo de sus instintos, llegaron a colocarla en una posición desde la que, sin ser miembro, ejercía notable influencia en los dirigentes del frente revolucionario, ganador de los comicios en el municipio. Fue nombrada síndico.

Ni el mismísimo coordinador departamental del frente, podría asegurar cuál era el nivel de militancia de la joven señora. ¿Simpatizante?, ¿colaboradora?, ¿militante?, ¿dirigente? No había motivo de preocupación, sólo era cuestión de sentarse a poner los puntos sobre las íes en la cuestión orgánica. Tampocio había prisa, lo cierto es que en terrenos de la política existen mandos formales y existen mandos reales. El frente avanzaba y se fortalecía. La influencia de la guapa señora era benigna.

El difunto esposo de Teresa era investigador de policía, tenía fama de osado y de tirador certero. Se comprende, dado su oficio, fuese además de carácter reservado, observador y perspicaz. Tenía pocos amigos. No se le conocían aficiones o pasatiempos.

Nadie, ni siquiera el Valenzuela, a riesgo de cometer perjurio, podría asegurar sin embargo, que la relación entre Maldonado y la señora síndico iba más allá de la intensa y mutua necesidad de conversar, asuntos que no se podían tratar con otros, ni siquiera con sus respectivos cónyugues. Maldonado, era también casado. Nadie aparte de ellos dos, supo nunca los temas que conversaban.

En cierta ocasión trascendió que Maldonado, para calmar la suspicacia de su esposa, explicó a ésta que lo que trataba con la señora Vadivia eran temas políticos, que vendrían a favorecer a su empresa de transporte. Que en ésta temática, el estilo conspirativo es inevitable.

Maldonado había sido condenado en firme a treinta años de pisión. La joven señora Valdivia fue sobreseida por segunda vez.

El ámbito judicial era el reino del caos y de la coima. El juez de instrución, envejecido en el oficio, aprendió a fiar más en la mirada del acusado, que en las pruebas recabadas. Sin que Teresa Valdivia lo advirtiera, el alto magistrado la obserbaba intensamente. Nunca había visto él tanta apostura cargada de cadenas sin perder un ápice de dignidad. Cuánta transparencia en una sola mirada. –Incensatos!… –dijo para sus adentros el juzgador.
Con dedicatoria a la fiscalía, evocó en su pensamiento un verso de sor Juana Inés de la Cruz. “… acusais a la mujer, sin razón!…”
Los querellantes, presentaron, pruebas que presumían que los dos sicarios asesinados en la capital del vecino país, habían sido, a su vez, autores materiales del asesinato del alcalde en funciones y de la funcionaria que le acompañaba. Que el autor intelectual era el transportista que compartía el banquillo de los acusados con Teresa Valdivia. Que el móvil era una mezcla de celos y frustración por una contratación que el alcalde prometió a la empresa Transportes Maldonado, y luego incumplió.

No precisamente simpática o comunicativa. Irradiaba sin embargo un aura de autoridad. En su presencia invadía a los hombres una mezcla de deseo y respeto, herramienta principal en el logro de objetivos que nadie podría decir iban más allá de las fronteras de lo socialmente aceptable.

Viéndola salir, Valenzuela experimentó una súbita aceleración del pulso; los latidos del corazón le retumbaban en los oídos. Se dio cuenta que estaba despierto. Mientras estuvo al asecho, le pareció que soñaba. Abandonó su posta y caminó tras los pasos de aquella silueta femenina que caminaba con una elegancia, discretamente sensual, pero que a nadie dejaba indiferente.

El síndrome de abstinencia entró en escena. Necesitaba una pinche rayita en los pulmones o almenos un litro de aguardiente entre pecho y espalda para calmar la angustia que comenzaba a atenazarle; pero lo más grave de todo era que no tenía un sólo céntimo en el bolsillo. De modo que sin pensarlo más, y con el dolor del alma, se acercó a la ya ex síndico que esperaba el autobús, erguida como una estatua de mirada penetrante; sacó la pistola, la cosió a balazos y huyó del lugar llevando en el pensamiento, aquellos ojos negros cuya belleza acentuada con rimel, le habían mirado totalmente sorprendidos antes de cerrarse definitivamente.

La primera parte de la paga prometida llegaría a cobrarla nunca, el chato Valenzuela. No era profesional. Carecía de entrenamiento. No contaba con retaguardia ni con apoyos legales. Era su primer pinino como sicario. Vivía en el mismo pequeño muncipio en que cometía el hecho. Dos testigos le habían reconocido, no tardaría en caer en manos de la policía.
Difundido por los medios el último de la sarta de hechos violentos que se daban en relación a la municipalidad de Laguna, convocó la comisión política del frente revolucionario, al jefe de la inteligencia, a que rindiera su informe. El motivo era cerciorarse si las investigaciones propias coincidían o no, con lo ventilado por la prensa y la judicatura.

–Compañeros! Probablemente nunca podamos llegar a la auténtica raíz donde se origina este drama –comenzó diciendo el jefe del espionaje–. Se debe a que el autor o los autores intelectuales, han sido sumamente eficaces en aplicar el método Kennedy a los autores materiales.

–En qué consiste ese método compañero?

–Consiste en asesinar al asesino del asesino, del asesino…, y así sucesivamente, hasta que desvanezca la mínima huella.

Lobo Pardo


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