26
Jul
14

Mayra Cruz

Al Pardo, dijo Ricardo Jaime: –Te invito al festival anual de los salvadoreños.

Recién había asistido a una tertulia multinacional, el Pardo, en la que habían llovido duras críticas a sus connacionales.

“¡Policía corrupta! ¡Justicia prostituida! Ejército que vende sus armas al crimen! ¡Gobiernan en barrios y cantones, pandillas! ¡Once asesinatos cada día en veintemil kilómetros cuadrados! ¡Prevalece ahí el instinto asesino!”, se recriminó una y otra vez en ese encuentro.

“Pero díganme! ¿En qué país del mundo no es así?” El Pardo protestó. “Además”, agregó, ¡Tal cosa es cultura de gentes poderosas de ricos oligarcas; nó de salvadoreños honrados!

“¡Hombre! Pero quienes mutilaron a David Ernesto Orellana, de tan sólo once años de edad, dejando sus miembros a merced de los zopilotes, en Perulapán, no fueron ricos oligarcas”, al Pardo se replicó. “Es más”, se dijo, “quienes propinaron ocho balazos en la cabeza a Noé Enrique en Montecristo, San José Villanueva, tampoco eran oligarcas. Ni siquiera tomaron en cuenta los asesinos, que Enrique era el sostén de su anciana madre, y había ganado para su país cuatro medallas en las últimas olimpíadas para descapacitados celebradas en Panamá!”

Lo ventilado en esta tertulia dejó al Pardo sumido en una suerte de crisis existencial, producto de lo cual, primero dijo que nó, pero ante la labor de convencimiento de Ricardo Jaime, terminó por decir que sí a la invitación.
La espera a que iniciaran los festejos, no era muy diferente, para el Pardo, del ambiente vivido en la recién pasada tertulia. Esperaban ahí, en ese lapso, amargados veteranos que había perdido todo en la guerra y el futuro se mostraba a ellos, esquivo y nada claro. Los que recibían pensión se quejaban que comparado al costo de la vida, era insuficiente. Los que deploraban no recibir nada, se mostraban dispuestos a protestar hasta las últimas consecuencias. Los lisiados de guerra no decían nada, pero mostraban la mirada perdida, como escudriñando el espacio infinito.

Hacía harto calor, y la música de cumbia que sonaba, en lugar de levantar el ánimo como era la intención, no hacía otra cosa que aumentar el bochorno.

De repente penetró el ambiente una especie de pequeño torbellino; una suerte de fuerza magnética de paso impetuoso, ojos luminosos; sonrisa esplendorosa.
Era como una luz que encendía, a su paso, muchas otras luces. Se iluminaban las pupilas de los concurrentes; dibujaron sus labios anchurosas sonrisas.

A partir de este momento se vió a Mayra viniendo de misa, saludando a la gente; atendiendo a los invitados. Mayra en la cocina comprobando que todo esté a punto. Mayra vendiendo boletos de la rifa, disponiendo las mesas, sirviendo comida. Mayra supervisando la escena, atendiendo el teléfono; disponiendo las sillas. Mayra en escena deleitando al público con “Las cortadoras”. Mayra recogiendo del piso basuras, repartiendo los premios, saludando a los niños. Consolando a los tristes más tristes del mundo….

Mayra aquí. Mayra allá. Mayra acullá…

… Cae la noche, la fiesta declina. Mayra retirando las mesas, vasos, tazas olvidadas; despidiendo a los asistentes con un ¡Vuelvan Pronto!

Cuando todos se han ido; cuando todos duermen, ella barriendo, trapeando, limpiando; y hasta que todo queda en orden, allá se vá, Mayra Cruz, a esperar el clarear del nuevo día.

Sucedió así pues, que el Pardo, volvió a recuperar la alegría de ser salvadoreño.

Lobo Pardo


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