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Paladines de la Libertad

Contrariado por un debate que se generalizó, en el que él era el único protagonista de ciertos desacuerdos, el hijo del rey abandonó la enorme mesa del comedor, alrededor de la cual se había reunido a cenar su numerosa parentela. En sus aposentos se vistió uniforme militar, de su armería particular extrajo una subametralladora Uzi, un fusil de asalto M16, numerosa munición, y regresó. Sus parientes habían abandonado el comedor y se encontraban charlando, esparcidos por diferentes salones del palacio en pequeños grupos. Encontró a su primo Ketaki. Endilgó el fusil hacia él. –Qué haces? –le inquirió éste–, no me reconoces…? Soy tu primo! La contestación fue un disparo en mitad del pecho.

A la detonación, acudieron curiosas un gupo de mujeres, primas todas de él, y Kumar, marido de Sharada. Dipendra los ametralló a todos. A paso lento se dirigió a los aposentos del rey. En eso se encontró con el rey mismo y a su hermano Niraján. Los ejecutó a los dos sin mediar palabra. Al comprobar que su padre estaba muerto, dio media vuelta y se dirigió a la salida del palacio. A su paso seguía disparando a cualquiera de sus parientes que cruzara por enfrente. Salió al jardín. Su madre, la reina Aishwarya y la menor de sus hijas le siguieron, trataron de darle alcance para intentar devolverlo a la calma. Volvió hacia ellas, rodilla en tierra les disparó. Antes de seguir adelante se detuvo a verificar la muerte de ambas. Su hermana menor aún respiraba. La remató con un disparo en la base occipital. Caminó hasta el centro del jardín, lanzó un grito desesperado hacia un cielo cerradamente negro en donde no alumbraba el mínimo lucero. Acto seguido se disparó a si mismo en la sien. Habían transcurrido unos quince minutos, las tropas comenzaban a rodear el palacio. Eran nueve los muertos; cuatro los heridos graves sobre los mármoles ensangrentados.

Dipendra Bir Bikram Shah no era un príncipe de cuento, lo era de carne y huezo, para él estaba disponible siempre el mejor de los bocados, lo tenía todo y heredaría el trono real; sin embargo le rodeaba la indiferencia, la soledad; la marginación. Tan falto de calor como el más desventurado de los seres humanos era el hijo del rey. Mitigaban su soledad, ordenadores, consolas de videojuegos, pistolas, fusiles, revólveres, y uniformes militares. Compañía y consuelo encontró en esos elementos, desde la temprana infancia hasta la pubertad. En una pared de su dormitorio sobresalía enorme un cartel con la figura de Terminátor, asesino engendro de la ficción y la tecnología. Todos los días ante el espejo, Dipendra intentaba imitar la mirada y los gestos de Terminátor. Los más ilustres maestros del reino le instruyeron en terrenos de la ciencia, la historia, la música y la política. De las producciones fílmicas aprendió lo efímero que resulta la vida ante el poder de las armas, y la eficacia de un experto tirador. En el manejo de las consolas de videojuegos desarrolló la mortífera habilidad de alcanzar el objetivo, a través de eliminar los obstáculos interpuestos de un certero disparo.

El fenómeno ha masificado. Semejantes a clones de reproducción en serie, salen a la calle cada día miles y miles de miradas angustiadas como la de Dipendra, con los mismos gestos asesinos de Terminátor. Se dirigen a acometer la cotidiana tarea de mitigar su soledad disparando sobre aquellos con los que compartieron quizás la misma infancia, la misma escuela, el mismo barrio, a lo mejor el mismo techo; hacia aquellos que amamantó el común pecho materno.

A diferencia de aquél, estos no son príncipes, sino, esclavos de la muerte, sujetados a la voluntad de una mísera ganacia. Lo que compara a Dipendra y a éstos, es el instinto asesino que les vino a través del abandono, de la violencia de las producciones fílmicas, de las consolas de videojuegos y la mirada asesina de Terminátor.

Necesario es que prospere el mercado de las armas, afirman políticos y mercaderes, de este mercado depende el sustento de numerosas familias en el mundo entero, dicen.

Dicta la filosofía del poder: es bueno que existan, se preserven; se reproduzcan ciertas especies de la raza human: verdugos, sicarios, tiranos…; que alejen al pueblo del caos; de la ingobernabilidad.

Hubo en la gran nación del norte un chico cuyo mayor sueño fue llegar a ser cow boy de telenovelas. Viviendo como era en un país de sueños, logró el objetivo. El caprichoso destino, no obstante, tenía deparado para él insospechados designios. Llegó a ser presidente de presidentes del mundo entero. Tal acontecimiento nunca había soñado.
Ya en posesión de su alta investidura, tal como el príncipe Dipendra
vistió en su día; vistió tal presidente con uniformes de soldado a miles de mentes alienadas, puso en sus manos todo tipo de armas y les lanzó a la matanza diciendo: vosotros sois paladines de la libertad.

Lobo Pardo


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