28
Sep
13

El Salvador en tres capítulos

I
La tregua es un aporte, pero no la solución

Insistimos: por terribles que sean los crímenes cometidos y reducido el número de pandilleros que se compromete a la paz, constituye este compromiso una apreciable contribución a aliviar el dolor de la sufrida sociedad civil salvadoreña.

Absoluta razón entonces, tiene Raúl Mijango, vocero de los facilitadores de la tregua interpandillas, cuando afirma que la matancinga ocurrida en el penal de menores, y el persistente accionar de esos grupos que continúa paralizando gravemente al pequeño, mediano empresariado, y al sistema escolar del país, no afecta la mentada tregua.

La razón de Mijango deviene de que el cacareado cese de hostilidades, aunque los facilitadores opinen lo contrario, ocurre entre jefes de tres o cuatro grupos limitados de pandilleros, que para nada tienen capacidad de controlar el fenómeno económico social producto del cual se genera ese accionar delictivo a lo largo y ancho del país.

Resulta todo un misterio que a nuestros días, en plena revolución de la informática, esos facilitadores pretendan ocultar el sol a los salvadoreños, o dicho en palabras criollas: intenten dar atol con el dedo a este pueblo, por lo menos de pensamiento y palabras, esencialmente insurrecto.

Tales facilitadores pretenden que los salvadoreños aceptemos que la sola pacificación del Viejo Lin, del Chino Tres Colas, del Trece, y otros cuantos de la misma talla, es suficiente para que en El Salvador cese la violencia pandillera.

Respetamos y apreciamos en toda su valor el compromiso de paz y pacificación de esos jefes mareros; pero ésto no nos impide cuestionar: ¿Serán ingenuos los susodichos facilitadores, o se hacen los ingenuos?

Tal interrogante sobreviene del hecho que todo salvadoreño con tres dedos de frente entiende que el fenómeno pandillero es producto de que el 90% de los beneficios económicos producidos diariamente por el sudoroso, hambreado, sediento y desnutrido pueblo salvadoreño, se lo apropian en forma de plusvalía, los grupos oligárquicos de este país; más encima estas oligarquías se niegan a pagar los impuestos de ley; y más aún: los representantes políticos de tales grupos oligárquicos en el Estado, se adjudican indecentemente altos e inmerecidos salarios, impropios de un país pobre, y aprovechan cualquier situación para robar de las cajas fiscales y del presupuesto del Estado.

II
La raíz de todo mal

Hago eco de la esencial interrogante que se hace la columnista Sandra Aguilar: ¿Qué clase de paz y democracia puede construírse sobre bases de impunidad?

Para que la democracia se convierta en motor de desarrollo de las naciones, amigos míos, un solo error de gran envergadura debe ser suficiente para que a un funcionario se obligue a abandonar la política.

¡La política es cosa seria! Significa conducir la nación al bienestar o la ruina! Y como demuestra Sandra en sus comentarios, la clase política resultante de la Ley de Amnistía ha conducido este país a una mayor, ruina, caos, delincuencia, pobreza, muerte y corrupción, que antes de la guerra.
¡Los salvadoreños merecemos ser conducidos por una clase política diferente!

Una de las causas más tenaces de la corrupción estatal en nuestros días, es que se considera la política como una carrera profesional inaccesible para el pueblo llano, y sí para las cúpulas de los partidos políticos.Tal obsoleto entender obliga a la nación a que, por más corrupto y ladrón que sea el comportamiento de las cúpulas partidarias; por ley, los contribuyentes nos vemos obligados a mantener su elevado status de vida; a admitir que se enriquezcan ilícitamente, y que al final de tal ominosa carrera se autoadjudiquen doradas pensiones y bonos (¿recuerdan al magistrado Agustín G Calderón y Cia… ?).

Al pueblo honrado y trabajador, auténtico artífice del Producto Interno Bruto de este país, los políticos en cambio, le niegan pensiones dignas.

