26
Okt
13

La secta

I

Antes de ayer, poco antes de la hora del almuerzo, abandoné la casa de mi prima Zahayé, después que habíamos bebido el té. Ante ella había desnudado todos mis sentimientos. No escatimé ni uno sólo de mis secretos. Cuando ya había andado buen trecho, corrió tras de mí hasta alcanzarme. Me tomó del brazo con desesperación. Volteé hacia ella. Su pecho se agitaba violentamente. Me miró horrorizada a los ojos y me dijo en un grito contenido para que nadie más oyera: -Doaa Khalil! En el fondo de la taza en que bebiste, según la posición en que quedaron las hojas del té, se puede leer claramente: una vorágine de piedras hay en tu destino!

No debo negar que al principio, también me invadió el terror, pero tras la sorpresa inicial, se posesionó en mí cierta sublime serenidad, como cuando se bebe el té del bulbo de las amapolas, y pude responderle a Zahayé Jalil: -dos cosas debes tomar en cuenta: una es que el destino es imposible de evadir; la otra es que, si por algún accidente movemos las hojas del té que quedan en el fondo de la taza después del último sorbo, entonces esas hojas no dirán la verdad!

El fogón cocinaba un caldo de lentejas, y el pequeño Sahald quedaba solo. Sin que su rostro abandonara la mueca de terror que había en él, dedicó ella una mirada compasiva hacia mí, agachó la cabeza y se volvió corriendo con la vista fija en el suelo. Corría, volteaba a verme, y volvía a correr. Llegó a la entrada de la casa; el cuerpo entró, pero su cabeza quedó en el quicio de la puerta, desde donde me miraba insistentemente hasta que me perdí de vista.

Jamás he menospreciado, como más de alguno de mi propia casa dá a entender, la tradición ancestral trasmitida a mí por Aswad Khalil, mi madre. Ella dice que me está prohibido mirar directamente los ojos de los hombres que no pertenecen a mi casa. –¿Qué he de hacer para vencer la tentación? –he preguntado.
-Piensa siempre en la última consecuencia. Esa consecuencia tiene forma de un vendaval de piedra –dice ella, pero también me ha aleccionado acerca de la infinita trascendencia que hay en saber escuchar la voz con que nos habla el corazón.

Y me pregunta el corazón: –¿en qué lugar del mundo al que pertenece mi casa, y del mundo al que no pertenece mi casa, no cierne sobre el destino de cada mujer una tormenta de piedra?

No recuerdo qué día me dijo el corazón: -mírale los ojos a Ahamedmaiá. Le miré; él me miró, y desde entonces, ni él ni yó podemos dejar de mirarnos directamente a los ojos. Ahamedmaiá no pertenece ni a mi mundo, ni a mi tradición, ni a mi casa; y el día cada vez más cercano en que yo repudie mi mundo, y encambio me acoja, al mundo de él, a su libro, a su tradición, y me convierta en una de sus esposas; él podrá protegerme de las piedras que vengan de mi casa, aunque también me ha dejado en claro sin lugar a dudas, que si incurriere yó alguna vez en el pecado de la infidelidad, él mismo no podría librame de las piedras con que me sepultarían los de su propia casa.

Pero yó, nunca podría ser infiel a él, simplemente porque después de el padre Yazahadán, creador del universo infinito, el corazón me dice que está Ahamedmaiá, sólo él, y nadie más que él. Además que si un día fuese desatada sobre mí una vorágine de piedra por voluntad de Ahamedmaiá, sería para mí, la muerte feliz, y más feliz aún, si esa vorágine viniese directamente de sus propias manos, esas manos que modelan a su exquisito y soberano gusto, la mujer que hay en mí…

II

Es irrefutable desde todo punto de vista que sólo hay dos mundos posibles: nosotros, y el resto de los hombres. Me apego al estricto sentido del término, en el entendido que la mujer es un apéndice del hombre. Una simple costilla, según vosotros, hijos de Adán. Nosotros somos estirpe diferente a Adán, hacia quien no nos une lazo de parentezco alguno.

Atributo vuestro es la confusión. Llamáis Levante a lo que es Poniente y viceversa. Sois vosotros los que os ubicáis al Levante de la tierra, y no nosotros, ni aquellos otros de vuestros hermanos, que habitamos lo que tomáis hoy por Oriente. Que sois Levante, lo indica el hecho que habéis predominado desde que Adán os echó al mundo, y predominaréis mientras esté vuestro sol en el zenit, y aún en el temprano declive de ese sol; mas cuando hayáis consumado vuestra fatídica obra, los mares de la tierra sean ciénegas hediondas, el aire se haya vuelto irrespirable, todo verdor haya perecido, cuando los hijos de Adán hayan inducido el suicidio general de su propia estirpe, y en consecuencia, donde había luz de sol, imperen las tinieblas, entonces será el Poniente de vuestro propio sol, y será el tiempo de nuestro porvenir…

…Hoy es el tiempo de los seres que hoy día alimentamos nuestros estómagos con viandas cultivadas en campos que el uranio de vuestras bombas y vuestros medioa agroindustriales, han vuelto venenosos y radiactivos. El tiempo de los que justo ahora nos alimentamos con peces que capturamos en ríos infectados del mercurio y los metales que habéis vertido en sus aguas. El devenir de los que hoy bebemos agua contaminada con arsénico, heces fecales, y desechos industriales. El porvenir de los que respiramos hoy las emanaciones tóxicas de vuestras fábricas; de los que nos medicamos con vuestros medicamentos adulterados. En fin el tiempo de aquellos que adaptados a todo tipo de venenos (lo que no mata engorda!), sobreviviremos a la hecatombe universal con que nos regaló el prometedor Levante de los hijos de Adán.

