03
Aug
13

Cirugía de trasplante

Asombrosamente este relato de ficción da muestras de grandes coincidencias con el caso de la neoyorquina Colleen Burns, cuyo suicidio ocurrió en 2011, meses después de lo acontecido, dejando en la horfandad tres hijos menores de edad.
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Poco antes de las trece horas, sobre la mesa de noche de la habitación 14 sonó el teléfono celular de Joseph Linsayd. Semidormía la siesta, de través a la cama y con los zapatos puestos, aguardando se le despertara el apetito. Tomó el aparato. Examinó la pantalla; la veía borrosa. Se frotó ambos ojos con el dorso de las manos. Mejoró la visión. Había un msn. Lo abrió. El remitente era conocido; el mensaje escueto: “AS”.

Se dirigió entonces a la habitación contigua, llamó con los nudillos. Se abrió la puerta. Linsayd no entró. Se limitó a mostrar la pantalla del celular. –Mira! –dijo en voz baja– tenemos “AS”. ¡Apresúrate!

Empacaron sus cosas. Discretamente y sin almorzar abandonaron el hotel. Habían pagado dos días adelantados.
Cruzaron la calle, ingresaron a las instalaciones del aeropuerto; se dirigieron al angar MN202, abordaron el jet privado matrícula FL-2000A. Eran ellos su tripulación. Al interior del jet había instalado una especie de laboratorio clínico. Parte del equipo era una serie de pequeñas neveras portátiles.
Se sentaron ante los controles. Lynsayd, el piloto, reportó a la torre de control y solicitó permiso de despegue.

Antes de un minuto les fue concedida la pista XLC-05. Rodó sobre ella el jet y en cuestión de minutos se perdía de vista entre las grises nubes de Nueva York y el horizonte de Manhatan.

Es comprensible que hayan ciertas dotaciones y aeronaves de absoluta confianza que escapen a la rigurosidad del sistema de controles que quedó establecido desde el 11 de septiembre. Entre pequeñas, medianas y grandes, circulan ahí miles de unidades diariamente. Es imposible un control al 100%.

La nave enfiló hacia el mar. Al cabo de cierto tiempo Joseph Linsayd reportó salida del espacio aéreo estadounidense. Acto seguido viró hacia el sur, dio una suerte de enorme vuelta en “U” y se dirigió a la Florida. La expectativa era que quedara registrado su reingreso a territorio estadounidense, como un vuelo proveniente del Caribe.

En bolsa
No son pocos los profanos que creen ubicar determinados indicadores en el vasto complejo de pantallas de ciertas bolsas de valores que solo círculos de corredores iniciados, dicen, son capaces de identificar. Su curso, aseguran, se expresa en símbolos, claves y códigos criptográficos que únicamente esos adeptos con capaces de leer. Esto es así, suponen, porque en los rubros correspondientes no se permite la libre inversión.

Suspicaces observadores presumen que esos indicadores reflejan el movimiento de poderosos motores de la economía mundial.

Se especula que únicamente el 0.005 % de los corredores que actúan en esas bolsas, acceden por medio de aquella criptografía, al precio del kilo de heroina cruda en Afganistán, y del gramo de heroina refinada en las principales capitales del mundo. O al precio del tipo de armas de última generación que se permite lleguen a manos civiles, mafiosos o rebeldes con suficiente poder adquisitivo.

La telefonía móvil es el eslabón perfecto para enlazar, cotización a pie de mercado, intermediarios y consumidores. Tampoco son heroína y armas los únicos géneros que representan tales indicadores bursátiles

En el hospital
El largo pasillo del hospital le parecía cada vez más largo al Dr James Stanley. Sintió vibrar su BlackBerry en el bolsillo. Abrió el mensaje que le enviaban: “All pack (ORH-) 3×10 [6]”.

Detuvo en seco sus pasos el joven cirujano para retransmitir el mismo mensaje a sus colegas Carin Miller y Richard Thitcher. Agregó a los mismos destinatarios otro mensaje más, de su parte: “Quirófano TS4 12:00M”. Eran las diez de la mañana.
La doctora Miller contactó a la vez al anestesiólogo Mastersson y a la enfermera Lovinski. Proporcionó indicativo –Número 8 –dijo. Mencionó además el mismo quirófano y la misma hora.

Volvió a manipular su BlackBerry, Stanley. Llamó a la subjefa del departamento de cirugía: –haz el favor de liberar a los cirujanos Miller y Thitcher. Tomaremos almuerzo a las 11:00 para poder atender una emergencia a las 12:00. ¿OK?
–¡OK doctor!

Se dirigieron al comedor, Lovinski, Mastersson; tomaron contundente refrigerio para encaminarse luego a “G D Surgery” (División Cirugía General).

Precedentes, experiencias y poderosas conecciones, permitían a Mastersson no solicitar al personal administrativo, consultar; sino acceder directamente a los expedientes. Hizo eso una vez más.
Rosa Talavera, mexicana indocumentada, única paciente con tipo de sangre ORH Negativo, yacía en la cama 8 del “G D Surgery”.