A conformar la Comisión de la Verdad y atender su veredicto, nos condujo la necesidad de que conociésemos por voces imparciales, quiénes de los políticos, militares y jefes guerrilleros salvadoreños, caían en la presunción de no aptos moralmente para participar en la conducción de los destinos de nuestra pequeña y empobrecida nación. Según las investigaciones, aparecían los señalados, no como culpables, sino como altamente sospechosos de crímenes penados por leyes y acuerdos internacionales relativos a conflictos internos.

Al veredicto de la Comisión de la Verdad, lógicamente tendría que suceder la acción de los tribunales salvadoreños de justicia, en cuyo marco los señalados por esa Comisión, tendrían la oportunidad de demostrar su inocencia.

He aquí que, los jefes de ambas partes en conflicto, considerándose de antemano incapaces de demostrar tal inocencia, optaron por hermanarse en la decisión de compartir por partes iguales la culpabilidad general de los crímenes cometidos; crearon para ello y sancionaron la Ley de Amnistía, paraguas bajo el cual se cobijan los antiguos jefes enfrentados en “irreconciliable lucha de clases”.

Mezclaron de este modo, y consideraron de la misma cuantía la sangre de los asesinos con la sangre de los asesinados; la sangre de los genocidas, con la sangre de los masacrados.
Dieron de tal modo el mismo valor y colocaron en el mismo altar a Roberto Dabuisson y a Arnulfo Romero.

Pero como bien dice Sandra Aguilar, sobre bases de impunidad no puede haber auténtica paz.
Cierto! Es innegable que la matanza de salvadoreños se ha recrudecido posteriormente a la Ley de Amnistía.

No obstante como si los políticos de ambos bandos se considerasen pertenecientes a un mundo aparte, a años luz del resto de salvadoreños, no hacen ascos al momento de declarar que El Salvador es un país en paz. Tal falta de asco es solo una de las muchas consecuencia del hermanamiento (otros dicen maridaje), que sucede entre los hechores de la Ley de Amnistía.

El meollo de la cuestión está en que el hermanamiento o maridaje de los antes enfrentados “irreconciliablemente”, coloca a ambas partes en un frente unificado abiertamente antepuesto a los intereses de la sociedad civil.

Y sin embargo, en tanto tales hermanos o maridos bregan por un borrón y cuenta nueva (lo que pasó pasó, dice, Fabio Castillo); se vuelve para el pueblo cada día más urgente y necesario, radicales cambios revolucionarios en la sociedad, la economía y la política.

Es que no se trata ya unicamente de la apropiación de la plusvalía producida por el pueblo trabajador, por parte de las oligarquías.
Se trata ahora de detener el acelerado deterioro ambiental, el envenenamiento del suelo, de los ríos y aguas subterráneas, del mar; de garantizar la seguridad alimentaria de los salvadoreños frente al Cambio Climático Global…

… Se trata ahora, de la sobrevivencia de la nación entera. Y la única garantía para que El Salvador pueda salir triunfante en este decisivo combate contra el oscuro destino que le amenaza, es prescindir de la vieja, corrupta y desprestigiada clase política que se refugia bajo el artificioso y reaccionario paraguas de La Ley de Amnistía, la cual es, como demuestra Sandra, la raíz de todo mal!

III
La guerra económica que se avecina o la gran moraleja

Lo expuesto en los anteriores capítulos de esta tragicómica novela en que la clase política ha convertido nuestro país, nos lleva a concluír que da igual quién de los candidatos en contienda se haga con la presidencia. La principal tarea del futuro presidente está ya definida por la embajada estadounidense en El Salvador:

garantizar la vigencia del CAFTA, del “Asocio para el Crecimiento” y la dolarización;
que se mantenga cronicamente deficitaria la producción agropecuaria del país;
que los mendigados Fondos del Milenio se inviertan exclusivamente en infraestucturas al servicio de los intereses de Estados Unidos;
que la reforma fiscal y la inversión en escuelas públicas se mantengan en el limbo de las utopías;
que el Estado continúe cediendo lenta pero inexorablemente el control territorial y poblacional a la delincuencia organizada, a los comerciantes de armas y de seguridad privada;
que las veleidades políticas del pueblo pobre sean neutralizadas por el terror de las pandillas….

