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Verdades y mentiras sobre El Valle de las Hamacas

(Dedicado a los niños que sospechan en sus venas el torrente de la sangre pipil)

Incierta era antes de la última glaciación se unían los océanos a nivel de lo que es hoy el istmo centroamericano. La gran cuenca del Golfo de México preexistía producto del impacto de un cometa gigantesco improbablemente una era aún más temprana. La geografía de lo que es hoy, de Tehuantepec a Panamá, fue levantando, desde el fondo del mar, producto de la acción volcánica y del choque de la placa Cocos , sustrato del Océano Pacífico; y la placa Caribe, sustrato del Océano Atlántico.

Cuando las primeras migraciones asiáticas que pasaron el estrecho de Bering  alcanzaron la región de los grandes valles, y más al sur, la región de los estrechos istmos, era ésta ya tierra de lagos, y volcanes. Una geografía altamente sísmica, pero suelos de gran fértilidad, entonces los indetenibles nómadas encontraron suficientes razones para invitarse al sedentarismo, estableciéndose allí las primeras comunidades.

El primer embrión de arquitectura mesoamericana, sin embargo, según postulados divergentes, surgiría sobre la costa de Tehuantepec, unos mil años antes de nuestra era. Hay quienes intuyen en ese embrión, influencia de hipotética corriente trans oceánica, semítica, llegada al litoral de Tehuantepec, probablemente, naufragada: pre Olmecas, constructores de pirámides circulares. Casi simultáneamente y por la misma influencia, daría origen al período pre Maya, poco sobre la costanera Yucatán. Constructores de pirámides cuadrangulares.

En los albores del primer milenio de nuestra era, el florecer del primer imperio Maya; y de los Tolteca (noroeste de Tehuantepec), suceden a la extinción del pueblo Teotihuacán.

Posterior al paso de los Tolteca por la historia;  en el Valle Central, custodiadas por las crestas nevadas del Popocatépetl y el Ixtaccihuatl, las  ciudades blanqueadas de Texcoco y Tlacopan embellecen las  orillas del Lago de las Garzas y  los Tulipanes.

En el siglo XI de nuestra era, arriban al Valle Central, los Tenochca, nucleo originario de los mexica (aztecas), de los que, en los albores de su establecimiento se desprende Topiltzín Atzitl, con sus huestes hacia el sur oeste, por la costanera del Pacífico, fundando los núcleos pipiles, cuyo desarrollo resulta en cierta simbiosis Maya-Nahua, hasta más allá del valle Cuscatlán o Valle de las Hamacas, bautizado así por los antepasados de Atlacatl el viejo, debido a las consecuencias derivadas de estar situado (el valle Cuscatlán), en línea recta  del choque principal de las grandes placas tectónicas que se dá, a la breve distancia de un centenar de kilómetros mar adentro de la costa del Océano Pacífico, hacia donde iluminaron las erupciones del Izalco, las noches de los navegantes pre mochicas, en su ruta hacia El Perú.

Lejos quedaban ya los fundamentos de la futura Tenochtitlán, que los mexica construían sobre chinampas en el centro del lago del Valle Central, cuando allá en el corazón del istmo de volcanes humeantes, el consejo de brujos de los núcleos pipiles, descubrió que en el principio de los tiempos, la región  en la que un día se establecerían los pueblos regidos por la estirpe Atonatl (*), era una región oscura, por lo que el Nahuaqui, con un sólo puntapié hizo levantar el volcán Izalco, y colocó en su cúspide una antorcha encendida. El estruendo fue terrible, tal que Jaígua, la que acumula las nubes en el cielo, del puro susto lloró copiosamente. El llanto de la diosa se remansó en el cráter Coatepec, formando ahí un hermoso lago,  Poco más al este de esa región, y siempre siguiendo la costanera del Pacífico, con otros golpes de su pie, fue el Nahuaqui  levantando una cadena de volcanes. Jaígua volvió a llorar. Esta vez su llanto se remansó en el cráter Ilopango, en el propio corazón del Valle Cuscatlán. El valle Cuscatlán fue dispuesto por Tloque Nahuaqui, el supremo hacedor, sobre un tejido de hamacas, para que los hombres y mujeres de la estirpe de Atlacatl, rindieran culto permanente a Tezcatlipoca, el señor del más allá y de las grandes cavernas subterráneas.

(*) Hay quien postula que el sustantivo Atlacatl igual que Atonatl, no son nombres propios de personas, sino dignidades, instituciones gobernantes de los pipiles.

Atonatl el joven, heredero de Atonatl el viejo, indignado, dicen otros, porque sus combatientes retrocedían ante la caballería de Pedro de Alvarado; él mismo al frente de un puñado de valientes acometió personalmente contra el invasor, clavando con su lanza la pierna del conquistador a la montura de su caballo, en la memorable batalla de Tacutxcatl, a orillas del Zenzunapán que cruza el valle de Sonsonatl.

Atonatl rodó en tierra, atropellado por el brioso corsel del adversario; mas desde entonces quedó Alvarado, al caminar, renqueando de su pierna izquierda para el resto de su vida.

Lobo Pardo


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