20
Dec
13

Los adivinos

I
Tortuosa resultó la ruta de Venecia a Kambaluk, capital del gran Khanato de Kublai. Mucho antes de alcanzar su meta, penetraron una urbe de cuya existencia y nombre se enteraron por el camino. Avanzaban con paso cansado, los tres, hacia la dirección que les habían señalado diversos transeuntes a la pregunta de una posada en donde pernoctar con su recua de mulas.

Yendo hacia allá se toparon con un muy antiguo mausoleo derruído por el tiempo. Les llamó la atención porque se dejaba adivinar cierta grandeza en el trazado de sus apenas perceptibles líneas arquitectónicas. Era la tumba común de tres notables. Los lugareños no pudieron responder a la pregunta, ¿quiénes eran?
En los bordes de las cornisas había una historia inintelegible dado lo borroso de los signos y de la escritura tan antigua como desconocida.

Ellos tres, padre, sobrino y tío, que en su la amplia gama de facultades estaba la arqueología, se detuvieron con entusiasmo a pesar del cansancio. Largas horas examinaron el ignoto monumento que erosionaban irreversiblemente, el cálido viento arenoso llegado del desierto, infrecuentes lluvias y el tiempo inexorable.
Presintiendo el atardecido, hambrientos, sedientos; con el vacío de no poder acceder a la información que deseaban, abandonaron el objeto de su curiosidad y continuaron hacia el hostal en donde mediante un dinar de oro tuvieron alojamiento y comida para ellos y la recua.

Un viejo muy viejo, de piel apergaminada, barba hirsuta y descuidada, encorvado de tal manera que se obligaba al auxilio de un cayado para caminar, se dirigió a ellos aceptablemente en el dialecto turco-persa-mongol que en esa región predominaba. A cambio de ser convidado a cenar, relataría lo que él sabía acerca de lo que ellos querían saber.

Con el primer cuenco de vino con que fue servido, se entregó el viejo a su labor:

II
No hubo minuto o segundo antes de caer vencidos por agotamiento o sueño, a lo largo del camino que les llevaba de regreso a su punto de partida, que cesaran en deliberar sobre la mejor manera de lograr, cediera la cerradura, de la pequeña caja de madera con que a la vez, habían sido ellos (los que yacían en el mausoleo), agasajados en la remota aldea que venían de visitar.

La caja continuaba sin poder ser abierta, cuando arribaron de nuevo a ese punto de partida.
Transcurría exactamente el séptimo día que estaban de regreso en el monasterio de Saba. Tan entregados a la diminuta caja que cerca de la media noche, la tea que les alumbraba terminó de arder y se apagó.
La oscuridad que cayó sobre ellos, redujo aún mas su vana esperanza.

Uno de ellos abandonó el trío hacia echar mano a una antorcha nueva. Rodeado por la oscuridad, tropezando en taburetes se dirigió al pebetero del presbiterio.

¡Santo cielo! ¡Estaba apagado! La brea que le hacía arder también se había consumido en su totalidad.
El intenso debate les había hecho perder la noción del tiempo. Olvidaron alimentar debidamente la sagrada flama.

El pedernal estaba en su lugar; mas no había yesca consagrada.
No había forma de reencender hasta que llegase la claridad del día.

No era simple el hecho. El presagio podría ser infausto. Era el fuego sagrado. Podría significar la muerte de la fe que ardía en la conciencia de creyentes innumerables desparramados por el mundo.
Salieron hacia afuera a continuar su empeño bajo la luna llena.

La obstinación que les subyugaba no resultó en vano porque al fín saltó el diminuto cerrojo. Se abrió la pequeña caja y se dejó ver en su interior un guijarro.
Lo examinaron a la luz de la luna.

No era un guijarro noble, era un guijarro más corriente que común.
Lo acercaron al broquel del pozo para estudiar su reflejo en el agua.
Hubo un descuido. El guijarro cayó a lo profundo. Del fondo del pozo surgió una columna de fuego, tan alta que se perdía en el cielo.

