24
Apr
14

El vasto pueblo en la picota

Culpar al pueblo de los males que le causan sus propios dirigentes, es un recurso que hasta ahora ha sido efectivo a favor de quienes se enriquecen a su costa.

El político
Al final de una de las más violentas semanas santas de que tengamos recuerdo. Un día antes que un comando pandillero de quince sujetos con armas de grueso calibre asaltaran el bus de la ruta 663 y lesionaran de bala a cuatro pasajeros, decía Rodrigo Avila, dirigente arenero:

“lamentable que la población se esté acostumbrado a convivir con las pandillas y con ello se esté contribuyendo a crear un Estado fallido contra estos grupos criminales”.

Y sin embargo, para ser justo debería decir: “lamentable que el sistema que hemos procreado los políticos, obligue a la población a vivir bajo la terrible férula de las pandillas”

Con sus palabras, el ex jefe policial Rodrigo Avila, sugiere la connivencia de la población honrada con tales delincuentes; deposita en la sociedad civil la responsabilidad de eliminar el fenómeno pandillero creado por el sistema. Responsabiliza Avila al pueblo llano del inexorable camino hacia el Estado fallido a que es empujado el país por la tenebrosa mezcla de injusticia social, corrupción política e inoperancia de las autoridades gubernativas.

Evita Rodrigo Avila referirse a la liberación del comercio de armas, a las enormes e injustificadas desigualdades sociales, a la corrupción de la política, como las comprobadas y más visibles causas del pandillerismo en nuestro país. Y obvia el ex candidato presidencial, que estas visibles causas del fenómeno son propiciadas, no por el pueblo trabajador, sino por la clase dirigente, por los políticos y los estratos económicamente superiores de la sociedad; por los grandes ricos, de los cuales él es una dea las caras visibles.

El funcionario
En otro orden, la jefatura de la Administración de Acueductos y Alcantarillados (ANDA), deposita en el pueblo llano, la responsabilidad de que escasee el agua servida por esta institución en extensas zonas urbanas del pais. Alegan tales jefes, supuesto excesivo consumo del vital líquido que los salvadoreños (pobres, se entiende), practican hoy día.

Se muestran de este modo los jefes de ANDA, injustos y ausentes de la realidad, porque el pueblo pobre (la mayoría), carece de la capacidad económica de consumir agua en exceso. Es obvio por demás, que quienes consumen inmoderadamente el precioso líquido, son los estratos superiores de la sociedad; las grandes empresas, a quienes muchos políticos incitan a tal excesivo consumo, mediante la nociva tendencia a subsidios estatales generalizados, para ricos y pobres por igual (subsidios, sí, pero para el pueblo pobre).
Los comentarios de los directivos de ANDA ante la escasés de agua y el mal servicio por parte de esta institución, genera el momento propicio para recordar que un importante factor de tal escasés y mal servicio; en general, del crónico déficit de las instituciones estatales se debe a la corrupción del funcionariado. Carlos Perla por ejemplo.

Tales funcionarios empobrecen las instituciones, apoderándose de sus recursos y presupuestos. Presidentes como Francisco Flores las ponen a su servicio personal. Leyes y jueces facilitan a tales funcionarios, luego de leves sanciones, conservar en su poder las riquezas mal habidas en perjuicio de las instituciones y los contribuyentes.

Es además el momento propicio de recordar que el liberalismo económico, la desregularizada actividad industrial y la sacrosanta propiedad privada sobre la tierra, defendidas hasta el homicidio por oligarcas y políticos, son responsables de la desaparición y el envenenamiento de ríos y mantos acuíferos en este país.

La clerecía; el pandillero
Culpar al pueblo de los males que le causan sus propios dirigentes, es un recurso que hasta ahora ha sido efectivo a favor de quienes se enriquecen a su costa. Es el mismo recurso que utilizan los clérigos para mantener entre el temor y la alienación a las grandes masas.

“¡La desgracia en que vivís es producto de vuestras propias iniquidades!”… “¡Es el castigo de Dios! ¡La ira divina!”… “¡Arrepentíos desgraciados que el fin está cerca!”… “¡Confesad vuestras culpas o arderéis para siempre en el fondo del infierno!”… “¡Entregad con puntualidad diezmos y limosnas o ateneos a la condenación eterna!…”, truenan hacia las masas empobrecidas desde sus púlpitos toda laya de predicadores; pero evitan llamar al arrepentimiento a oligarcas, políticos; a ellos mismos, en su alienante labor, propiciadores de la debacle del ser humano y de la naturaleza.

Es la misma picota a la que los pandilleros empujan hoy al martirizado pueblo salvadoreño, tal y como se empujan los corderos al matadero.

Temerosos de los ejércitos privados de los grandes oligarcas y de los políticos poderosos, endilgan sus armas los pandilleros hacia el pueblo pobre indefenso, le culpan de la desgracia en que viven ellos, lo violentan por ello, lo aterrorizan, le roban, lo matan; mientras tanto ciertos obispos, acuden humildemente a besar los pies de los victimarios, de los malhechores; del monstruoso engendro, por el sistema creado.

Froilán Sánchez


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