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Nov
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Misoginia

Al reverendo y a los dos soldados que se negaron a interrogar a la mujer que el gran tribunal había puesto en sus manos, se les encarceló acusados de desobediencia. Fueron sustituidos por Friedrick Rute, clérigo misógino, homosexual, pero de comprobada fe, y dos psicópatas condenados a muerte que a su vez, esperaban su turno al patíbulo.

En su declaración, aquellos manifestaron que habiendo despojado de sus vestiduras a la mujer, para dar comienzo a la faena, cayeron en la cuenta que no era una diabólica bruja la que iban a maltratar, sino a la mismísima madre de Dios. No se atrevierona a revelar al tribunal que, una insólita fuerza les obligó a caer de hinojos ante la desnudez de la mujer. Le besaron los pies y le pidieron perdón con lágrimas en los ojos. Ella les miraba con una compasión infinita. El tribunal les envió a la cárcel, bajo el reconvenimiento reformista que María no fue madre de Dios, sino madre de el hijo de Dios. En el tribunal, el incidente no hizo otra cosa que aumentar la presunción de culpabilidad sobre la acusada.

Por fin, el 18 de junio de 1782, después de repetidas sesiones de interrogatorio que duraron días y noches, fue decapitada la bruja de Seenwald, en la comuna helvética de Glaris. Entre muchas otras cosas, se le acusó de provocar que vomitaran agujas e inducir extrañas enfermedades a toda persona que por alguna razón manifestara alguna antipatía hacia ella. Una de las afectadas era la señora Tschudy, madre de Anne Miggeli, y Susanna, dos de las cinco niñas a que servía de nodriza en casa de esa familia.

La denuncia ante el alto Domstol (tribunal), corrió a cargo de su patrón, el médico Johann Tschudy, quien mediante un confuso relato, refirió los hechos acusatorios con un lenguaje no del todo coherente, según aclaró en su testimonio, a causa de la misma maléfica influencia que ejercía sobre su persona la maldita bruja.

Ni el lenguaje, ni el relato son exclusividad del ser humano. Hay en la naturaleza, entre otros, el lenguaje de los delfines, los relatos de las abejas exploradoras, y los de los grandes simios, que asemejan en mucho las formas comunicativas de los bebés del género humano.

Y desde la perspectiva puramente humana, el relato no es en su carácter primigenio un género literario, sino una de las tantas manifestaciones del lenguaje. El origen del lenguaje responde a la necesidad de relatar.

El más insignificante de los seres humanos ha nacido al mundo para, cotidianamente relatar y ser relatado por sus semejantes. De ahí que las diversas formas de su forma escrita, no deberían servir para exacervar el alter ego de los autores que se enriquecen a partir de ser ungidos por un príncipe, por un rey o por un poderoso editor.

Cada vez que se relata un asunto coloquialmente o en forma escrita, recrea el arte de las muñecas rusas: queda circunscrito en el marco de una referencia anterior, parecida pero distinta. Es decir, el asunto se vuelve un relato dentro de otro, y éste a la vez encerrado dentro de algotro, y éste de otro, y de otro, y de otro, y así sucesivamente, con tendencia al infinito. Los más palurdos de mis compatriotas, observan el fenómeno y le llaman ”chambre” (chisme).

No hay aún consenso entre los filósofos de la filología, alrededor de que cada vez que se refiere un asunto, se purifica o se corrompe. Muchos de estos filósofos, sobre todo los cientificistas, niegan la existencia del fenómeno, y también lo niegan no pocos galardonados escritores monárquicos. Atribuyen el postulado anterior a un intento de serruchar el piso del puesto que ocupan en el mercado de las letras.

Lo cierto es que Anna Goldin era una mujer tímida, cuya silueta, estatura y grandes ojos glaucos, atraían poderosamente la mirada de hombres y mujeres, tal que la humildad tallada en ella por doscientos años de Reforma, le aconsejaba no esmerarse tanto en cuidar de su apariencia a fin de poder pasar lo más desapercibida posible entre sus coetáneos; consejo que siguió sin dificultad, porque pertenecía a la clase más pobre de la muy orgullosamente antimonárquica comuna Seenwald, Cantón San Galo, Distrito Werdenberg, Helvetia. Al pie de los montes Alpes.

Los que se rigen por la astrología creen ver en el mismo año que nació la Godin, presagios. En 1734 es derrotada Austria por Montemar en la batalla de Bitonto. En consecuencia España recupera Nápoles, y se reaviva la caza de brujas, no únicamente en las regiones católico romanas, sino también en las dominadas por la Reforma.

Este mismo año nace Caspar Wolf, quien va a rescatar de las garras inquisitorias, la nueva ciencia de la embriología. Se publican las obras de Voltaire.
En el mismo período de tiempo se dejan ver también, hechos funestos: muere Johann Dippel, quien asimismo había rescatado de la hoguera, las ciencias químicas; y mueren además Giovanni Ceva y Richard Cantillón que habían hecho lo propio con las matemáticas y la economía.

