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Colapso

Esa mañana de febrero, se dejó oír gran estruendo en un amplio perímetro de la ciudad. Había colapsado el subsuelo en amplio sector de un vecindario del lado oeste, y un grupo de casas desapareció, con enseres y habitantes, en un profundo cráter que se formó de repente.

Años enteros llevaron a cabo los vecinos infructuosa gestión, ante la alcaldía, las autoridades sanitarias, ante el ministerio de obras públicas y gobernación… Sólo al presidente de la república les faltó recurrir para que el constante escape de aguas hediondas que sucedía en la calle principal fuese reparado; y sin embargo, ninguna instancia administrativa respondió a los requerimientos del vecindario. Ahora las autoridades a todos los niveles se mostraban conmovidas ante las cámaras de la prensa y la televisión, pero ya demasiado tarde…

La situación político social no difiere gran cosa de los países vecinos: de cada cien asesinatos y homicidios a cargo de todo tipo de delincuencia que se dan en poco más de una semana, apenas dos son investigados suficientemente por el cuerpo policial, y uno de ellos alcanza las instancias judiciales. Un alto porcentaje de los miembros del cuerpo policial, en solitario o como parte del crimen organizado, delinquen con sus armas y medios de reglamento. Con frecuencia los mismos funcionarios públicos, desfalcan, estafan o roban los dineros y recursos del Estado; algunos de éstos son sometidos a procesos judiciales, pero ninguno pasa a la condición de convicto. El flujo de armas y municiones con que se delinque y asesina en gran escala es legalmente promovido y protegido por funcionarios de alto nivel. El poder judicial, teóricamente, referente moral de la nación, es incapaz de presentar convincentes descargos ante señalamientos de corrupción y favoritismo, hechos por observadores extranjeros.

La noticia del colapso sucedido en el barrio, fue rápidamente opacado por la cobertura de una vorágine de acontecimientos que se dieron esa misma semana: tres funcionarios políticos fueron asesinados y calcinados en su automóvil por una banda de sicarios que a la vez son policías, uno de ellos ofical de rango medio. Los hechores fueron capturados y en la cárcel, a la vez, otro grupo de sicarios, con suficiente influencia para moverse a voluntad al interior de los recintos carcelarios, les asesina a ellos. En pocos días se suceden varios asesinatos más que por sus características parecen tener relación entre sí, pero la policía se muestra incapaz de encontrar una sola pista. No son los únicos asesinatos y sucesos de violencia que se dan, pero son los únicos que alcanzan cobertura noticiosa. Hay un alto número de funcionarios estatales, que aparecen ante la opinión pública, como moralmente incapaces de tomar distancia de esos hechos y manejar en buena forma sus obligaciones…

A la semana siguiente, que ”el Estado había colapsado”, repetía con insistencia el editorialista del radio noticiero de las cinco de la mañana, y que no provenia de él –aclaraba-, ese criterio, sino de el alto comisionado de las Naciones Unidas para los derechos humanos en el país, aunque el comisionado había utilizado la expresión ”Estado fallido”, pero según el editorialista, era lo mismo.

Antes de salir a repartir periódicos, Natanael Karkaj escuchaba atentamente el noticiero, mientras bebía su desayuno: atol de maíz aderezado con frijoles y chile.

Interesado desde pequeño por la política, Karkaj sin embargo se vio traicionado por la triple desventaja de ser indio, pobre, y tener dificultad de aprendizaje, herencia de la severa desnutrición que padeció desde su temprana infancia. Esto le condicionó siempre a que lo más cerca que podía mantenerse de la política era vendiendo periódicos, y así lo hacía, pues aprovechaba de esta manera, y sintonizando su radio de transistores, para mantenerse al corriente de los sucesos, y formarse su propia opinión.

-Ahora que la totalidad del Estado está colapsado –razonó Karkaj- la situación debería ser más catastrófica, de que cuando colapsó el vecindario del barrio, pero yo lo veo todo igual…, quizás sea porque cuando se llega al colapso, es igual que como dicen, se llega a la muerte, y el que se muere no se da cuenta que está muerto, sino que sigue viviendo como si nada; o también puede ser que me esté pasando como le pasa al pez, que como siempre ha vivido en el agua, llega a ignorar el medio en que vive; en otras palabras, nosotros, como siempre hemos vivido de esta manera, seguimos viendo todo igual, aún cuando la ONU, un buen día decide que hemos llegado al colapso.

Lobo Pardo


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