En suma, garantizar que las reales directrices del gobierno de la “república” continúen emanando de la embajada estadounidense.
También el quehacer de la sociedad civil y del pueblo humilde y trabajador, está definido desde antes de las elecciones: luchar contra todo tipo de poder oligárquico, que se interponga en su camino hacia salvar El Salvador del desastre.

En este marco, la mascarada electoral a que nos obliga la clase política no está exenta de dramatismo.

Resulta de lo más patético el episodio protagonizado por el candidato arenero.

Norman Quijano tiene pendiente juicio por malversación de fondos ante la Corte de Cuentas de la República y ha contado con suficiente tiempo para enfrentar legalmente y desvanecer documentadamente los requerimientos contra él. No desvanecer tales requerimientos, significa que el representante arenero no podrá contar con el finiquito de la Corte para inscribirse legalmente ante el Tribunal Supremo Electoral. Y sin embargo el alcalde candidato ha optado por una intransigente posición de fuerza, como en los mejores tiempos de los todopoderosos hombres del tristemente célebre mayor retirado, ya difunto.

“El finiquito me lo tendrán que dar porque si nó, El Salvador se paraliza”, dice Quijano, lo cual deberíamos interpretar los salvadoreños, como que en su voluntad y fuerza, Arena, es todavía capaz de ir más allá de lo legal y de lo ilegal, del bien y del mal!… ¡Ridículo!

Con estas palabras abre Quijano un pulso crucial y definitivo entre Arena y ciertos funcionarios estatales que pretenden romper con el absolutismo del pasado.
El tiempo ha comenzado a correr en desfavor de ese candidato que hace caso omiso de obtener por la vía legal el finiquito requerido para inscribirse ante el TSE. El resultado de este pulso definitivo se verá cuando venza el plazo para inscribir candidaturas.

Al cabo de este plazo hay dos escenarios posibles.
El primero de ellos es que según palabras de Cristiani “arda Troya” y Arena, como advierte su diputado Mario Valiente, se lance al asalto tras el grito de ¡Jalisco nunca pierde; y cuando pierde arrebata!

El segundo de estos escenarios es que lo dicho por Valiente y Quijano, sea una bravucona cortina de humo que permita a Arena retirarse con la cabeza en alto, de una contienda electoral de antemano perdida. Darse a la tarea de reorganizar sus fuerzas, esperar en el retiro a ver quien de sus hermanos rivales se hace con la victoria, para lanzar después con toda la fuerza que le sea posible, la guerra económica contra el nuevo gobierno.
En toda guerra económica contra el gobierno, el principal objetivo no son los funcionarios estatales. Éstos tienen a su completa disposición las cajas del fisco para defenderse y ponerse a salvo. El principal objetivo de este tipo de guerra es la sociedad civil; el pueblo humilde y trabajador.

El enemigo que ataca de tal manera espera que provocando artificialmente la carestía, el desempleo y la miseria material entre la sociedad civil y el pueblo humilde, se rebelen las gandes masas y los militares contra el gobierno, y entreguen a los atacantes el poder en bandeja de plata.

Moraleja: la única alternativa que se abre ante los salvadoreños para eludir el interminable período de guerras y contraguerras económicas que se avecina en el marco del Cambio Climático Global, es barrer de la faz de la tierra la Ley de Amnistía, y a todos los políticos que se cobijan bajo ella.

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PD: Al momento de cerrar esta edición, surgen y se acumulan ocho nuevos requerimientos por parte de la Corte de Cuentas de la República, para que Norman Quijano pueda recuperar el indispensable finiquito que le permita inscribirse legalmente candidato. Estamos a 28 de septiembre de 2013. El mentado período de inscripción caduca el 3 de noviembre de este año.

Matla Xochitl


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