25
Okt
13

La dentellada

Desayunaba. El eminente cirujano estético doctor Henry Wallace terminó de releer el artículo aparecido en ”The Sun”. Hizo a un lado el periódico. Mientras untaba de mermelada una rodaja de pan, se aseguró que no era envidia lo que le había producido esa lectura, sino indignación. Temas tan serios, en medios supuestamente serios tampoco se libran del amarillismo periodístico!

El titular del artículo aseguraba que se había llevado a cabo con éxito por primera vez, un trasplante de cara en la historia mundial de la cirugía. Obviamente que tal acontecimiento no se había llevado a cabo en donde él mismo esperaba haberlo protagonizado un día felíz: Gran Bretaña; sino en el hospital de Amiens. La intervención fue practicada en un paciente de sexo femenino.

No había nada que envidiar, porque el amarillismo del artículo matizaba que no se trataba de un trasplante de rostro completo, sino del tercio medio inferior, incluyendo nariz, labios, mentón y una parte de mejillas.

A medida que ingería sus alimentos, sin embargo, el doctor Wallace fue presa del asombro total a causa del inaudito paralelismo que existía en el caso de la mujer que había recibido ese trasplante, con otro sucedido en Gran Bretaña, que a él tocó conocer hasta en los detalles psicológicos que tuvieron que ver. La única diferencia estaba en que el paciente de este otro acontecer era de sexo masculino, y la zona del rostro intervenida no incluía el labio inferior de la boca, ni el mentón. A este paciente tampoco se intentó un trasplante, sino que se fabricó para la zona afectada una máscara de silicona, que se colocaba y quitaba a voluntad. Se llamaba Paul Livingston.

La noche que Catherine, madre de sus dos hijos, después de dormir a los chicos, le explicó desenfadadamente frente al aparato de telivisión, que necesitaba el divorcio porque había yacido con el mejor amigo de él, hizo acopio Lívingston de toda la flema que le fue inculcada desde temprana infancia, para no perder la compostura. Mas bien dicho, la compostura sí se derrrumbó con algo de fulminancia, pero sólo internamente. Superficialmente permaneció él tan impasible como ella. No dió tantas vueltas al asunto, sin demasiadas preguntas concedió una respuesta afirmativa y una fecha inmediata para que todo quedase resuelto.

En efecto, vino la solución prontamente sin contratiempos excesivos. Los chicos oscilarían periódicamente, entre los respectivos domicilios del padre y la madre. El rottweiler de la familia quedaría en propiedad de Paul.

Enmedio de la soledad inevitable, rencorosos sentimientos invadían al divorciado con cierta recurrencia. Se dió a germinar en él alguna simpatía por ciertas irrevolucionables culturas, en las que la mujer, igual que las ovejas forma parte del patrimonio del marido desde tiempos inmemoriales. Llegó al entendimiento que la filosofía liberal heredada de sus padres no había echado en él suficientes raíces. El contenido del concepto ”libertades humanas”, desapareció de un día para otro de su entendimiento, y con él otros conceptos que antes habían sido piedra angular de su universo moral: ”libre elección del individuo”; ”igualdad de derechos para la mujer”.

No pocas veces pidió consejo Paúl a Blackie. El rottweiler le devolvía la mirada con ansiosa intensidad. Si estaba echado, se levantaba, iba hacia él jadeando, con la lengua de fuera moviendo nerviosamente la cola. Hacía una caricia con la enorme cabeza a su amo, pero nunca pudo aproximarse a decirle algo.

Todo hubiese sido muy distinto, de haberse realizado entre Catherine y él, felizmente, el mandato católico: ”…hasta que la muerte os separe…”, o si ambos hubiesen hipotéticamente pertenecido a una de aquellas tribus montañezas de mucho más allá al este del mar de Mármara, en las que se dá al hombre legítima esposa en propiedad, a una edad impuber, luego de lo cual según su capacidad económica, el esposo queda en libertad de comprar concubinas en la feria anual que se organiza con ese propósito.

Otra posibilidad hubiese sido, de haber pertenecido ese matrimonio a las costumbres y tradiciones de Ciudad Júarez. Ahí la unión marital, la fidelidad femenina; el honor del hombre, se guardan con plomo. Es el mismo lugar donde la ley vale lo que la vida de una mujer, ante el revólver de un hombre enamorado; o mancillado.

En plena crisis de identidad, algunos acontecimientos noticiosos influyeron para que Paúl Lívingston se diera a la búsqueda de una opción existencial menos metafísica; más racionalmente localizada en el tiempo; no por ello menos dramática.