Corrieron hasta el almacén. A tientas encontraron una tea. Regresaron. Encendieron la tea en la columna de fuego.

Se llenaron de regocijo. El presagio no resultó funesto.
El fuego sagrado resurgía de nuevo y quizás para siempre.
Concluyó así todo un ciclo de ayunos, peregrinaje y penitencia.

Convocaron a los acólitos a la tarde del siguiente día. Sirvieron una mesa recatadamente modesta pero con ricos manjares suficientemente rociados con el mosto fermentado del fruto de la vid.
Era una mesa tendida al ras del suelo. Los comensales sentados en mullidos cojines.
Dieron gracias al supremo hacedor por hacerles accesible el comer y el beber.
Tendieron sus manos hacia las viandas.

Los relatos, conversaciones y argumentos que surgían abundantes alrededor de esa mesa, retrocedían en el tiempo a fin de traer a la memoria, lo que antes había acontecido.

III
Llegó el tiempo en que el fuego entregado por la estirpe de Prometeo a la primera generación de esos hombres, languidecía como una brizna prendida.

Convocó el gran vidente de Persia. Envió mensajeros en caballos veloces.
Cada uno de los dos destinatarios recibieron el mensaje sin contratiempos.
El momento de echarse al camino había llegado. Hubo en ellos alborozo.

Emprendió hacia el norponiente el gran nigromante del Indostán.

Atravesó el Nilo antes del Mar Rojo y enrumbó al oriente el gran estrellero de Guiza.

Se reunieron en Saba los tres y descendió sobre ellos el espíritu, entonces se regocijaron.
Ayunaron siete días. A punto de desfallecer rompieron el ayuno. Se alimentaban únicamente de dátiles y almendras que les servían en un cuenco de greda los acólitos. Pasado el ocaso se entregaban a auscultar el oscuro vientre de la noche.

Mostró el gran estrellero su gran invento a los otros dos.
Ese cristal de topacio pulimentado con arena del desierto resultó de auxilio extraordinario. Se maravillaron.
Y vieron.

Conjugaba la constelación del Águila con el Arado y la Tórtola.
–Es un rey –dijo el gran estrellero de Guiza.
Volvieron a escudriñar.
–Es un hombre humilde –rebatió el gran nigromante del Indostán.
–Es un dios –agregó el gran vidente de Persia. En ésto, multiplicó por tres la duda, la refutación, el debate que había en el ánimo de ellos.

Cada objeción era precedida de rigurosa argumentación y sucedida de una proposición. Tal procedimiento no impidió surgieran nuevas dudas.
A fin de fortalecer el espíritu y el entendimiento, volvieron a ayunar.

A la observación del cielo nocturno no interrumpía ninguna circunstancia. Intercambiaban entre sí el topacio; del gran estrellero invento.

Rompieron el ayuno para retomar el debate.
A la decimo quinta noche del cónclave, puntualmente, según la unánime predicción apareció el cometa al oriente. Apuntaba al occidente. No había consenso en lo esencial, pero hubo concordancia en seguir el rumbo que señalaba el meteoro.

–Si es hombre, tomará la mirra que le mostraré –advirtió el gran nigromante.
–Si es rey –echará mano al oro que pondré delante de él –afirmó el gran estrellero.
–No obstante, si es dios, preferirá el incienso que pondré a su alcance –replicó el gran vidente.

Emprendieron camino hacia donde señalaba el astro luminoso.
Interminables; eternas se volvíeron las jornadas. Sin apartar los ojos del cielo ayunaban para fortalecer el espíritu; rompían el ayuno para fortalecer el cuerpo y retomarlo de nuevo más adelante.
Habían perdido conciencia del tiempo transcurrido.

Atravesaron extensos territorios de disímiles idiomas, pero ellos poseían el don de lenguas. Al fin y al cabo todas las lenguas del mundo pertenecen a una misma raíz.

