01
Maj
14

Los trabajadores

“Llegará el día que el silencio de nuestras tumbas, será más poderoso que las voces que hoy extinguís”… (August Spies)

El fantasma que planeaba sobre Europa en el siglo XIX pudo haber nacido de entre breves páginas de folletos sindicalistas, o de obras filosóficas monumentales. Cruzó el Atlántico hacia los Estados Unidos, junto a los trabajadores derrotados, perseguidos, agotados por más de cuarenta años de jornadas tras jornadas de combate. En su inmensa mayoría, los obreros llevaban en sus bártulos las enseñanzas de Bakunin, Kropotkin, Malatesta…, porque eran menos complicadas y fáciles de entender para cabezas no hechas para intrincadas filosofías. Pero también habían unos de ellos que portaban consigo “El Manifiesto Comunista”, firmado por Carlos Marx y Federico Engels. Otros portaban incluso “Das Kapital”.

Estalló la huelga en los talleres Mc Cormick, Chicago, corazón industrial de los Estados Unidos. Eran jornadas laborales que iban más allá de lo que es capaz un ser humano. No sucedía solo en estos talleres. En la totalidad del territorio estadounidense, en Europa, en todo el mundo se obligaba a laborar a hombres, mujeres y niños, jornadas de doce a quince horas diarias, o más, según el soberano arbitrio del patrón.

Mc Cormick contrató mercenarios provocadores para que atacaran la huelga. En el zafarrancho que se produjo, intervino la policía cargando sobre los huelguistas. Cuatro trabajadores heridos de bala y los piquetes de la huelga reventados. Reaccionaron las federaciones sindicales convocando a una concentración de solidaridad en la plaza Haymarket, para el tres de mayo. Corría el año de 1886. El método: “Propaganda por la acción”.

La concentración culminaba con toda tranquilidad. La palestra era ocupada por el ardiente orador Samuel Fielden.

Se presentó la policía conminando a los manifestantes a suspender el acto y marcharse a sus casas. Habían voluntades enardecidas, ánimos exaltados por la represión días antes en los talleres Mc Cormick; habían también mercenarios provocadores infiltrados entre los obreros, pagados por la patronal. Comenzó el forcejeo. Estalló una bomba, un policía muere y otro resulta herido. Desatado el caos, policías y mercenarios disparaban a mansalva. Los trabajadores respondieron con lo que tenían a mano. Al caer la tarde habían muchos muertos y heridos de ambos bandos sobre el asfalto; siete dirigentes anarquistas capturados por la policía. Acusados fueron de terrorismo y asesinato de policías. Se pedirían penas máximas, advirtió el Fiscal General.

Frustrado hasta lo indecible, , se suicidó en su celda Louis Lingg, ácrata alemán. Albert Parsons (estadounidense), junto a Spies, Engel, y Fisher, anarquistas alemanes, fueron condenados a la horca. A Fielden, Nebbe y Schaw les fue conmutada la pena de muerte por cadena perpetua.
La bomba contra la policía había sido lanzada por un oscuro personaje de procedencia desconocida, que desapareció de la multitud, y del que nunca más se volvió a saber. El perfecto perfil de un provocador al servicio de la patronal; totalmente contrapuesto a la actitud de Parsons, quien convencido de la inocencia propia y la de sus compañeros, se entregó voluntariamente a la policía.

Antes de los acontecimientos de Chicago, ya los acuerdos intersindicalistas habían escogido el primero de mayo, para celebrar el “Día de la Solidaridad Internacional de la Clase trabajadora”. Y fueron estos hechos, el paso inicial de un prolongado período de luchas obreras que culminaron años más tarde, con el compromiso de los países del mundo a aceptar el máximo de ocho horas, como la normal jornada laboral de todo trabajador.

Corolario:

Advirtamos ahora acerca de lo arriba expuesto: previo a que este texto saliese a la luz, hubo el intento de eludir mencionar el nombre de Carlos Marx, para evitar que los marxistas tildasen al autor de ignorante (Carlos Marx abominó de los marxistas). Asímismo intentó el autor prescindir del adjetivo ”comunista”, para que los comunistas no le acusasen de revisionista. Sin embargo, ambos, sustantivos o adjetivos, son inevitables de evocar si nos damos a la tarea de escudriñar el tiempo pasado, en el intento de encontrar el momento preciso en que el hombre se convierte en parásito del hombre, y se dedica a vivir en adelante a expensas del trabajo de sus semejantes. Es que cuando el hombre era apenas un recién nacido en el mundo, y la malicia no había anidado en su mente, era comunista, o más bien dicho, justo, por la gracia de la naturaleza. Remontaba o bajaba los causes de los ríos, cazando, pescando, recolectando. De su mente y de sus manos surgían los primeros prodigios de lo creado por la acción del trabajo, como reflejo de la necesidad propia y la necesidad colectiva. Acumulaba luego el producto excedente y lo destinaba en precaución a satisfacer las necesidades comunitarias del futuro. La doble valencia de entender lo propio en unidad a lo colectivo, basó no solo en la razón de protegerse ante la escasez de recursos y la hostilidad del medio en que se movía, sino además, en la razón que la solidaridad del hombre es anterior a la corrupción de la política.

El tiempo en que éramos hermanos, quedó extraviado, olvidado en la maraña de la historia. Esa misma fraternidad que quedó hecha añicos en el instante mismo que el primer político se apropió del excedente acumulado por el trabajo colectivo.

Lobo Pardo


1 Response to “Los trabajadores”


  1. 1 Darío Sánchez
    maj 2, 2014 kl. 4:18 e m

    Muy bueno Lobo! Un abrazo!


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