Mostraba buen ánimo. Cuando Mastersson y Lovinski se apersonaron a ella, trató de decirles en su mal inglés: –¿podrían conseguir para mí un vaso de leche? ¡Tengo hambre!
–¡Imposible preciosa! Tengo que sedarte! –atajó el anestesiólogo! Le habló en perfecto español.
–¿Pero cómo? ¡Me ha dicho que tendré el alta dentro de unas horas!
–Así son estas cosas nena! Todo depende!
–¿Depende de qué?
–De las cotizaciones!
El estrés del intenso trabajo hacía, a veces, desvariar a Mastersson. O talvez se permitía bromas macabras.
–¿De las qué?
Dos cosas impulsaban a Rosa reclamar osadamente: el miedo a caer en manos de la Policía Migratoria, y la preocupación por tres hijos menores de edad que la esperaban en algún lugar sin poder visitarla.
–¡Oye mi amor! –volvió ala carga Mastersson mientras preparaba el brazo a la aguja hipodérmica y Miller colocaba un recipiente de suero en un colgador–, ¿quién sabe más; los médicos que me envían, o tú, que tendrás que exponerte a venir de nuevo en cuanto sufras una recaída?

Tales palabras vencieron la resistencia de la mexicana. Ya sedada fue conducida en su cama al departamento “T Surgery” (cirugía de trasplantes).

Vinieron a incidir dos factores o variables fortuitas que cambiaron radicalmente el rumbo de los acontecimientos.
Uno: el jefe de la División General, no vio nada de malo en autorizar al profesor cirujano Walter Cannon y su grupo de alumnos, a presenciar el procedimiento de extirpación múltiple en una paciente que acababa de ingresar al quirófano ST4 con diagnóstico de muerte cerebral.

Dos: cierta desconocida incongruencia entre la concentración del sedante utilizado y el peso de la paciente resultó en que, mientras los doctores Stanley, Miller y Thitcher se preparaban para llevar a cabo la múltiple intervención, la yaciente comenzó a abrir los ojos desmesuradamente.
–No hay muerte cerebral, o es una muerte muy parcial –apuntó el doctor Cannon, con suficiente agudeza para que oyesen sus alumnos y el personal que procedería.

A lo dicho por el profesor, comenzó el supuesto cadáver a cerrar y abrir los puños de ambas manos y a mover espasmódicamente los dedos de los pies. Abrió la boca, sacó la lengua y de su garganta salió una suerte de grito gutural.

Sin esperar el criterio de los cirujanos titulares, instruyó a sus alumnos, el doctor Walter Cannon, a que le ayudasen inmediatamente a conectar el registrador de signos vitales al cuerpo de la yaciente.

El aparato mostró las funciones cardíaca y respiratoria, muy debilitadas pero no cesadas.

El revuelo cundió más allá de el departamento TS. Como un tsunami trascendió hasta cubrir lo ancho del G D Surgery; las instalaciones hospitalarias mismas.

Fue comprensible que una fulminante diarrea obligara, en mitad del escándalo, al doctor Stanley a refugiarse en el servicio sanitario más cercano. Sentado en el retrete manipulaba frenéticamente su celular.

Técnicamente hubiese sido posible demostrar que la señal emitida a esa hora desde uno de los retretes del departamento “T Surgery” del hospital fue recibida por otro BlackBerry ubicado en ese momento frente a las pantallas de la bolsa de valores y reenviada inmediatamente hacia otro aparato similar que yacía sobre la mesa de noche de la habitación 14, de uno de los numerosos hoteles de los alrededores del aeropuerto.

Hasta cierto punto existe la posibilidad, como muchos aseguran, que las leyes migratorias de Estados Unidos sean las más férreas e inflexibles del mundo. Se dice por fuentes no fidedignas que meses después de repatriada a su país de origen junto a sus tres hijos, afectada de crónica depresión, producto de la sedación extrema de que fue objeto; y viéndose impedida de alguna compensación a causa de su condición de ilegal, Rosa Talavera optó por suicidarse, el propio día de su cumpleaños número 41.

Veinticuatro meses depués de tal quirúrgico drama, Stanley, Miller, Thitcher, Mastersson y Lovinski fueron liberados de cargos por un tribunal estatal al comprobarse que no hubo mala práxis, mucho menos malicia en lo actuado por los acusados; que todo se debió a un error de expediente.

Mycke Adams periodista de New América, se acogió sin embargo a la hipótesis que presume la existencia de un fuerte incentivo financiero para declarar ciertas personas ‘médicamente muertas. Se basaba en tres sorprendentes corazonadas resultantes de sus propias indagaciones.

Uno. El código “AS”, entre pocas alternativas puede ser abreviatura de “to abandon the scene” (abandonar la escena).
Dos. El método decodificador utilizado por Adams revela que la más aproximada interpretación del código “All pack (ORH-) X 3×10 [6]”, es : “tres millones por todo el paquete ORH Negativo. La expresión utilizada “todo el paquete” coincide con el hecho que los cirujanos del caso preparaban la extirpación múltiple; es decir a retirar de ese cuerpo, absolutamente todos los órganos trasplantables.

Tres. Poco menos de una hora después de que a Stanley fuese víctima de la diarrea, el jet privado FL-2000A comenzó a rodar sobre la pista XLC-05 que le fue habilitada por la torre de control.

Lobo Pardo


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