La región que marcaba su destino se volvió remota. Hablaban un dialecto semítico. La estrella se detuvo en las afueras de una aldea de pastores. De ella descendió un haz de luz hasta posarse sobre una gruta.

La cueva servía de establo. Había un tumulto de corderos, un asno y un buey. Iluminaba el interior una tea encendida en la entrada.

Al fondo había un pesebre. A la par del pesebre, sentada sobre un taburete, amamantaba una mujer al recién nacido. Cerca de ella discutía un pastor con el padre de la criatura.

Los extranjeros pidieron entrar.

–¿Qué os trae? ¿A qué venís?
–Es una estrella que nos guía. Hemos venido a saludar al niño.
–Como véis, no hay espacio suficiente.
–Cierto, entraremos uno a uno.

Entró el gran vidente convencido que saludaría a un dios. A medida que avanzaba hacia el crío, corrió el tiempo con celeridad tal que, al llegar frente a él le vió adulto y barbado. La turbación le empujó a regresar sobre sus pasos sin saludar. Se vió impedido de articular palabra alguna.
Ocurrió lo mismo al gran nigromante y al gran estrellero.

Fuera de la cueva deliberaron, echaron suertes. La suerte aconsejó entraran los tres juntos.
Entraron a la vez. Entonces vieron al chico tal cual era.

Pusieron tres pequeñas cajas de madera con las tapas abiertas sobre la paja que cubría el suelo. Al interior de cada caja habían depositado, cada uno de ellos, su ofrenda.
–Escojerá una sóla de las tres –advirtieron.

Colocó la madre al crío sobre el suelo. Hacia allá se dirigió éste a gatas. En posición de sentado, con un rápido y solo movimiento, abarcó las tres cajas y las colocó en su regazo.

El niño que también poseía el don de la presdigitación, hizo aparecer una aún más pequeña caja, también de madera, cuya tapa aseguraba un diminuto cerrojo de hierro complicado de abrir. La entregó a los visitantes.

En nombre de los tres, aceptó el obsequio el gran vidente y lo guardó en su morral.
Los extranjeros salieron hacia afuera. La noche estaba alta. La estrella se elevaba y regresaba hacia el oriente.
–¡Ha tomado las tres ofrendas en lugar de una!
–¿Entonces?
–¡Es hombre, rey y dios! –propusieron, acordaron; lo dieron por cierto y juraron.

Emprendieron el camino de regreso.

Intentaron, antes de separarse, abrir la cajita conque habían sido obsequiados a fin de atestiguar su contenido. Tantearon repetidas veces hasta la fatiga. Utilizaron todos los medios pero resultó imposible.

El intento se volvió insoluble. Propusieron entonces emprender juntos de nuevo el camino hasta Saba.
Así lo hicieron.

Su atención se desconcentró del cielo para fijarse en el modo de acceder al interior del pequeño recipiente de madera.

Las estrellas decían que no se separarían más luego de culminada la concelebración del último de sus actos: reencender el fuego de Zoroastro; pero ellos se mostraban ausentes de la lectura del firmamento.

IV
Los venecianos que habían contratado al contador de historias no profesaban religión alguna. Ellos creían en el comercio justo y la aventura.

A la relación que habían escuchado clasificaron en el género del relato fantástico.

El comerciante embaucador, según ellos, es incapaz de recorrer los caminos. Y si se atreve, arrostrará un peligro mortal a cada paso, no así el comerciante justo.

Obsequiaron un dinar de bronce al viejo, y se dispusieron a descansar.

Al día siguiente reemprendieron el imprevisible camino hacia el lejano Kambaluk.

Cuando hubo de suceder la conversión del viejo calendario Juliano al Gregoriano, no fueron pocos quienes se atrevieron a insinuar que los venecianos pernoctaron en Saba, el 24 de diciembre, un incierto año del siglo XIV.

Lobo Pardo


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