09
Mar
14

Las sectas (en el día internacional de la mujer)

I
Antes de ayer, poco antes de la hora del almuerzo, abandoné la casa de mi prima Zahayé, después que habíamos bebido el té. Ante ella había desnudado todos mis sentimientos. No escatimé ni uno sólo de mis secretos. Cuando ya había andado buen trecho, corrió tras de mí hasta alcanzarme. Me tomó del brazo con desespero. Volteé hacia ella. Su pecho se agitaba violentamente. Me miró horrorizada a los ojos y me dijo en un grito contenido para que nadie más oyera: -Doaa Khalil! En el fondo de la taza en que bebiste, según la posición en que quedaron las hojas del té, se puede leer claramente: una negra vorágine se interpone en el camino que llevas!

No debo negar que al principio, también me invadió el terror, pero tras la sorpresa inicial, se posesionó de mí cierta sublime serenidad, como cuando se bebe el té del bulbo de las amapolas, y pude responderle a Zahayé Jalil: -dos cosas debes tomar en cuenta: una es que el destino es imposible de evadir; la otra es que, si por algún brusco movimiento involuntario se mueven las hojas del té que quedan en el fondo de la taza, entonces esas hojas no dirán la verdad!

El fogón cocinaba un caldo de lentejas, y el pequeño Sahald quedaba solo. Sin que su rostro abandonara la mueca de terror dedicó Zehayé una mirada compasiva hacia mí, agachó la cabeza y se volvió corriendo con la vista fija en el suelo. Corría, volteaba a verme y volvía a correr. Llegó a la entrada de la casa; su cuerpo entró, pero su ojos quedaron en el quicio de la puerta, desde donde me miraban insistentemente hasta que me perdí de vista.

Jamás he menospreciado, como más de alguno de mi propia casa da a entender, la tradición ancestral trasmitida a mí por Aswad Khalil, mi madre. Ella dice que me está prohibido mirar directamente los ojos de los hombres que no pertenecen a mi casa. –¿Qué he de hacer para vencer la tentación? –he preguntado.
-Piensa siempre en la última consecuencia –dice ella.
También me ha aleccionado acerca de la infinita trascendencia que hay en saber escuchar la voz con que nos habla el corazón.

La última consecuencia sólo puede ser, la verdad, la mentira o la muerte. De ellas únicamente la mentira es infausta.

No recuerdo qué día me dijo el corazón: -mira a los ojos a Ahamedmaiá! Le miré; él me miró, y desde entonces, ni él ni yó podemos dejar de mirarnos directamente a los ojos. Ahamedmaiá no pertenece ni a mi mundo, ni a mi tradición, ni a mi casa. El día es cada vez más cercano en que yo repudie mi mundo, encambio me acoja, al mundo de él, a su libro, a su tradición, y me convierta en una de sus esposas, él podrá protegerme de cualquier negra tempestad que se interponga en mi camino.

II
Es irrefutable desde todo punto de vista que sólo hay dos mundos posibles: nosotros, y el resto de los hombres. Me apego al estricto sentido del término, en el entendido que la mujer es un apéndice del hombre. Una simple costilla, según vosotros.

Atributo vuestro es la confusión. Nos ubicais al levante del mundo, aunque las primeras luces del alba nos lleguen a nosotros desde el rumbo de vuestra ubicación geográfica. Pero haceis lo justo ubicándoos al poniente, porque es verdad, pertenecéis al ocaso de los tiempos, pues cuando hayais consumado vuestra fatídica obra; los mares de la tierra sean ciénagas putrefactas, todo verdor haya perecido; entonces será el tiempo de nuestro porvenir.

…Hoy es el tiempo de los seres que alimentamos nuestros estómagos con viandas cultivadas en campos irrigados por el uranio de vuestras bombas y vuestros pesticidas . El tiempo de los que justo ahora nos alimentamos con peces que capturamos en ríos infectos del mercurio que habéis vertido en sus aguas. El devenir de los que hoy bebemos agua contaminada de heces fecales, y desechos industriales. El porvenir de los que respiramos las emanaciones tóxicas de vuestras fábricas, automotores y basureros; de los que nos medicamos con vuestros compuestos adulterados. En fin, el tiempo de aquellos que adaptados a todo tipo de venenos (lo que no te mata te hace más fuerte!), sobreviviremos a la hecatombe universal con que nos regaló el prometedor futuro de los hijos de Adán.

Nos calificáis de secta!… Y no lo negamos, porque somos el privilegiado grupo que sobrevivirá para contar al futuro esta nefasta historia que habéis escrito vosotros.

Pero porqué renegáis de reconocer vuestras propia sectas? Acaso vuestros conglomerados no son conjuntos de sectas innumerables? … Cada Estado, cada país, cada religión, cada empresa, cada partido político, es una secta. Igual que las muñecas rusas, dentro de cada secta otras sectas, y dentro de éstas, otras, y otras. Así hasta el infinito…

Nos acusáis de perversos, porque matrimoniamos nuestros hijos a una edad temprana, muchas veces impubers, o aún neonatos; mas en ello ahorramos la pena que los sacerdotes hagan de la pederastía un secreto artículo de su particular fe.

Mienten quienes aseguran que nuestras fronteras se extienden sólamente desde Diarbekr, pasando por Bitlis y terminan en el Cáucaso, porque a estas alturas del tiempo discurrido, no hay ya límite alguno que nos encierre. En todos los países de la tierra están los nuestros hurgando basureros a cielo abierto, en busca de qué comer; habitando las márgenes de los ríos hediondos, pescando en las playas ahí donde el mar muere envenenado; mitigando su sed bajo la lluvia ácida.