Con ciertos trucos de ventrolocución, inventados por ella misma, Anna Goldin aprendió a distorcionar el tono de su voz, porque descubrió que el auténtico timbre que salía de su garganta causaba un efecto narcotizante en quienes conversaban con ella, y les predisponía a cierta dependencia, de modo que de la primera vez que le escuchaban en adelante, con los pretextos más futiles, las gentes circunscritas a su simpatía, fuesen mujeres, hombres o niños, buscaban intercambiar palabras con ella, por el sólo hecho de percibir la vibración de sus cuerdas vocales.
Del mismo modo evitaba a toda costa el contacto visual con sus interlocutores. Sus ojos eran grandes, muy grandes, y brillantes. Cuando se concentraban en un objeto, sin perder su serena belleza, parecían salir de sus cuencas. Se dilataban y contraían sus pupilas, como las de una gata en cacería. En el transcurso del día ambos iris experimentaban absolutamente todas las tonalidades y mezclas del azul, según el ángulo en que recibían la luz.

El contacto visual de Anna Goldin más bien causaba en sus interlocutores un efecto hipnótico. En ésto, a su entera voluntad jugaba el papel de madre, cariñosa o autoritaria; y quien o quienes interactuaban con ella, se predisponían al papel de chiquillos obedientes, caprichosos, o bien, sumisos, según Anna insinuara. Era un juego que en lo posible, evadía, y por eso rehusaba mirar directamente los ojos de quienes con ella conversaban.

Las palmas de sus manos, poseían don sedativo y curativo; pero muy pocos sabían de ello, porque a la misma Anna Goldin asustaban sus particularidades; le llenaban de temor y humildad, no le interesaba dinfundirlas. Poseía también el don del convencimiento; los pocos que conocían sus dotes, guardaban con ella, el secreto.
Y los pocos hombres y mujeres que tuvieron alguna vez el privilegio de poseer su cuerpo, besarle la boca, o simplemente, atestiguar alguna vez su desnudez, jamás volvieron a recuperar el equilibrio emocional, para siempre.

Dio un hijo ilegítimo al rico comerciante Jakov Rhodumer, estando al servicio de su casa. Este fue arrastrado por la ruina cuando Anna Goldin dejó ese empleo, para pasar a servir, mejor remunerada, en casa del jurista Karl Zwicky, a quien dio dos hijos asimismo ilegítimos. Zwicky cayó en la locura cuando la Goldin dejó su casa para pasar a servir en la del médico Johann Tschudy, padre de cinco niñas, quien la sedujo con la promesa de una mejor paga.

Era el tiempo en que la nigromancia, la presdigitación y la medicina, significaban para no pocos médicos, ramas de una misma raiz, por lo que Johann Tschudy, en potencia, era capaz de hacer aparecer y desaparecer objetos a voluntad, de y en los lugares más insólitos. De el oído de un niño, podía, por ejemplo, si alguna vez hubiese querido, extraer un huevo de gallina, una moneda de papel, o de metal; o cualquier otra cosa…

De las prácticas nigrománticas y presdigitadoras de Johann Tschudy, sin embargo, sus pacientes, sus hijas, ni su misma esposa, eran sabedores. Tal circunstancia se deduce de el hecho que el Tagsatzung (parlamento de confesión reformista), del Orte (la ciudad), con el objeto de separar la superchería de la medicina, y redimir esta ciencia a favor de la Reforma, castigaba tales prácticas con la hoguera.

De las cinco hijas del médico, la sirvienta cobró un mayor afecto por las menores, Anne Miggeli y Susanna, (ocho y siete años, respectivamente). Se tornó inevitable que manifestaran esas chicas más lealtad y fervor a la nodriza que a su propia madre.

A Johann Tschudy comenzaron a posesionar extraños espíritus, desde que Anna Goldin se mostró invulnerable a los conjuros nigrománticos que él lanzaba hacia ella desde cualquier rincón de la casa, incluso penetrando, amparado por las sombras de la noche, a la alcoba de la sirvienta. Pasaba horas de pie, contemplando la oscura silueta de ella sobre la cama, como paralizado. Una poderosa e invisible fuerza le impedía asaltarla.

Según la nigromancia negra, la muerte no es castigo, si sucede en ausencia de sufrimiento; el castigo está en la agonía prolongada y dolorosa.

Cuando Anna Goldin, exenta de todo atractivo sentimental hacia su patrón y atemorizada por tal extraño comportamiento, hizo saber a éste que dejaría el servicio de su casa para pasar a servir a Klavsen Eschen, igualmente médico y más joven que él; fue entonces que de Johann Tschudy hizo presa, también, el tenebroso espíritu de la misoginia.

Lobo Pardo


1 Response to “Misoginia”


  1. 1 Sonia Ramirez
    november 26, 2013 kl. 9:07 f m

    Lobo Pardo: Una entrega bien lograda.

    Sonia


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