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Eternamente Iris del Carmen

Da testimonio Gabriel García Márquez de ello. El en ese entonces joven Fernando Seguel, era en la coyuntura el enemigo más ardientemente perseguido por los hombres de Augusto Pinochet. El marco es, la Aventura de Miguel Littín clandestino en Chile.
En combate, ya le habían incrustado una bala en el cerebro; pero el tirano reclamaba del joven revolucionario, el cadáver.

Por su parte, testifica el pueblo chileno a quien quiera saber de sus heridas que, igual que los antiguos sátrapas, condenaba Augusto Pinochet a perecer bajo terribles torturas, hasta la tercera generación de los parientes de sus enemigos.

Fue así que se vió Iris del Carmen Seguel, obligada a abandonar su Chile lindo, únicamente por requerir del tirano un trato justo para su hijo combatiente.

Con manos propias teje ella en el extranjero, la leyenda de la acomodada mujer de clase media alta, que no duda un solo instante, en el marco de su propia aventura, vestir overol de obrera y recomenzar de cero la nueva vida que le deparaba el destino.

Fue esa actitud tan solo una de las muchísimas razones por las que, toda persona que la conoció, la respetó y amó, irremisiblemente, de una vez y para siempre.

10 de septiembre de 2013. Vastos años depués de reunida con sus hijos, incluso Fernando; vencida por la edad y los sufrimientos del cuerpo y del alma, emprendió Iris del Carmen el inevitable viaje hacia donde todo ser humano, tarde o temprano debe algún día ir, para no regresar jamás. Comprendimos entonces, que era ella el sol, y nosotros planetas acogidos a la simple órbita de su alrededor.

Era la tarde húmeda. Soplaba un viento sombrío y cernía una llovizna lacónica.
Primera vez que la espiritual y bella Constanza, nieta de Iris, enfrentaba de tú a tú, la partida eterna de un ser querido.

Heredó de su abuela, la nieta sin embargo, la sosegada tenacidad como herramienta para abrirse paso por los senderos de la vida.
Cierta vez la divisé confundida entre la multitud, viniendo de sus labores diarias. Cúanta elegancia!; cuánta resolución!; cuánta dignidad!; cuan límpida mirada enfundada en un overol de obrera!
De pequeñuela temblaba de incertidumbre ante la muerte de un insecto o un pajarillo. Cómo iría a reaccionar, hoy la joven, ante la inmensidad de aquella pérdida irreparable?
Anunció el clérigo director del acto fúnebre, que la nieta tomaría la palabra para hacer una relación de su querida abuela.

A la derecha de la chica, sobre una especie de Catafalco, enmedio de coloridos ramilletes sobresale la pequeña urna en donde yacen, junto a una foto de su más bella época, las cenizas de Iris del Carmen Seguel Cuevas. ¡Esplendorosa! ¡Sobre todo fue siempre Iris, esplendorosa! ¡Dicho está! ¡Era ella el sol!
Tomó Constanza con gran aplomo entre sus manos algunas páginas.

Mientras otros sollozábamos enmedio de la más mísera horfandad, dijo ella, envuelta en un halo de absoluta serenidad:
–Lo que tengo aquí es un poema –y leyó:

Abuela querida
Hemos venido,
tu familia
tus parientes
tus amigos,
no a decirte adiós,
porque tú estarás
eternamente
entre nosotros;
cada mañana
a la hora de levantarnos,
al entrar y salir
de la ducha,
al momento del desayuno;
en el huevito tibio
en el pan tostado
untado de mermelada,
de queso
o mantequilla;
en el vaho del tecito caliente
o en el aroma
de la tacita de café.

Puestos afuera
yendo al trabajo
te encontraremos
en el gorgeo de los pájaros
en los pétalos de las flores
en las nubes pasajeras
en una mariposa que vuela;
en el bullicio de los niños
alborotados
escandalosos
que van
camino de la escuela…

Si viniendo del trabajo
vuelvo a casa por la orilla del mar
veo el destello de tus ojos
en las quietas aguas
de la lejanía.
Me miran una vez
y me vuelven a mirar

Te encuentro
cuando el sendero me lleva
del bosque a través,
en las redes de la arañitas
en las diminutas hormiguitas;
en el lento camino del cienpiés.
Otras veces
en el leve susurro de la brisa,
en el murmullo del arroyo
que baja hacia el océano
abriéndose paso
como si llevara prisa.

En el vientre de la noche
alta y despejada
veo:
una estrella más
ha nacido
en el profundo cielo,
puesta allí por el destino.
Me mira y dice:
soy yo!
entonces
tu rostro se hace luz
y me alumbra el camino.

Yo conocí Chile
bebiendo
del fresco manantial
de tus recuerdos.
Ibas
de Santa María
a Valparaiso;
pasabas por Santiago
y siempre querías
descansar
en alguna playa
del Viña del mar
de las afueras.
Creció así
el amor
en mí
grande y tan alto
como la cordillera.

Si alguna vez
me ausentan de tí
abuela
las melancolías;
te buscaré
entonces
sin querellas
o rencillas
en el sabio consejo
que dejaste
dicho en palabras sencillas.
Entre los trabajadores
te buscaré
que marchan a la labor
arropados
por las sombras de la madrugada;
en las voces de las madres
al atardecer
poniendo la mesa
y llamando sus hijos
a comer.

Abuelita querida!
Han vestido de amarillo
las ramas de los árboles.
Ha comenzado a soplar
el frío vaho de la estación.
Corren enloquecidas
las hojas secas
sobre el suelo
arrastradas
por el viento.
Ha comenzado
a tenderse el oscuro manto
temprano del atardecido.
Pero ni tú
ni nosotros
estaremos nunca solos.
Nos juntaremos
una y otra vez
en el eterno trajinar de nuestra andanza,
en las alegrías de nuestra gente,
en los felices compases de sus danzas
en el inspirado verso
de sus canciones.
Así vivirás
abuela
para siempre,
año tras año
en lo más profundo
de nuestros corazones….

Lobo Pardo


2 Responses to “Eternamente Iris del Carmen”


  1. oktober 11, 2013 kl. 11:33 f m

    Pardo:
    Tu artículo ya esta en la redsal.se, en la primera página y en la sección de Literatura…..

    Ricardo


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