Nos calificáis de secta!… Y no lo negamos, porque somos el privilegiado grupo que sobrevivirá para contar al futuro esta nefasta historia que habéis escrito vosotros.

Pero porqué renegáis vosotros mismos de reconocer vuestras propia sectas? Acaso vuestros conglomerados no son conjuntos de sectas innumerables? … Cada nación, cada país, cada religión, cada empresa, cada partido político, es una secta. E igual que las muñecas rusas, dentro de cada secta otras sectas, y dentro de éstas, otras, y otras sectas, y así hasta el infinito…

Nos acusáis de perversos, porque matrimoniamos nuestros hijos a una edad temprana, muchas veces impubers, o aún neonatos; mas en ello ahorramos la pena que los sacerdotes hagan de la pederastía un secreto artículo de su particular fe.

Mienten quienes aseguran que nuestras fronteras se extienden sólamente desde Diarbekr, pasando por Bitlis y terminan en el Cáucaso, porque a estas alturas del tiempo discurrido, no hay ya límite alguno que nos encierre. En todos los países de la tierra están los nuestros hurgando basureros a cielo abierto, en busca de qué comer; habitando las márgenes de los ríos hediondos, pescando en las playas ahí donde el mar muere envenenado; mitigando su sed bajo la lluvia ácida.

Mentís al acusarnos de violentos! ¿Cuándo habéis visto gente nuestra azuzando alguna guerra de rapiña? O azuzando una guerra fraticida, tal cual las guerras con que vosotros, hijos de Adán, os aniquiláis mutuamente entre los mismos hermanos que sois, sin necesidad que venga a hacerlo algún enemigo externo…? Desde luego que hay, como en todo, excepciones, como el caso de esos tristes soldados , provenientes de un desconocido país centroamericano que se sumaron a los invasores de Irak; mas ellos no deben ser escarnecidos, pues antes que victimarios, son obedientes, y son de los que, refiriéndose a ellos mismos, dijo su compatriota, Escobar Velado: ”no saben siquiera de donde viene el semen de sus vidas inmensamente amargas”.

Tampoco somos misóginos. Lo que en verdad ocurre es que reconocemos en la infidelidad el peor de los vicios, y éste anida con gran facilidad en la mujer. ¿No fue Eva el germen de la perdición de la estirpe de Adán? Y no me refiero a la infidelidad de la carne, pues ésta es hasta cierto punto, subsanable mediante un justo arreglo económico; me refiero a la infidelidad a la tradición, que es imperdonable, porque significa la traición de el espíritu.

Apedrear a la traidora, en modo alguno es signo de crueldad; por el contrario es la más elevada muestra de piedad, puesto que la contundencia de la piedra de la tierra que es santa, no tiene otro efecto que inducir la mentempsicosis, que a su vez procura la purificación progresiva de un espíritu que ha cometido el terrible yerro de traicionar las costumbres de sus mayores.

Cada cierto tiempo se dá lapidación a una traidora entre nuestra gente, y solamente después de un juicio justo, en donde a la acusada se dá oportunidad de la defensa más efectiva que existe: el silencio! Quien mucho habla mucho yerra!

En cambio vosotros; podéis sacar la cuenta? ¿cuántas mujeres lapidáis en vuestros territorios, cada día que pasa?; porque lapidación no solo es la contundencia y el efecto de la piedra! Es lo mismo o peor, lapidar con la punta del zapato, o con los nudillos del puño, o con la punta de un cuchillo! No pocas veces, la contundencia de la sola mirada y de las solas palabras, conlleva mucho más crueldad que la inocente y callada piedra!

Nos acusáis de impiedad, porque yo Kazam Ahlik Ukbahr, cierto es que no vengo de visitar la tumba de mi hija Doaa Khalil, pues para nuestros muertos, cementerio y tumba es la tierra entera. Vengo en cambio de visitar el lugar donde fue restaurado el honor de mi casa, por la acción piadosa de las piedras.

Además, desde mucho antes cualquiera de los nuestros podía presentir que el destino de la carne y los huezos de ella, era servir de pasto a las aves carroñeras, y a los chacales montaraces, pues desde una edad muy temprana se mostró de risa fácil y alborotada. Mostraba más habilidad que los chicos para trepar un árbol, para cruzar un río, para escalar la montaña. Descuidaba los quehaceres de la casa, por jugar a la pelota con varones. Aprendió a leer y a escribir, sin necesidad que nadie le enseñara (siendo cosa prohibida a mujeres). Cierta mañana la sorprendí montando el potro garañón (lo cual es también prohibido a las mujeres), que yó mismo nunca pude domar. Tomaba el cuello del animal apaciblemete, le susurraba dulces palabras al oído, y la misma bestia le ofrecía el lomo para que ella saltara sobre él. No había pregunta para la que no tuviese respuesta, y siempre tenía respuesta para toda pregunta que se le hiciese; pero lo peor de lo peor que hubo en ella, es que a pesar de las enseñanzas y aprensiones de su madre, insistía en mirar abiertamente y con cierto desafío, las pupilas de los hombres…

… El pecado no existe, como no existen el bien ni el mal. Eso es un invento de los hijos de Adán. Sólo existe el error, esto quiere decir que las innumerables sectas vuestras, no son más, ni menos piadosas o justas, de lo que es la secta nuestra, la única diferencia está en que vosotros que decís ser el Poniente de la geografía, pertenecéis al Poniente de vuestro propio tiempo; y nosotros, que también nos ubicáis, como a otros de vuestros propios hermanos, al Levante de la geografía, pertenecemos en realidad al Poniente de los tiempos de vuestro propio mundo.

Lobo Pardo


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