Mentís al acusarnos de violentos! ¿Cuándo habéis visto gente nuestra azuzando alguna guerra de rapiña? O azuzando una guerra fraticida, tal cual, las que vosotros utilizáis para aniquilaros mutuamente entre los hermanos que sois, sin necesidad que lo haga algún enemigo extranjero…?
Desde luego! Hay, como en todo, excepciones. Es el caso de esos tristes soldados , provenientes de un desconocido país centroamericano sumados a los invasores de Irak, y luego venidos acá para instruír traidores. Mas ellos no deben ser escarnecidos, pues antes que victimarios, son obedientes; pertenecientes a lo que refirió su compatriota, Oswaldo Escobar Velado: ”no saben siquiera de donde viene el semen de sus vidas inmensamente amargas”.

Tampoco somos misóginos. Lo que en verdad ocurre es que reconocemos en la infidelidad el peor de los vicios, y éste anida con gran facilidad en la mujer. ¿No fue Eva el germen de la perdición de la estirpe de Adán? No me refiero a la infidelidad de la carne, pues ésta es hasta cierto punto, subsanable mediante un justo arreglo económico; me refiero a la infidelidad a la tradición, que es imperdonable, porque significa la traición al espíritu del conglomerado.

Apedrear a la traidora, en modo alguno es signo de crueldad; por el contrario es la más elevada muestra de piedad, puesto que la contundencia de la piedra de esta tierra que es santa, no tiene otro efecto que inducir la mentempsicosis, que a su vez procura la purificación progresiva del espíritu que ha cometido el terrible yerro de traicionar las costumbres de sus mayores.

Cada cierto tiempo se dá lapidación a una traidora entre nuestra gente, y solamente después de un juicio justo, en donde a la acusada se da oportunidad de recurrir a la defensa más efectiva que existe: el silencio! Quien mucho habla mucho yerra!

En cambio vosotros; podéis sacar la cuenta? ¿cuántas mujeres lapidáis en vuestros territorios, cada día que pasa?; porque lapidación no solo es la contundencia y el efecto de la piedra! Es lo mismo o peor, lapidar con la punta del zapato, o con los nudillos hechos puño, o con la punta de un cuchillo! No pocas veces, la contundencia de la sola mirada y de las solas palabras, conlleva mucho más crueldad que la inocente y callada piedra!

Me acusáis de impiedad, porque yo Kazam Ahlik Ukbahr, cierto es que no vengo de visitar la tumba de mi hija Doaa Khalil, puesto que para nuestros muertos, cementerio y tumba es la tierra entera. Vengo en cambio de visitar el lugar donde fue restaurado el honor de mi casa, por la acción piadosa de las piedras.

Además, desde mucho antes cualquiera de los nuestros podía presentir que el destino de la carne y los huezos de ella, era servir de pasto a las aves carroñeras; a los chacales montaraces, pues desde una edad muy temprana se mostró de verbo locuaz, de risa fácil y alborotada. Mostraba más habilidad que los chicos para trepar un árbol, para cruzar un río, para escalar la montaña. Descuidaba los quehaceres de la casa, por jugar a la pelota con varones. Aprendió a leer y a escribir, sin necesidad que nadie le enseñara (siendo cosa prohibida a mujeres). Cierta mañana la sorprendí montando el garañón (lo cual es también prohibido a las hembras), que yó mismo nunca pude domar. Tomaba el cuello del animal apaciblemete, le susurraba dulces palabras al oído, y la misma bestia le ofrecía el lomo para que ella saltara sobre él. No había pregunta para la que no tuviese respuesta, y siempre tenía otra pregunta a toda respuestan que se le diese… Pero lo peor de lo peor que hubo en ella, es que a pesar de las enseñanzas y aprensiones de su madre, insistía en mirar abiertamente; con descarado desafío, las pupilas de los hombres…

… El pecado no existe, como no existen el bien ni el mal. Eso es un invento de los hijos de Adán. Sólo existe el error, esto quiere decir que las innumerables sectas vuestras, no son más, ni menos piadosas o justas, de lo que es la secta nuestra, la única diferencia está en que vosotros que decís ser el poniente de la geografía, pertenecéis al poniente de vuestro propio tiempo; y nosotros, que también nos ubicáis, como a otros de vuestros hermanos, al levante de la geografía, pertenecemos en realidad al poniente de los tiempos de vuestro propio mundo.

Ahora vete! Id por el mundo y predicad la verdadera fe que aquí habéis atestiguado! –dijo Kazam Ahlik Ukbahr luego que sus contables le informaran que el dinero del rescate cuadraba con lo exigido.

Emvuelta la cabeza y el tórax con gruesas mantas, a la uzanza de los lugareños, comenzó Jonathan Smith a bajar por las faldas Naochak. Las amapolas estaban al rojo vivo, lo cual confería una belleza indescriptible a la montaña. Caminaba escoltado por dos combatientes de mediana edad que nunca habían recortado sus barbas. La corriente de aire llevó hasta él el inconfundible olor del papel quemado y volteó hacia su punto de partida.

“¡Y no vuelvas a ver hacia atrás!” gritó Kazam mientras azuzaba con una vara el Libro de Mormón entre las llamas de la hoguera “¡No vaya a ser que te suceda lo que a la mujer de Lot!” espetó.

Lobo Pardo


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