20
Jul
13

¡¿Pandillas?!… ¡Atacar la más profunda raíz!

En un sistema económico-social basado en la injusta distribución de la plusvalía producida por los estratos laborales, como el que vivimos en El Salvador, alcanzar la condición de clase alta o media alta, significa abordar una suerte de arca de Noé. De modo que aún aquellos que alcanzan esa condición por la vía de la lucha revolucionaria, se opondrán a todo cambio en el Orden de Cosas, puesto que tales cambios, amenazarán su nueva condición social.

Alrededor de 18 000 habitantes viven en Valle del Sol (Apopa), en donde las municipales y estatales son únicamente autoridades formales. En la práctica se subordinan a la autoridad real de la Mara 18.
De esos 18 000 salvadoreños, alrededor de dosmil, en su mayoría niños, mujeres y jóvenes celebraron la noche del sábado 14 de julio, 16 meses de “tregua interpandillas”,
Tienen razón de celebrar. Se trata de 16 meses en que esa comunidad se ha visto liberada de aportar su tributo de muertos, mutilados y locos, entre pandilleros y víctimas inocentes, que le impone la estúpida guerra interpandillas.

La ingrata indiferencia de la clase política hacia las causas sociales que provocan el fenómeno delincuencial, obliga a nuestro pueblo a la intransigencia mandeliana (Nelson Madiba). En este tenor tenemos que decir: un tan sólo pandillero que desee pacificarse y pida una oportunidad de reintegración, es un bien incalculablemente valioso en favor de la paz y debemos aprovecharlo; pero a la vez, la realidad nos obliga a la dura reflexión: “unas cuantas golondrinas no hacen el verano”. Lo cierto es que los caciques partidarios de la tregua no llegan a representar la quinta parte de los 60 000 pandilleros que se calcula existen en este país; como tampoco son capaces de impedir las nuevas generaciones de pandilleros que vienen pujando por entrar en acción.
En esa barriada que asemeja la Hiroshima poco después del impacto de “Little Boy”; únicamente once de cada cien celebraron ese 14 de julio.

Cerca de 16 000 de esos pobladores se quedaron, pues, en sus casas; unos temerosos, otros indiferentes, otros excépticos. 2000 celebrantes son apenas un 0, 03 % de los salvadoreños al interior del país. Y sin embargo los apologetas de “la tregua” han echado las campanas al vuelo, dando a entender que al menos en Valle del Sol, el problema pandillero es un problema resuelto.

Que quede claro. No nos oponemos ni a la tregua, ni a que haya una comunidad que celebre 16 meses de no violencia en las calles; pero sí, es nuestro deber moral llamar pan al pan y vino al vino!
La tregua y la celebración son un germen alentador, pero como todo germen, igual que sucedió a la flor de Pedro Infante, si no se riega con agua fresca en un tiempo prudencial, irremisiblemente, morirá.
Es acá donde necesitamos apuntar cierta incongruencia mostrada por los mentores de ese “entente” entre pandillas. Estos reclaman a “la sociedad salvadoreña” la responsabilidad de que ese germen no muera.
Y nó señores apologetas!

Esa responsabilidad no corresponde al pueblo en general! Le corresponde, específicamente, al gobierno, al Estado; a la clase política y dirigente!. Ellos son los únicos que tienen en sus manos el poder de resolver las causas que alimentan y hacen crecer el fenómeno pandillero en El Salvador!
“La sociedad salvadoreña debe dar muestras de buena voluntad”, dicen los tutores de la susodicha tregua.

¿Qué más buena voluntad por parte de “la sociedad” pretenden los padrinos de la paz entre pandillas? Sobre todo cuando tales grupos se comprometen al cese de hostilidades entre ellos; pero no se comprometen a cesar de agredir al pueblo pobre…??

El pueblo trabajador, la pequeña y mediana empresa, ya contribuyen en mucho en su papel de víctimas impotentes de esos grupos! ¡En respuesta a las bofetadas que reciben, ofrecen mansamente la otra mejía a los mareros, a los jueces y políticos que les obedecen!

Los ofendidos no hostilizan ni hacen la guerra a la tregua, ni a sus protagonistas!
A lo sumo, lo que hacen las víctimas es criticar, recelar de la palabra de quienes han mostrado una voluntad asesina contra el pueblo pobre, sólamente comparable a los escuadrones de la muerte y a los militares de la tandona en este país!

¿O es que consideran, los tutores de la tregua, el derecho de crítica y a desconfiar, por parte de las víctimas, como un acto de mala voluntad hacia los pandilleros?
¿Acaso reclaman esos tutores que aclamemos como héroes y aceptemos un gobierno pandillero en nuestras comunidades, como muestra de buena voluntad?

El pueblo pobre, la pequeña y mediana empresa ya contribuyen en mucho. Además de pagar renta a los pandilleros, pagamos impuestos, constantes aumentos y constantes nuevos impuestos al Estado y a las municpalidades; impuestos que nuestros gobernantes utilizan en mayor medida, no para resolver la problemática de la nación, sino para satisfacer la insaciable sed de enriquecimiento ilícito y de altísimos salarios del funcionariado; de la clase política, dirigente y empresarial!
¿Qué más muestras de buena voluntad pretenden de los salvadoreños honrados y trabajadores los padrinos de la tregua?

La buena voluntad, en este caso, no hay que pedirla a la sociedad en general; sino, con nombre y apellido a la clase política, cuyo tren de vida, onerosos salarios e incapacidad gubernativa son insostenibles para la economía salvadoreña. Hay que pedirla a los grandes empresarios evasores de impuestos de este país!
Hace falta un estudio serio a fin de calcular el grado de explotación y empobrecimiento, directa e indirectamente a que es sometido el pueblo salvadoreño por parte del Estado, la clase dirigente y las pandillas!

Aparte de impuestos y tasas legales que pagan en este país los pobres, pagan además el perjuicio económico que los pandilleros causan a empresarios, comerciantes y a compañías estatales.
Esos entes no asumen como pérdida el perjuicio económico que les causan las pandillas, sino que recargan tales perjuicios en forma de aumento de precios, al consumidor.
La fractura legal y social que la acción pandillera ha causado en nuestro país es profundísima.
La mentada tregua únicamente debe ser el inicio para que en esas comunidades como Valle del Sol se hagan presentes el Estado y la respectiva municipalidad, a restablecer las infraestructuras, las escuelas, los centros de salud, los lugares verdes, de esparcimiento; a echar a andar programas laborales con salarios justos. Y sobre todo a restablecer el orden y la autoridad, legítimas; devolver la libertad a los habitantes de esas comunidades que viven a merced del arbitrario despotismo de los jefes pandilleros.

Y si el Estado y las municipalidades, el gobierno del cambio, se muestran renuentes e impotentes a retomar allí la iniciativa legal y moral; entonces la llamada tregua, sólo habrá servido para legitimar la despótica autoridad pandillera sobre el pueblo humilde y trabajador, en esas barriadas.
Los salvadoreño no podríamos negar que habrá habido un cambio; eso sí: un cambio a peor!!

Y para que no se diga que no hacemos otra cosa más que criticar; proponemos convocar Asamblea Constituyente a fin de reorganizar el concierto económico social en nuestro país, de modo que no quede fuera de él un tan solo salvadoreño. Ùnica forma de atacar el problema pandillero y delincuencial, desde su más profunda raíz.

Pablo Perz


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