05
Apr
14

El rimero

Según el diccionario de la lengua, el substantivo ”rimero”, significa una pila de cosas; de cualesquiera cosas

Entre las gentes donde el alimento principal es el maíz, cuando se dice simplemente, rimero, sin que se explique de qué, se sobreentiende que se alude a un rimero de tortillas. Y cuando se dice tortilla, sin explicar de qué, se sobreentiende, tortilla de maíz.

Estas gentes a la hora de la comida, pueden ingerir cualquier otra vianda, sea carne, lácteos, pescado o legumbres, pero si no han tomado su tortilla de maíz, es que no han comido. La comida es la tortilla, lo otro es el “conqué” (lo que acompaña a la tortilla); por eso cuando estos hombres y mujeres salen de su casa hacia una tarea que no debe quedar sin hacer, es ineludible que lleven con ellos, en una matata, un rimero, para que no se diga que por hambre dejó sin hacer aquello que debía.
La matata es jarcia indígena, consistente en una red en forma de nido de chiltota, que se estila colgada al hombro, o puesta en bandolera.

Es conocido cuando uno de estos hombres se conduce o nó, con cierta tregua y alguna indulgencia a esperar en un punto del camino, a un enemigo, con intención de encararlo o emboscarlo. La diferencia está en que cuando se va a esperar al enemigo sin intención de tregua, y sin indulgencia alguna, es de llevar en la matata, un rimero de tortillas envueltas en una manta, para que no se diga después que por hambre se abandonó el punto de espera.

De haber Carlos Darwin observado con más detenimiento el comportamiento de la sociedad humana, no le hubiese sido necesario arriesgarse hasta las islas Galápagos, para, estudiando ahí la conducta de la fauna, enunciar la ley de la sobrevivencia.

Hoy día es aconsejable a quien ponga en duda el enunciado darwinista, se coloque a la observación de cómo se dirimen los asuntos de la propiedad y los derechos, ahí donde cada año la tierra es más reseca, produce menos; es cada vez más escasa y contaminada de agroquímicos.

El agrupamiento de los hombres es de importancia vital. Aquellos seres nacidos bajo el signo de la permanente crisis de identidad y carecen hasta de la noción de su propio nombre, se agrupan en pandillas, bandas o maras, bajo la férula de un cacique, que debe ser el que tenga la menor, o mejor aún, nula noción de lo que son escrúpulos o moral. Tal cosa es para ellos, la auténtica fortaleza del individuo.

Hay otros a los que la normalidad de la especie humana les agrupa alrededor de un apellido que se vuelve vasto signo de identidad patriótica. Para éstos, el que el centro del apellido vital sea ocupado por un patriarca o una matriarca, es irrelevante.

Entre estas tendencia gregarias media talvez mínima, o quizás ninguna diferencia sentimentalmente cualitativa, en el marco de cierta guerra de baja intensidad de todos contra todos que prevalece en el ámbito, sin árbitros, sin leyes, sin pactos, sin acuerdos, sin treguas, con cualquier tipo de armas, y donde es válido todo medio posible a fin de alcanzar el objetivo. He ahí que el Estado, incapaz de imponer autoridad, al margen de su propia ley, se vuelve una más de las innumerables partes en contienda.

Se torna aproximadamente entendible pues, la cadena de acontecimientos que desembocaron en la muerte de Remigio a manos de un grupo de soldados en licencia, Sucedió pocos días antes de la misteriosa lluvia de perdigones que convirtió en viuda a Ernestina Canales; quince días después de lo cual sucede la muerte del primogénito de Remigio, Zenobio, a manos de otra pandilla diferente, cuyo jefe, se supo posteriormente, era a la vez jefe de la división antinarcóticos para la zona fronteriza.

De tales acontecimientos hallaríamos pistas treinta años atrás, cuando la hoy viuda tuvo la audacia en la flor de su juventud de, primero dar a probar de sus mieles antes de hablar de matrimonio. Degustada la virginal sabrosura de Ernestina, declinó Remigio sin embargo el honor, en favor de Romilia Pérez con quien procreó vasta prole.

Ante el gañán, la orgullosa Ernestina no se mostró excesivamente ofendida, pero ante el santo de su devoción, cada noche, aún despues de casada, antes de acostarse prendía velitas y en silencio, exigía una venganza que tardó mucho tiempo en llegar, pero que al fin y al cabo, llegó.

Hay un tramo del cercado que separa los terrenos de Remigio y los de Ernestina. Se parte de este modo en dos el potrero y una charca que hace las veces de abrevadero.
A un mes de cesada la estación lluviosa escaseaba menos el pasto y el agua en la parte de Remigio, que en la parte correspondiente a Ernestina. Cayendo la tarde unas cuantas vacas flacas mugían de hambre y de sed de un lado, y respondían otras cuantas vacas menos flacas, pacienzudamente con mugidos de no tan convincente plenitud, al otro lado de la cerca.