Uno de esos acontecimientos, sucedió precisamente en pleno corazón de Ciudad Juárez.

En su primer salida con permiso del penal por buena conducta se dirigió Juvenal Fragoso a su domicilio. Antes de llegar a su destino buscó la pandilla; se reunió con sus adláteres. Había cumplido tres tercios de la condena por violencia doméstica. Madre e hija no lo esperaban. Fue una sorpresa total.
Fragoso no llevaba abastecimientos comestibles para su familia, lo que llevaba era un revólver. Sin apenas saludar ordenó a su mujer que preparara algo de comer. Posterior al encuentro con la pandilla, quedó circulando en su torrente sanguíneo un indefinido coctel de estimulantes. Mientras Yolanda cocinaba, mandó el convicto a la impuber Rutilia, su hijastra, por cerveza a la pulpería de la esquina. Comieron los tres, casi sin hablar.

Yolanda levantaba la mesa. Él se dirigió a cerrar la única puerta y la única ventana de la vivienda. De repente, giró sobre sus talones revolver en mano y acribilló a madre e hija. El último tiro, se lo disparó él mismo en la sien.

De este hecho abominó Paul Livingston, porque para él en el conflicto intrafamiliar, un arma de fuego debería jugar un papel simbólico y nada más, o quizá ninguno.
Buscó el consuelo de Blackie, se abrazó a él. El perro dejó escapar un gemido lastimero.

Otro acontecimiento que llevó a Livingston pensar opciones diferentes, lo protagonizó una familia montañeza que antes hemos referido, residente en Londres, de la cual, ni siquiera el amarillismo periodístico quiso revelar sus nombres.

El hecho consistió en la violación ritual, por parte del padre y uno de los hermanos de éste, durante tres días consecutivos, antes de el también ritual extrangulamiento de la joven víctima.
En ello consistía el castigo por haber rechazado el matrimonio con el pariente escogido por su progenitor.

El castigo no era antojadizo; estaba descrito al detalle, en correspondencia al delito cometido, en un atiguo manuscrito de lengua Urdu, revelado por el arcángel Gabriel al consejo tribal de sabios a fin de adaptar la ley de la verdadera fe a los usos y costumbres de la tribu.

Puesto que no existe el menor acontecimiento que escape al designio divino, fuerons puesta en sus manos, ley y fe, en el momento oportuno (siglo VII de nuestra era), por una casta de jinetes que hablando un dialecto arábigo decían descender de Ismael y venían de extinguir el fuego de Zoroastro.

La víctima castigada estaba enamorada de un hombre totalmente irreconocible para el entorno familiar: joven, ingeniero informático, excecrables costumbres: bebía alcohol en las comidas; ignoraba la trascendencia del rezo diario y el de los viernes; agnóstico. Oriundo de Mánchester y radicado en Londres.

Este hecho, no menos abominable que el anterior, conminó a Livingston a abandonar la idea de abjurar de su propia cultura; le indujo encambio a definir una actitud ante la evidente crisis existencial que hacía presa de él.

Tiempo más tarde, y pasado lo peor de la crisis, ni el mismo Paúl Livingston supo explicar nunca, por qué razón no proveyó de agua y comida a Blackie, cuando se encerró en su dormitorio, junto con el perro, con la intención de sumergirse en el sueño definitivo auxiliándose de barbitúricos.
Hoy día que la psicología animal es objeto de intensos debates en el ámbito científico, nadie es indiferente ante la evidencia que los perros son capaces de percibir la muerte, cuando la hay, en los ojos de los hombres.

Al quinto o sexto día de postración Paul Lívingston se incorporaba estrictamente lo suficiente para ingerir la siguiente buchada de barbitúricos, en tanto, echado a la par de la cama, gemía el perro inánime.

Martirizado por la sed, el rottweiler lamía con fruisión el sudor que brotaba incesantemente del rostro de su amo. En una de esas, abrió Lívingston los ojos en busca del frasco de pastillas.

Cabe la posibilidad que Blackie haya visto así frente a frente, y tan de cerca, en esas celestes y vidriosas pupilas, la muerte. Tampoco pudieron los expertos explicar si fue pánico, o algún otro instinto canino, o quizá los extremos terribles del hambre y la sed lo que hizo surgir en el perro un reflejo defensivo o talvez de venganza que le empujó a lanzar tan terrible dentellada al rostro de su propio amo.

Lobo Pardo


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