Los acontecimientos precipitaron.
Esa mañana el tramo del cercado que divide potrero y charca amaneció en el suelo y las vacas de Ernestina pastando y bebiendo, alegremente entreveradas al ganado de su vecino. La cerca permaneció en el suelo tres días, no porque a Remigio le fuese indiferente, sino porque esperaba que quienes la habían derribado la pusieran de nuevo en su sitio, y pidieran disculpas.

Como nadie se presentó a reparar ni a presentar disculpas, se apersonó él mismo a la cabeza de unos cuantos peones, todos apellidados Gómez, a arrear el ganado ajeno hacia el otro lado, reparar y reforzar el cercado. En eso estaban cuando se hizo presente Ernestina con unos cuantos jinetes, todos apellidados Canales, para disculparse que su ganado haya derribado la cerca, seguramente empujado por el hambre y la sed. –El ganado no derriba cercas con machete! –contestó secamente Remigio.

Pidió la patrona al ofendido, le alquilara potrero dado que su hato peligraba perecer antes que ella pudiese adquirir pienso y agua. Contestó el interpelado que ni el agua ni el pasto aún en existencia eran suficientes para sus propios animales. Cambiando tema dijo Ernestina que de las reses regresadas a su terreno, se notaba la falta de dos vaquillonas y un becerro. Remigio contestó que ella y sus hombres podían ingresar a este lado de la cerca y buscarlos por todo el potrero, incluso más allá.
No ingresaron los aludidos, pero antes de marcharse la patrona pidió a su contraparte, el favor que, de encontrar el ganado faltante lo devolviera al otro lado. Él asintió. A ella le pareció, de mala gana.

En tres semanas murieron convertidas en costal de huezos, algunas reses marcadas con el fierro EC (Ernestina Canales).

Pudo haber recurrido a su amigo investigador antinarcóticos, pero decidió mandar a llamar, la matriarca, a su yerno el sargento Rosendo Sibrián, de alta al otro lado de la frontera. Discretamente explicó: “El muy hijueputa me está robando ganado, aunque es tan taimado que no deja prueba de ello”.
Agregó que no lo denunciaba ante los tribunales, “porque no creo en la puta justicia de este gobierno”.
Ella en lo que cree es en la justicia propia; en tales circunstancias, la auténtica.

Una semana después fue secuestrado Remigio Gómez, por aquel grupo de soldados que no portaban insignias distintivas y que, quienes les oyeron hablar, aseguran, lo hacían con acento hondureño y el dialecto pandillero del otro lado de la frontera. Al día siguiente apareció el cadáver del secuestrado cerca del Río Negro con los ojos afuera de sus órbitas.

El que los hechores fueron una pandilla disfrazada de militares venidos del otro lado de la frontera, contratados exprofeso, se supo en los bebederos clandestinos de chicha.

Mientras desempolvaba sus aperos de cacería Alberto Gómez determinó no recurrir a nadie. Sobre la seguridad de conocer como las palmas de sus manos los caminos quiso actuar solo, obvió compartir con alguien el objetivo que se había trazado, para asegurar que nadie pudiese atestiguar.

Todo mundo sabía que Gerardo, marido de Ernestina, hacía del asiento copiloto su puesto de mando. Y sabía además que en esa temporada, los días miércoles el pick up de los Canales era el único que al claro de la madrugada bajaba por el terraplén hacia Tetuntepeque con su carga de queso.

A solas, Alberto calculó que por muy veloz que viniese un vehículo por la recta que baja hacia la Loma Rocosa, debe disminuir la velocidad pausadamente, para no volcar al tomar la curva que rodea la base de la loma, por tanto, un tirador apostado entre las rocas al final de la recta, tendría tiempo de ejecutar al menos cuatro disparos sobre un objetivo que se mueva a una velocidad moderada en esa dirección.

El martes al filo de la media noche, siguiendo instrucciones de su marido, abandonó la cama la mujer de Alberto Gómez, encendió el fogón y se puso a palmear tortillas.

En efecto, los agentes que se apersonaron a la labor investigativa, en el lugar donde permanecía el pick up en cuyo interior yacían en grotescas posiciones piloto y copiloto, encontraron como únicas evidencias, cuatro vainillas vacías de “escopeta 12”, y colgada entre las ramas de un carbonero que crecía entre las rocas al pie de la loma, una matata con los restos de un rimero, envueltos en una manta.

Lobo Pardo


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